miércoles, diciembre 26, 2007

Recuerdos de familia

Aprovecho la ocasión para dar a conocer una pequeñísima parte de la obra pictórica de Rodrigo Labrac Quiñones. Resulta que este señor, primo hermano de mi abuelo Salvador, fue un artista del pincel y del carboncillo, cualidades que un servidor no ha heredado. Estos dibujos, que he observado y he admirado durante tanto tiempo, fueron realizados en el mes de diciembre de 1943. Rodrigo se los regaló a su prima Conchita, mi tía abuela, que nos los traspasó cuando yo era un chavea.

lunes, diciembre 24, 2007

La Perona, en El Fargue



En la pasada madrugada, intentando dormir, reflexionaba sobre el contenido de este post, que ahora ustedes están leyendo. Bien tapado, danzando de una parte a otra de la cama, desgastando la de por sí floja almohada con mis neuras, reparé en que debía rellenar de palabros esta entrada fotográfica.

Van a pensar mal de mí, lo sé ¿Qué leches hace una persona en sus cabales reflexionando sobre el jodido blog a esas horas? Uno es así, y por mucho que algunos lo han intentado, hoy en día sigo en mis trece, al pie del cañón. Espero no caerme un día del caballo, camino de Damasco, cómo Pablo de Tarso, y acabar de charlatán del anticomunismo. Nunca se sabe, aunque cruzo los dedos, y aprieto el puño, por si acaso suena la flauta.

Hablando de flautas, recuérdenme que les cuente en un futuro (no muy lejano) mi trauma con las flautas dulces. Es algo bastante patético, reflejo de la rebeldía y de la torpeza que me acompañan desde chico. En próximas entregas, desvelaré el enigma.

Después de este peñazo de introducción, en la que he vuelto a escaparme por la tangente, vamos al meollo de la cuestión. Las fotos que coronan este texto son casi inéditas. Con total seguridad, es la primera vez que se publican en Internet. Tengo las originales, gracias a una vieja historia que en su momento relataré.

La protagonista de estas imágenes es la legendaria Eva Duarte, esposa del general Juan Domingo Perón, primera dama de la República Argentina en los turbulentos años del primer peronismo.

Esta mujer, de innegable belleza, magnética en este finiquitado 2007, aun cuando lleva más de cincuenta años enterrada en La Recoleta, es uno de los mitos populares más recordados de Iberoamérica. Y por ende, del diablo mundo.

No voy a entrar aquí a valorar su figura, mis intenciones no van por esos derroteros. Solo quiero regalarles estas fotos, fiel radiografía de una España no tan pretérita. Fueron tomadas en el mes de junio de 1947, durante la visita de Eva Perón a un país derruido, ahogado por la mordaza franquista, hambriento de pan, huérfano de libertad.

El escenario es la Alquería del Fargue, un barrio de Granada, situado en pleno monte, a varios kilómetros del casco urbano. La Eva recorrió la Fábrica de Pólvoras, ubicada en el mismo Fargue, rodeada de la flor y nata del cutrerío oficial.

Generales franquistones, señoronas gemelas de la Collares (1), un pueblo que vitorea a esa rubia fantástica, tan distinta al prototipo de la mujer española. Un icono paseando entre los alcázares de nuestra miseria (Luis Martín Santos dixit), una estrella refulgiendo frente a nuestro yermo cielo.

En 1947 el contexto internacional no era nada halagüeño para el régimen tiránico, por lo menos de cara a la galería. En lo oscuro, EEUU negociaba ya con el Comandantín (2), único vencedor del bolchevismo en el campo de batalla (así rezaba su angustiosa propaganda, estampada en las paredes), futuro feudatario del Imperio. La Argentina de Perón alimentaba a los lejanos españoles, alimentando a su vez las contradicciones del propio justicialismo. La mala fama del general Perón entre las filas de la izquierda española proviene precisamente de su relación privilegiada con Franco, exterminador de millones de esperanzas.

Al final, he acabado opinando sobre el peronismo. Mis males no tienen remedio (risas). A pasarlo bien, amigos. A abusar del cava, a tirase de los pelos con la suegra, que estamos en fechas propicias. Agur.

(1) Así se conocía a Carmen Polo de Franco, esposa del dictador, adicta a la joyería de alta gama, no muy acostumbrada a pagar por las piezas que se le apetecían. Más temida por los joyeros que cualquier quinqui navajero con el mono a flor de piel, ya que estos desgraciados no tenían detrás un estado policial consentidor del delito, augusta protección de la que sí disfrutaba la Señora.

(2) De esta manera apodaron las clases altas de Oviedo al comandante Francisco Franco, novio de la quinceañera Carmen Polo, a mediados de los felices años veinte.

lunes, diciembre 17, 2007

El coronel ya sí tiene quién le reciba


Libia, 1 de septiembre de 1969. Un grupo de jóvenes oficiales, encabezados por el veinteañero capitán Muamar al Gadafi, da un golpe de Estado contra el rey Idris I, derribando la monarquía e inaugurando una etapa decisiva en la historia de África. Gadafi, ascendido enseguida a coronel, estableció un socialismo muy sui géneris, influenciado por el panarabismo de Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto entre 1952 y 1970.

Trípoli (Libia), 15 de abril de 1986. La VI Flota de los EEUU bombardea la residencia del líder libio, asesinando a Jana, hija adoptiva del coronel, y a otras 36 personas. El presidente imperial Ronald Reagan justificó el ataque por la supuesta participación (luego demostrada) del servicio secreto libio en el atentado terrorista contra la discoteca La Belle, en Berlín, perpetrado 10 días antes y en el que fallecieron tres personas (entre ellas un soldado usamericano).

Hotel Hacienda La Boticaria (Sevilla, España), 15 de diciembre de 2007. El coronel Gadafi cena en privado con el ex presidente español José María Aznar, y con su esposa, la concejala Ana Botella. Rodeado de impresionantes medidas de seguridad, agasajado por un séquito faraónico, Gadafi consume las primeras horas de su visita a nuestro país, compartiendo mesa y mantel con el flanco más débil del llamado Trío de las Azores.


Estas tres escenas que acabo de pintarles, de esbozarles someramente, reflejan a la perfección la evolución ideológica y geoestratégica del guía supremo de la Gran Jamahiriya árabe, popular y socialista, durante los últimos 38 años. Tres estampas que ilustran al profano sobre la manera de actuar de los gobiernos occidentales, esos que se dicen defensores de la democracia y de los derechos humanos.

La revolución libia empezó a diluirse tras la desaparición física de Nasser, por mucho que la retórica de Gadafi enmascarara su propio declive moral. Extendiendo su particular visión del socialismo por el continente africano, sosteniendo a dictadores tenebrosos cómo el ugandés Idi Amin Dada, financiando acciones terroristas, en ocasiones contra objetivos civiles, la tercera vía del coronel se fue hundiendo en el fango de la realpolitik internacional.

Enemigo público número uno del imperialismo yanqui, en la época en que el hoy ejecutado Sadam Hussein gozaba de la protección y del amparo de Washington, a la vez que el teniente coronel Oliver North vendía armas a los iraníes, a cambio de dinero contante y sonante con el que alimentar la Contra antisandinista. Satanizado por la gran prensa, caricaturizado, deformado y exagerado su potencial real, Muamar al Gadafi aguantó, pasando a un segundo plano en la escena mundial, cediendo el testigo a Slobodan Milosevic o al mentado Sadam, nuevos archimalignos en el teatro de operaciones de este jodido planeta.

Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar, cuenta el refrán. Cuando EEUU invadió Irak en marzo de 2003, derrocando al régimen baazista y sumiendo al país en un caos del que todavía no se ha recuperado, el coronel entendió que los tiempos habían cambiado. Seguro que observó la captura de Hussein, barba enmarañada de meses, aspecto lamentable, afeitado prontamente por un diligente marine, y se dijo a sí mismo que él no quería acabar así, prófugo de la soldadesca usamericana, escondido como una alimaña.

Así, el glamuroso coronel acabó negociando con sus adversarios históricos, pactando con los imperialistas a los que siempre denigró en sus discursos, arruinando el poco perfil revolucionario que conservaba. Regalando caballos a Aznar, chalaneando con Sarkozy, organizando conciertos con José Carreras y Lionel Richie.


Sadam acabó en la horca, Muamar despliega su jaima en El Pardo. Comprueben ustedes la enorme diversidad de destinos de los que puede gozar un sátrapa en la era del capitalismo globalizado. Sigan los telediarios, no se pierdan las tertulias radiofónicas, a ver si escuchan a algún locutor reseñar el tenso enfrentamiento verbal entre el capitán general del glorioso Ejército español (alias Juan Carlos de Borbón) y el coronel libio de la chilaba. Disfrutaría con un presentador cualquiera, despeinándose por la emoción, jaleando al monarca y ninguneando a Gadafi. Lloraría de emoción, créanme.

Esta situación nunca llegará a producirse. Porque Su Gangosa Majestad sabe muy bien a quién manda callar. Porque el jefe de mi Estado es rehén de un complicado juego de alianzas por el que se sustenta la hegemonía del Imperio. Y en estas horas, ese deshilachado Gadafi es un peón en manos de los fulleros que nos gobiernan. Estos ganapanes de la democracia sólo se atreven con los malditos, con los peligrosos para los mezquinos intereses a los que sirven. Pongamos que hablo de Hugo Chávez.

Cuídese, mi querido coronel. Ya se deleitó usted con la rica gastronomía andaluza riéndole las gracias al personaje de opereta (Aznarín) y a la relamida de su señora esposa. Ahora, le toca escuchar a Zapatero sin emitir ronquidos, posibilidad profundamente remota, dada la capacidad del susodicho para aburrir a la peña. Le veo muy desmejorado, será cosa de la edad, o un efecto secundario de la cirugía estética.

El capitalismo avanza que es una barbaridad. A los viejos revolucionarios les afeitan los pitones, y mano de santo. El león de Libia no era ni tan fiero ni tan león. Ni dientes le quedan, al animalico.

Descanse en paz, Gadafi. Es cierto, usted no ha muerto, todavía. Su causa sí, sin embargo. El Socialismo de verdad, el que no podrá usufructuar ningún tirano, aquel que resistirá las ofensivas del sistema, vivirá para siempre en el corazón de los hombres. (Y de las mujeres, no vayan a poner precio a mi cabeza las feministas de salón).

miércoles, diciembre 12, 2007

Seguir amando una patria que nunca vimos

oscar

2007-12-09 16:26:59

hoy soy sudaca

Leo estas líneas del estimado compañero y vuelvo a ser niño, estando en el sur de América mis abuelos soñaban con la bandera de franja morada, seguir los acontecimientos de la represión, buscar afanosamente noticias de la familia que permanecía en España, la reuniones con los paisanos, las discusiones sobre los que pudiere durar el franquismo en el poder, hoy España nos duele, nos duele mas que la miseria misma de nuestros pueblos empobrecidos, nos duele el centralismo que aprisiona al nacionalismo, la burguesía corrupta del poder colonizador de su propio pueblo, los viejos ya no están, nunca pudieron regresar, al igual que sus seis hijos, que sufrieron la dictadura telúrica, solo queda los asados de los domingos donde cada tanto luego de unos vinos cantamos las viejas canciones de la república para seguir amando una patria que nunca vimos.

Esta es la España a la que me refería en el anterior apunte. El amigo Óscar lo supo reflejar muy bien en este comentario a mi texto, colgado en Kaos en la Red. Para mí, Kaos es un oasis libertario en el desierto de la revolución, lugar propicio para sentarse a discutir y a conversar, entre compañeros, lejos de la ortodoxia, fuertemente agarrados al compromiso.

Salud y República.

PD: A Óscar, todo mi agradecimiento y mi afecto. Aquí tienes un camarada.

viernes, diciembre 07, 2007

Cierta idea de España


No hablo en este relato de la Segunda República como período político, o histórico: sí de un niño delante de ella. Empezó a vivir en una casa donde una mujer cosía a escondidas los tres trozos de tela llana de la bandera y los ocultaba bajo el colchón como hizo con su bordado Mariana Pineda, y le costó la vida: "¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres!", cantaba Margarita Xirgu, camino del cadalso en los versos de una tragedia de Lorca. Todos pagarían esa bandera: la Xirgu en el exilio, Lorca en el barranco de Víznar, la mujer con la ruina de todo. Y el niño, con la pérdida de lo que durante un tiempo pudo llamar patria.

(Eduardo Haro Tecglen. De su libro El niño republicano)


He sentido la tentación de escribir sobre este tema en muchas ocasiones. Hasta ahora, nunca me había decidido a sentarme delante del ordenador y a teclear un artículo dedicado enteramente al asunto. Lo he rozado en algunos posts, me he referido a él de pasada, pero hoy entro en faena.

Soy español de origen, al nacer hijo de padres españoles, tal y cómo establece la legislación en materia de nacionalidad, recogida en el Código Civil. Jurídicamente hablando, legalmente hablando, soy español hasta las cachas. Al igual que yo, otros cuarenta millones de seres poseen la nacionalidad española.

Podremos estar o no de acuerdo en multitud de facetas y aspectos de la realidad, podremos discutir con vehemencia sobre el sexo de los ángeles, pero lo expuesto en el párrafo anterior es implacable. De cara a obtener prestaciones de la Seguridad Social, para realizar cualquier trámite administrativo, con la ley en la mano, somos españoles y debemos presentar nuestro DNI (Documento Nacional de Identidad) hasta para solicitar oxígeno con el que respirar.

Que la expedición de estos documentos sirva para reforzar los temibles mecanismos del control social es algo cierto, pero no quiero desviarme de la cuestión central de este texto. Estadísticamente hablando soy español, pero uno es persona, no un robot automatizado, tiene sentimientos, moral, ética (o por lo menos se pretende). Es perfectamente compatible la nacionalidad española con el sentimiento nacional vasco. Y con el catalán o con el gallego. Incluso con el castellano o con el andaluz.

Nací en Andalucía, comunidad postergada y marginada por el centralismo, insultada a veces por sectores de los nacionalismos periféricos. El movimiento nacionalista andaluz, ligado históricamente a las reivindicaciones del campesinado anarcosindicalista, está prácticamente muerto. La llama libertadora que encendiera en su día Blas Infante fue apagada en la Transición por el andalucismo reformista y traicionero de Rojas Marcos y cia. Sobreviven determinados núcleos nacionalistas, siendo el más importante de ellos la CUT-BAI (Colectivo de Unidad de los Trabajadores por un Bloque Andaluz de Izquierdas), integrada formalmente en IU y asociada ideológicamente al SOC (Sindicato de Obreros del Campo), con fuerte impronta en el medio rural andaluz.

El nacionalismo andaluz, teorizado y desarrollado por el notario malagueño Blas Infante, reclamaba la reforma agraria, pedía tierra y libertad, a la vez que desempolvaba el pasado de Al-Andalus. Iluminando ese período clave de nuestra historia, intentando recuperar parte de lo que el integrismo católico destruyó, Infante cuestionaba las gestas de la Reconquista, descubriéndonos un Islam abierto y antiortodoxo, que pondría los pelos de punta a los ayatolás y a los cruzados del presente.

Pretendía Infante un renacimiento cultural y político de Andalucía, en el marco de una España federal, una vez acabada la vieja España. El 11 de Agosto de 1936, en el kilómetro cuatro de la carretera de Carmona, Blas Infante era fusilado por elementos golpistas, representantes de esa vieja España, que se levantó en armas contra la República.

Personalmente, soy partidario de la reforma agraria, vitalmente necesaria para resucitar las miles y miles de hectáreas de tierras baldías, propiedad de caciques, algunos de ellos condecorados por el gobierno pesoísta de Manuel Chaves, cómo la misma duquesa de Alba. Cómo iba a olvidarme de Al-Andalus, cuando desde pequeño me ha fascinado, siendo descendiente de moriscos conversos al cristianismo, con casi total seguridad. Independentista no soy, aunque respeto a los que lo sean y admiro su coraje, y envidio su capacidad de respuesta ante la injusticia, frente a la actitud pactista y conciliadora de otros.

Creo en una España distinta. Creo en la posibilidad de construir un nuevo país, aunando esfuerzos, desterrando viejas querellas, tendiendo puentes. Considero que no podemos hablar del problema vasco, ni del catalán, sino del problema español. Hablemos con propiedad: España es el problema. Esta España, impuesta a golpe de bayoneta desde el poder, esta España que algunos aceptaron con resignación y que otros combatieron con heroísmo. Este proyecto de nación, edificado a mayor gloria de las clases dominantes, construido contra el pueblo.

Los panegiristas de la cosa escriben sesudos mamotretos donde exclaman que España es la nación más vieja de Europa. Mienten a sabiendas. Fueron los Reyes Católicos, sus amados y reverenciados Reyes Católicos, los que empezaron a organizar un Estado unitario, sobre la base de varios reinos: Castilla-León, la Corona de Aragón, Navarra, Granada,... Aquel era un Estado plurinacional, varias naciones conviviendo bajo el mismo rey, pero con fueros propios e incluso aduanas entre uno y otro territorio. España era un concepto geográfico, derivado de la Hispania romana, que englobaba también a Portugal.

Los sucesivos monarcas del tinglado, imperialistas por vocación, agrandaron el Estado, disponiendo para ello de las vidas de sus súbditos, fieles los más y levantiscos los menos. Conquistando América del Sur, a costa de las vidas de millones de sus pobladores originarios, todo fuera para engordar las arcas de la Monarquía y las bolsas de los válidos. Enfrascándose en guerras europeas, enviando al matadero a miles de españoles, los famosos tercios viejos de Flandes. Repartiendo el Imperio con potencias más pujantes, cuando empezó a ponerse el sol sobre el que pontificara Felipe II.

Las disputas sucesorias, dividieron a los reinos hispanos, decantándose cada cual por un pretendiente. Cuando no era Cataluña la que se rebelaba, era Portugal el que intentaba independizarse. La Guerra de Sucesión (1702-1715) vino a fragmentar la supuesta unidad nacional, sellada a sangre y fuego por la nueva dinastía reinante, los Borbones. Felipe V abolió los fueros catalanes con la imposición de los Decretos de Nueva Planta, sembrando las primitivas causas del nacionalismo catalán.

Fue Napoleón Bonaparte el que despertó el sentimiento nacional español, que unió a los diferentes estratos de la sociedad contra el francés en la Guerra de la Independencia (1808-1814). Unos, por pura conveniencia, asustados ante los vientos revolucionarios que soplaban desde Francia, temerosos de perder sus privilegios. Otros, el pueblo llano, por defender sus hogares y a los suyos, en respuesta a la violencia y al terror que representa cualquier ocupación militar.

Discurre así el siglo XIX, con su resaca de pronunciamientos y destronamientos, con la cuestión obrera en ciernes, rosario de moderados y progresistas, trufado todo ello con la boina roja del carlismo. Esta centuria demostró que la producción de espadones es una de las más fructíferas industrias del país. Por estos andurriales de Dios, pegas una patada y te salen caudillos y salvadores de la patria, hasta por debajo de las piedras.

La causa carlista, surgida de la frustración del infante Carlos María Isidro, hermano menor del déspota Fernando VII, al ver relegada su aspiración al trono tras el nacimiento de Isabel II y la posterior derogación de la Ley Sálica (1832-1833), supo reconvertirse a tiempo, en una defensa cerrada de los fueros regionales, suprimidos por el liberalismo individualista. De las fuentes del carlismo beberá el naciente nacionalismo vasco. Carlista serán la familia y el entorno de Dolores Ibárruri, la más popular dirigente del comunismo español.

La Revolución Gloriosa de 1868 traerá el derrocamiento de Isabel II y el establecimiento de un régimen provisional, una monarquía sin rey, en permanente búsqueda de candidatos al trono. Dominado por los generales, el nuevo Estado desembocará en la Primera República(1873-1874), con el paréntesis del reinado de Amadeo de Saboya. Una República mediatizada por tres conflictos abiertos: el levantamiento independentista de Cuba, la tercera guerra carlista y la aparición de los cantones. Desdichada Primera República Española, vigilada de cerca por el Ejército, sin poder real y efectivo, entre todos la mataron y ella sola se murió.

En aquel primer período republicano se redactó un proyecto de Constitución Federal, que no llegó a ser promulgada, ante las consabidas presiones de las fuerzas vivas. Surgía así el federalismo, cómo un intento de reorganizar territorialmente el Estado centralista en base a parámetros democráticos. Vieja aspiración del ala izquierda del liberalismo denominado progresista, conectaría seguidamente con los movimientos revolucionarios de nuevo cuño, alentadores de un mundo nuevo: el marxismo y el anarquismo.

El federalismo fue un proyecto fallido, superado por la lógica de los acontecimientos, arrollado por la Restauración borbónica (1874-1931). Este nuevo entramado de intereses y corruptelas, dirigido por el historiador andaluz (malagueño cómo Infante) Antonio Cánovas del Castillo, acabó con los fueros de las provincias vascongadas, fomentando de paso el vasquismo de Sabino Arana.

La Restauración quedó atascada en Marruecos, con las finas manos del rey Alfonso XIII manchadas de la sangre de sus súbditos, exterminados en Annual (1921) debido a la bravuconería insensata del general Fernández Silvestre, animado por el monarca al grito de Olé tus cojones. El general de división Juan Picasso fue el encargado de delimitar el grado de responsabilidades en la cadena de despropósitos que condujeron al desastre de Annual, provocando la muerte de más de 13.000 soldados del ejército colonial español. El expediente Picasso era demoledor para los altos mandos de la milicia y para el propio rey. Sólo el golpe de Miguel Primo de Rivera pudo parar aquello y retrasar 8 años la implosión del sistema canovista.

Con la Segunda República (1931-1939), forma Gobierno la pequeñoburguesía liberal, presta a llevar a cabo una vasta reformulación de España, con la colaboración de los partidos obreros. Herederos de Salmerón o Pi y Margall, hijos y nietos de los krausistas, al albur de la Institución Libre de Enseñanza, aquella generación de políticos naufragó, ante la acometida revolucionaria de las masas hambrientas y el naciente fascismo, hábilmente alimentado por la élite alfonsina.

Es, paradójicamente, en medio de una terrible guerra civil, cuando los intelectuales del bando republicano elaboran el concepto de la otra España. En el frente, en las ciudades sitiadas y devastadas por los bombardeos facciosos, se va tejiendo un nuevo país, una patria por la que merecía la pena luchar, y morir si las circunstancias así lo requerían. Nunca el nombre de España significó tanto. Los militantes de la izquierda revolucionaria de todo el globo nunca olvidaron a esa España.

Recreando una conciencia nacional adecuada a la empresa que se libraba, rescatando los mejores ejemplos de tiempos pretéritos, plasmando en poemas y en prosas de combate el germen de un despertar nacional. El objetivo final era dotar de un corpus político-místico a los diversos pueblos de España, frente a la morralla de los nacionales.

Con la victoria franquista, quedó truncada aquella visión de España, institucionalizándose, con más fuerza aún si cabe que en el pasado, la España de facto. El nuevo estado de las cosas liquidó la esperanza republicana, borrando con ahínco el morao de las banderas. La dictadura se apropió del patriotismo, prostituyéndolo a lo largo de las décadas, demonizando al contrario, negando la españolidad de los republicanos. Acabaron logrando su pretensión: que ciertas izquierdas odiaran a España y que Su España apareciera cómo la única posible.

La estrategia represiva del régimen, destinada a demoler los cimientos de aquella otra patria, causó estragos en la cultura y en la vida diaria de las nacionalidades periféricas. Proscribiendo sus lenguas vernáculas, anatemizando su folklore, desconociendo sus instituciones de autogobierno, se consiguió el efecto contrario al perseguido. Contra esa España, floreció el catalanismo. Contra la paz de los cementerios que imponían desde El Pardo, nació ETA, cómo expresión armada de una determinada concepción del nacionalismo vasco, renovado por el tamiz marxista-leninista.

El franquismo degeneró en monarquía parlamentaria. A Franco le sucedían los franquistas, con el acompañamiento coreográfico de la leal oposición. El cambio y la ruptura, quedaron arrumbados, por obra y gracia del gran capital, propietario de todos los españoles.

La España roja, el país tricolor que iluminó el mundo con su ejemplo, quedó enterrado en una fosa común, bajo toneladas y toneladas de mentiras, manipulaciones y consensos. El sistema autonómico no ha resuelto en estos treinta años el problema nacional español. Siguen existiendo españoles legales que no lo son, sentimentalmente hablando. Mientras eso ocurra, España no será una nación.

El terrorismo vasquista vuelve en estas horas a matar españolitos, incluso le hace el trabajo sucio a la oligarquía española, robándoles la vida a dos ecuatorianos. Continúa la razzia españolista contra todo lo que huela a independentismo vasco, atentando contra la Razón y contra el Derecho, aunque sea en su bendito nombre.

Pobre España, pobre solar centenario donde nacimos. Quizás todo hubiera sido distinto, si nos hubiéramos atrevido a cortarle la cabeza a Fernando VII. Qué hubiera sido de este país si el pueblo hubiera instalado la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol, tras y cómo reclamaba Max Estrella, personaje central de Luces de Bohemia, de Valle-Inclán.

Tal vez otro gallo nos hubiera cantado. Gallo rojo, Gallo negro, cantaba Chicho Sánchez Ferlosio, símbolo él mismo de las dos Españas, hijo de un fundador de la Falange, hermano de un grandísimo escritor a contracorriente, uno de los nuestros él mismo.

España roja, España negra. Apostemos por la roja, porque roja es la sangre que corre por nuestras venas, rojo es nuestro futuro, rojo será el nuevo amanecer.

lunes, noviembre 26, 2007

Por un puñado de piscinas

Lo malo de la izquierda americana es que traicionó para salvar sus piscinas. Y no hubo unas derechas americanas en mi generación. No existían intelectualmente. Sólo había izquierdas y estas se traicionaron. Porque las izquierdas no fueron destruidas por McCarthy; fueron ellas mismas las que se demolieron dando paso a una nueva generación de nihilistas.
(Orson Welles)

Bastantes décadas habían transcurrido desde la delación. Algunos creían que su actitud canallesca ante el Comité de Actividades Antiamericanas había sido olvidada. Pero, finalmente, Elia Kazan no pudo disfrutar de su Óscar honorífico en olor de multitudes. Se le abucheó, una parte del público presente en la ceremonia no se dignó a aplaudirle, volvieron a resucitar sus víctimas, marginadas y perseguidas desde su confesión. Corría el año 1999, Kazan tenía 89 años y era uno de los últimos supervivientes de aquella tragedia usamericana: la caza de brujas, el maldito macartismo.

Abraham Polonsky también continuaba vivo. Su carrera quedó destrozada tras negarse a denunciar a sus compañeros. En este caso, la dignidad prevaleció sobre el miedo. Polonsky pudo haber sido uno de los grandes maestros del cine negro, pero la industria le vetó hasta finales de los sesenta, cortando de raíz una prometedora trayectoria. Vivió lo suficiente para contemplar, horrorizado, la entrega de la estatuilla a Kazan.

La mejor película de Abraham Polonsky es La Fuerza del Destino (1948), protagonizada por John Garfield, astro de la pantalla y hombre de simpatías izquierdistas. Machacado por los macartistas, tampoco delató, lo que le costó incluso la vida. Apartado de los rodajes, murió de trombosis el 21 de mayo de 1952, a los 39 años.

Sin ningún género de dudas, la irrupción del senador Joseph McCarthy en el panorama político de los EEUU supuso un verdadero cataclismo para la cultura y la vida artística del Imperio. Ya, desde los últimos compases de la Guerra Mundial, la paranoia anticomunista se había instalado en la agenda política de las élites de Washington. Una paranoia fomentada por el denominado Comité de Actividades Antiamericanas, formado en el seno de la Cámara de Representantes para combatir el nazismo en 1938, y que acabó siendo utilizado para cercenar los derechos civiles de miles de ciudadanos.

El FBI, la agencia federal de investigación, espiaba a representantes de todos los sectores de la vida nacional. Su Director, J. Edgar Hoover, un homosexual oculto y reprimido, de ideología ultraderechista y sonados vínculos con el capo mafioso Meyer Lansky, se convirtió en árbitro de la política usamericana durante cerca de cincuenta años (1924-1972). Hoover llegó incluso a investigar a Albert Einstein, un pacifista convencido, desilusionado tras los bombardeos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, teórico del socialismo para la revista Monthly Review. Otra de las obsesiones de Hoover fue la familia Kennedy: desde el patriarca Joe a los hijos Joe Jr, JFK, Bobby y Ted.

El Comité comenzó su cacería anticomunista en 1947, centrándose en la industria cinematográfica, llamando a declarar a actores, productores, directores, guionistas. Desde un principio, los inquisidores encontraron una fértil colaboración en los grandes magnates de Hollywood, cómo Jack Warner, en realizadores cómo Cecil B. de Mille, o en intérpretes cómo Robert Taylor, Gary Cooper o Adolphe Menjou. Tampoco pudo desaprovechar esa oportunidad un actor de medio pelo y menos escrúpulos, Ronald Reagan, presidente del Sindicato de Actores y miembro entonces del partido demócrata.

Lo que el Comité quería saber era si tal o cual persona había pertenecido en alguna ocasión al Partido Comunista, lo que equivalía a considerarlo cómo un traidor a la patria, agente de la Unión Soviética. Si el investigado, daba nombres de otros comunistas o ex comunistas, se le perdonaba su antigua militancia. Si no daba nombres, si no delataba a nadie o simplemente se acogía a la Primera Enmienda y declinaba declarar, las consecuencias podían ser terribles.

Los Diez de Hollywood (ocho guionistas: John Howard Lawson, Dalton Trumbo, Albert Maltz, Alvah Bessie, Samuel Ornintz, Herbert Biberman, Ring Lardner Jr. y Lester Cole; el productor Adrian Scott y el director Edward Dmytryk) decidieron no traicionar a sus antiguos camaradas, siendo condenados por ello a un año de cárcel. La estancia entre rejas ablandó la moral de Edward Dmytryk, que acabó cantando ante el Comité, pudiendo retomar su carrera, llena de éxitos a partir de entonces.

Tampoco Sterling Hayden, inolvidable protagonista de La Jungla de Asfalto (John Huston, 1950) y de Atraco Perfecto (Stanley Kubrick, 1956), pudo resistirse a los cantos de sirena de los cazadores de brujas. Miembro efímero del Partido Comunista, denunciante de varios amigos suyos, amargamente arrepentido después. Enmierdado de por vida, cómo escribió en sus memorias, su vida se fue apagando, lejos de las salas de cine.

Los directores Robert Rossen y Elia Kazan, ex militantes del CPUSA (Partido Comunista de los Estados Unidos), resistieron en un primer momento la acometida macartista, cediendo a la presión del Comité posteriormente. Uno de los miembros de ese Comité era el abogado Richard Nixon.

Kazan y Rossen pudieron continuar su trabajo, legándonos obras maestras cómo El Buscavidas(Robert Rossen,1961) o Al este del Edén (Elia Kazan,1954). Nunca se arrepintieron de su traición, por lo menos en público.

La caza de brujas empujó al exilio a directores cómo Charles Chaplin, John Huston, Joseph Losey o Jules Dassin, y negó el sustento a guionistas cómo Dalton Trumbo y a actores cómo Zero Mostel, extendiéndose poco a poco, cómo una telaraña infame sobre el territorio usamericano.

Los esfuerzos de J. Edgar Hoover dieron sus frutos cuando el científico Robert Oppenheimer, padre del Proyecto Manhattan (*), cayó en desgracia, convirtiéndose él también en delator. La misma manía persecutoria acabó enviando a la silla eléctrica al matrimonio Rosenberg. Esta estrategia, destinada a socavar los cimientos de la intelectualidad socializante usamericana, expulsó también al dramaturgo Bertolt Brecht, tras declarar que nunca había formado parte del CPUSA.

Quisiera detenerme en la figura de Jules Dassin. A diferencia de Kazan, él no delató, no traicionó, no denunció, no vendió a los suyos, abandonando por ello su país. Autor de obras maestras tales cómo Fuerza Bruta(1947), La ciudad desnuda (1948), Noche en la ciudad (1950) o Rififí (1955), padre del cantante Joe Dassin y esposo de la actriz y política griega Melina Mercouri, cumplirá 96 años el próximo once de diciembre. Hollywood nunca lo ha recordado cómo se merece, continúa olvidado, borrado de la intrahistoria de aquel rincón de California.

Joe McCarthy, gay homófobo al igual que Hoover, que no participó directamente en el Comité de Actividades Antiamericanas, fue destituido en 1954. El presidente Eisenhower consideró que había llegado demasiado lejos, ya no era necesario aquel mostrenco sudoroso, ya el rojerío estaba vencido. Al fin y al cabo, McCarthy resultó también un muñeco roto de la oligarquía yanqui, consumiéndole el cáncer en 1957.

La meca del cine nunca volvió a ser la de aquellos años, en los que un grupo de locos decidió poner el celuloide al servicio de las grandes mayorías. La caza de brujas exterminó los sueños de toda una generación, arruinando el propio futuro de los EEUU.

Para salvar sus piscinas, algunos renunciaron a lo mejor de sus vidas, embarraron para siempre sus destinos, dejaron en la cuneta a amigos y parientes. Perdió la conciencia, ganó el bolsillo. Uno, que no es nadie para dar lecciones, no sabe lo que hubiera hecho en su lugar, pero si conoce que hubo otros que se mantuvieron firmes, frente a la ignominia.

(*)El Proyecto Manhattan era el nombre en clave de un proyecto de investigación científico llevado a cabo durante la Segunda Guerra Mundial por los Estados Unidos con ayuda parcial del Reino Unido y Canadá. El objetivo final del proyecto era el desarrollo de la primera bomba atómica. La investigación científica fue dirigida por el físico Julius Robert Oppenheimer mientras que la seguridad y las operaciones militares corrían a cargo del general Leslie Richard Groves. (Fuente:Wikipedia)

miércoles, noviembre 21, 2007

Cayetano Bolívar, un soñador para un pueblo

La patria es un sentimiento del que suelen jactarse los señoritos. Cuando llegan los trances, los señoritos la invocan y la venden. El pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera.
(Antonio Machado)

Muchos años atrás, ante el pelotón de fusilamiento, el ginecólogo Cayetano Bolívar, repasó su vida en décimas de segundo, recordando a los suyos, a su esposa, a sus hijos, a sus camaradas del Partido, a todos los trabajadores españoles. Seguro que tampoco olvidó a sus enemigos, los enemigos de la clase obrera, que se disponían a arrancarle el alma a tiros, aquel día del verano de 1939.

El único delito cometido por Cayetano Bolívar Escribano, fue la defensa insobornable de los intereses y de las luchas del proletariado español.

Según establece el certificado de defunción expedido a su nombre, nació en Frailes (Jaén) en 1897. Otras fuentes señalan el también pueblo jiennense de Mancha Real cómo lugar de nacimiento de Bolívar. Su familia tenía posibles, cómo se decía antiguamente, demostrándolo el hecho de que los hijos varones estudiaron todos una carrera.

Cayetano decidió cursar medicina en la Universidad de Granada, eligiendo la especialidad de ginecología. Allí, en un hospital de la ciudad, conoció a la enfermera almeriense Piedad Vicente, con la que se casaría posteriormente.

Durante el año 1924, realizó una ampliación de sus estudios en Alemania, debido a los excelentes resultados académicos que obtuvo, reflejados en su expediente. Al año siguiente, una vez de vuelta en Andalucía, se afilia al Partido Comunista de España (PCE), entonces una organización minoritaria y clandestina, fuertemente reprimida por la Dictadura del general Primo de Rivera.

Instalado en Málaga, se dedicó a ejercer su profesión, atendiendo las necesidades de las barriadas populares del Perchel, El Bulto o La Trinidad. En su finca de Vistahermosa, en el Valle de los Galanes, nacieron sus tres hijos: Expectación, Sol Diana y Cayetano. En este mismo emplazamiento creó un sanatorio de beneficencia en 1928, trabajando junto con él, destacados médicos republicanos y socialistas.

Compatibilizando la militancia comunista con la masonería, miembro del Comité Provincial del PCE e integrante de la logia Pitágoras. Su condición de masón no era del agrado de las nomenklatura comunista, pero Bolívar siempre mantuvo una absoluta independencia de criterio en este y en otros aspectos de su trayectoria.

Candidato no electo en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, las mismas que dieron al traste con la podrida Restauración alfonsina y que permitieron la implantación de la Segunda República. De nuevo candidato, en las elecciones a Cortes Constituyentes, detenido por su supuesta implicación en la quema de conventos, represaliado por las nuevas autoridades, que combatían con saña al PCE y al movimiento anarquista.

A finales de 1931, la familia se traslada a Villa de Don Fadrique, un municipio campesino, situado a 70 kilómetros de Toledo. Escapando de las fuertes presiones de la burguesía malagueña, vino a parar a un pueblo profundamente revolucionario, con un núcleo comunista de cierta importancia.
Las huelgas, y la subsiguiente respuesta violenta de las fuerzas del orden, se sucedían vertiginosamente.

Hecho preso por la Guardia Civil, que obedecía directamente a los terratenientes de la localidad, conducido al penal de Toledo, al igual que decenas de jornaleros. En aquella cárcel permaneció por espacio de 17 meses, hasta los comicios de 1933, en los que fue elegido diputado.

Encerrado todo aquel tiempo, se dedicó a formar ideológicamente a sus compañeros de infortunio, a la vez que traducía del alemán los clásicos del marxismo, con lo que sacaba algún dinero para mantener a su gente.

Número uno de la candidatura comunista por Málaga en las elecciones legislativas del 19 de noviembre de 1933, seguido del novelista peruano César Falcón (amigo entrañable del Amauta José Carlos Mariátegui y padre de la futura dirigente feminista Lidia Falcón) y de la enfermera Concepción López.

Sorprendentemente, Cayetano Bolívar fue el candidato más votado en la capital malagueña. Aún así, al no haber obtenido ningún candidato el 40% de los sufragios, se organizó una segunda vuelta para el 3 de diciembre, tal y cómo marcaba la ley .

Las derechas pronto se agruparon en la Coalición Antimarxista. Las agrupaciones malagueñas del PSOE, del Partido Radical-Socialista y de Acción Republicana, decidieron unirse de cara a la segunda vuelta, invitando al PCE a hacer lo mismo.

Contradiciendo las instrucciones de la Internacional Comunista sobre la negativa a forjar alianzas con el socialfascismo, el PCE de Málaga decide aceptar el ofrecimiento, formando parte del Frente Único Antifascista. Esta operación, que se adelanto en dos años a la consigna estalinista de los Frentes Populares, contó con el visto bueno del secretario general del Partido, el panadero sevillano José Díaz.

Gracias a la política unitaria y antisectaria de la izquierda malagueña, se pudo derrotar a la derecha en el combate electoral, resultando elegidos diputados Bolívar, Aurelio García Ramos (radical-socialista), y Antonio Fernández Bolaños (socialista). Cayetano conoció la noticia en la cárcel.

Liberado de prisión, al obtener el acta de diputado, Cayetano Bolívar daba un vuelco a su cotidianeidad, convirtiéndose en el primer diputado comunista de la historia de nuestro país.

Desde las Cortes, dominadas por la reacción, Bolívar representó los afanes y deseos del pueblo llano frente a la hipocresía sangrienta de los nuevo amos de la República. Lerrouxistas y cedistas, grandes triunfadores en las urnas, se dedicaron a desmontar las reformas y las medidas del bienio progresista, ciertamente insuficientes pero excesivas para la burguesía, la nobleza y la Iglesia.

Hijo él también de la burguesía rural, pero consciente de las necesidades de sus compatriotas, supo sacar de sus casillas a los oradores de pacotilla que inundaban el Congreso, esa charca pestilente, cómo la definió Bolívar en más de una ocasión. Usando una dialéctica algo agresiva, frente a los que mataban a los obreros en las calles, burlándose de las zarandajas del lenguaje parlamentario, poniendo en más de un brete a José María Gil Robles, líder de la CEDA, y aspirante a caudillo fascista.

Nunca tuvo las buenas maneras de un Julián Besteiro ni la impecable vestimenta que lucía José Antonio, sin embargo, su voz fue la voz de los obreros y de las obreras que soportaban en sus espaldas el peso de una plutocracia infame. Soportó el acoso y las burlas de los diputados derechistas, recriminó la actitud conciliadora y reformista de algunos socialistas, preocupándose siempre de la suerte de los presos políticos revolucionarios, ya fueran del PCE, del PSOE o de la CNT.

Su labor parlamentaria fue ardua, difícil y admirable, imagino que Bolívar no se encontraría muy a gusto en aquella cueva de Alí Babá. Sus panegíricos prosoviéticos (algo exagerados pero explicables en aquella época) le enfrentaron al diputado cedista Ramón Ruiz Alonso, posterior responsable de la detención y muerte del poeta García Lorca.

Tras la Revolución de octubre de 1934, Bolívar fue marginado y vilipendiando en el hemiciclo, ante la alborozada satisfacción de las derechas y la entusiasta colaboración del presidente y del vicepresidente de la Cámara.

Cuando los escándalos de corrupción afectaron al gobernante Partido Radical, salpicando al mismísimo presidente del consejo de ministros, Alejandro Lerroux, el diputado comunista no dejó pasar la oportunidad para recordar que capitalismo y corrupción son hermanos gemelos. El capitalismo engendra corrupción, y la corrupción engendra capitalismo. Sin cierto nivel de corrupción el sistema capitalista no puede funcionar. Con cualquier tipo de corrupción, un proceso anticapitalista fracasa.

El bienio negro destruyó los cimientos de la República, preparando la vía fascista, que se adivinaba en los discursos de agrarios, monárquicos y falangistas, ávidos de un caudillo. Las izquierdas, desde la pequeña burguesía azañista hasta el anarcosindicalismo, comprendieron esto enseguida. No quisieron que en España se impusiera la receta alemana, por la cual el nazismo había arrasado en las urnas, siendo llamado a formar gobierno.

Para ello, se levantaron en Asturias, dispuestas a defender las conquistas sociales del primer bienio, dispuestas a acelerar los cambios que necesitaba este país. Los legionarios de Franco cortaron de raíz aquella huelga revolucionaria, sembrando el terror por tierras del norte.

Las izquierdas decidieron unirse en el denominado Frente Popular, que venció en las elecciones del 16 de febrero de 1936. El PCE logró 16 diputados en esta ocasión, con lo cual Bolívar quedó descargado de actividad parlamentaria, ya que otros 15 compañeros y compañeras podían defender también las propuestas del PCE.

La República del Frente Popular, dirigida por los republicanos de izquierda, y en la que los comunistas tenían poca influencia, era demasiado roja para los poderes fácticos. No podían tolerar una España distinta a la que ellos habían usurpado durante siglos.

La España Imperial, la España de Isabel y de Fernando, la España caduca y legañosa, se alzó en armas el 18 de julio de 1936. Nunca nada sería lo mismo. Las culatas de los fusiles impondrían la verdad de Cristo, del Cristo secuestrado por una Iglesia Católica golpista y mentecata.

Cayetano Bolívar fue nombrado Comisario de Guerra del sector de Málaga, el 28 de noviembre de 1936. No desempeñó el cargo con su habitual eficacia, la guerra le superó, política y personalmente. Se vio envuelto en las sucias divisiones y querellas entre socialistas, comunistas y anarquistas.

Málaga cayó en manos fascistas el 8 de febrero de 1937, siendo procesados a continuación por el Consejo Superior de Guerra (republicano) los responsables militares de la defensa de la ciudad. Para poder procesar a Bolívar, se requería de la autorización de las Cortes, ya que continuaba siendo diputado. Finalmente, al cabo de los meses, la Diputación Permanente de Cortes rechazó el suplicatorio, y Bolívar no fue procesado.

Después de un período en Villa de Don Fadrique, Bolívar se trasladó a Jaén, donde ocupó el cargo de Director de Sanidad. Cuando las tropas fascistas se acercaban a la capital del Santo Reino, Bolívar huyó en coche por la carretera de Granada, pero ya era demasiado tarde. Capturado en Baza, fue llevado a la cárcel granadina.

En Granada, en su cementerio municipal, que descansa sobre el Cerro de la Sabika, justo encima de la Alhambra; murió Cayetano Bolívar Escribano el 4 de julio del 39. La guerra civil ya había concluido. Francisco Franco era ya el amo de los destinos de España. Era la hora de la Victoria.

Tremebundo verano el de 1939. Sólo un mes más tarde que Bolívar, caerían asesinadas en Madrid las 13 Rosas Rojas, acompañadas de otros 43 militantes varones de las JSU. Verano caluroso, impregnado de pólvora, el terror en sumo grado.

El día que le iban a matar, Cayetano Bolívar, revolucionario andaluz, supuesto descendiente del Libertador de América, médico del pueblo, burgués con conciencia de clase proletaria, sintió el aliento fétido de la Granada negra. La misma ciudad, la maldita y bendita ciudad, donde había estudiado, donde había encontrado el amor de Piedad, el terruño donde la muerte le encontró a él.

Sólo tenía 42 años. Pagó caro el atrevimiento, la osadía, el desafío a unas castas y unas élites, a un monstruo fatal que, hoy, casi setenta años después, todavía nos ahoga.

*La mayor parte de los datos de este post están sacados del espléndido ensayo Cayetano Bolívar. Su trayectoria política, publicado por la historiadora Encarnación Barranquero Texeira, en la Colección Biblioteca Popular Malagueña, del Servicio de Publicaciones de la Diputación de Málaga.

sábado, noviembre 17, 2007

jueves, noviembre 15, 2007

Anatomía de un Borbón (y de los suyos)


Las masas populares, vosotros, obreros y antifascistas en general, sois los patriotas, los que queréis a vuestro país libre de parásitos y opresores; pero los que os explotan, no, ni son españoles ni son defensores de los intereses del país. (José Díaz , secretario general del PCE desde 1932 hasta 1942)

Estaba esperando a que mi amigo Juan Pablo me recogiera con el buga cuando descubrí la noticia en el portal Google News. No me lo podía creer: el rey de las Españas saltándose el guión establecido, enfrentándose directamente a Hugo Chávez; y el presidente del talante ejerciendo de mamporrero del Bigotes, si, del mismo que lo pone a caldo cada vez que huele un micrófono.

Patriotismo de empresa, sucio y vil patriotismo de empresa. La campechanía borbónica, tan publicitada por sus aduladores, se resquebrajó en aquel instante. La posición ideológica de Rodríguez ZP quedó más clara que el agua, demostrando que tiene de socialista lo que yo tengo de cura. Sosomán salió raudo y veloz a defender el honor mancillado de Aznar, luciendo de paso una descomunal miopía eurocentrista (por no llamarla racista directamente) al afirmar que ”hasta Carlos Marx era europeo”.

Sí, amigo José Luis, Carlos Marx era europeo, al igual que lo fueron Adolfo Hitler, Benito Mussolini o Antonio de Oliveira Salazar. Y también era europeo ese generalito panzón y paticorto, culpable directo del fusilamiento de tu propio abuelo, el capitán republicano Juan Rodríguez Lozano. Francisco Franco, me parece que se llamaba. Todavía vive gente que tiembla al escuchar su nombre.

Sin embargo, dice el rumor que delante de Su Majestad no se puede insultar a Francisco Franco. Es de bien nacidos el ser agradecidos, dice el refrán. Y no podemos olvidar que Juan Carlos le debe el trono al Caudillo, hay que recordar que el 23 de julio de 1969 en el Palacio de las Cortes el actual monarca juró los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional, de rodillas ante Franco. El propio padre del rey, Juan de Borbón y Battenberg, nunca se lo perdonó.


Traicionando a su familia, atropellando los derechos sucesorios de su progenitor, marginando al carlismo, dorándole la píldora al Generalísimo, Juan Carlos acabó ocupando la Jefatura del Estado. Nacía así la Monarquía del 18 de julio, legitimada por una asonada militar que acabó con la vida de un millón de españoles, y que expulsó a cientos de miles de ellos al destierro. Juan Carlos I, rey de los vencedores de la guerra civil.

Ungido por uno de los pocos líderes fascistas supervivientes de la Segunda Guerra Mundial, bendecido por las altas instancias del Imperio, aceptado por los dirigentes de la izquierda antifranquista (que no por las bases), Juan Carlos de Borbón cruzó su particular Rubicón la madrugada del 24 de febrero de 1981, cuando, con el uniforme de Capitán General encima del pijama, en una alocución televisada, paralizó el extraño golpe de estado iniciado en la tarde del 23.

Mucho se ha comentado sobre la actuación del rey en esta trama. Es preciso señalar que dos de las cabezas del putsch, los generales Alfonso Armada y Jaime Milans del Bosch siempre fueron hombres de absoluta confianza del Borbón. También se ha dicho que la respuesta real al tejerazo llegó muy tarde. Lo que es indudable es que tras el 23 F, Juan Carlos se autolegitimó personalmente ante el pueblo español, desligándose de la figura sangrienta del gallego.

De un plumazo, ante aquellas cámaras de televisión, se finiquitaba el franquismo sin Franco en la consciencia colectiva de los españoles, dando paso al consabido juancarlismo. Las apariencias engañan. Las mentiras prefabricadas desde el poder para convencer a un pueblo sumiso y derrotado, tras cuarenta años de infamia, funcionan perfectamente desde entonces.

Por fin, en la Cumbre Iberoamericana, el Borbón se soltó la melena, reprendiendo al rebelde Chávez, ordenándole que cerrara la boca y que dejara a Zapatero amparar a su antecesor en Moncloa. Me quedé a cuadros, atónito, desconcertado, al descubrir que Juan Carlos sabía pensar y emitir sonidos por sí mismo, sin necesidad de un escribiente de discursos ad hoc. Que profundidad de análisis, que capacidad de sintetización. ¿Por qué no te callas?, en estas cinco palabras viene condensado el ideario reaccionario español que tanto daño a hecho a la misma España.

Las hordas fascistas también callaron a Federico García Lorca, llenando su cuerpo de plomo, enterrando su cadáver junto a los de un maestro cojo y dos banderilleros, tan cerca de Aynadamar, la Fuente de las Lagrimas. Las mismas escuadras infernales obligaron a Antonio Machado a cruzar la frontera, para que se acabara muriendo en Colliure, de pura pena.

Estos señoritos, sombríos y repeinados, internaron a Miguel Hernández en Alicante, hasta que se lo llevó la tubercolosis, arrebatándonos a la más joven de nuestras glorias nacionales. Que manía la de hablar más de la cuenta, que manía esa de luchar por los trabajadores y por los pueblos de esta piel de toro. Manía que pagaron con sus vidas Julián Zugazagoitia, Joan Peiró o Lluís Companys, figuras ilustres entre el frío anonimato de las tapias blanqueadas, dispuestas a recibir el rojo sangre de miles de locos que no quisieron callar.

25 años de paz, 25 años de Victoria, 25 años de crímenes impunes. 1963, ya era ministro Manuel Fraga Iribarne, aquel al que le cabía el Estado en la cabeza, amén de otras pequeñeces cómo el dinero de los fondos reservados que le pasó su compinche Felipe en los 80. Los franquistas reformistas presumían del turismo escandinavo, de la belleza de nuestras playas, de la magnificencia de nuestra gastronomía. Mientras, en lo oscuro, la Brigada Político Social detenía al dirigente comunista Julián Grimau, lo apalizaba con saña, tirándolo por la ventana del segundo piso de la Dirección General de Seguridad, en plena Puerta del Sol*.

Grimau acabó siendo fusilado por jóvenes soldados de reemplazo, que no lograron acabar con su existencia tras 27 disparos, obligando al teniente que mandaba el pelotón, a rematar a Julián con dos tiros en la cabeza. La misma suerte correrían tiempo después los anarquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado. Así sellaba las gargantas de los disidentes aquella dictadura terrorista, dictadura que jalean Mayor Oreja o Pío Moa.

Frente a la subversión, el frío acero de una bala. Frente a la lucha sindical, la prisión y la tortura. Frente al libre pensamiento, el camino del exilio. Cuatro décadas ominosas, en las que los obreros españoles aprendieron a callar, a hablar poco y mal.

Te pregunto, Juan Carlos de Borbón y Borbón, Borbón por los cuatro costados de tu esqueleto, ¿Por qué, no mandaste callar nunca a Francisco Franco? ¿Porqué no levantaste tu voz gangosa para condenar alguno de sus innumerable asesinatos?

La respuesta es muy simple: Tú formabas parte de aquel régimen represor, eras un importante eslabón dentro del nacionalcatolicismo, fuiste un jerarca del franquismo.


En el sepelio de tú Caudillo y protector, conociste a otro carnicero de infausto recuerdo: Augusto Pinochet Ugarte. Un 11 de septiembre, pero de 1973, lanzó un vendaval de fuego sobre La Moneda, dejándonos sin Salvador Allende. Sus sicarios, torvos y malditos cómo alimañas, mutilaron a Víctor Jara, antes de descargar sobre su cuerpo incompleto su rabia explosiva. Chile quedó herido, por los siglos de los siglos.

Otro de tus colegas de cumbres y saraos, Hassan II, al que le regalaste descaradamente el Sáhara Occidental, calló para siempre a Mehdi Ben Barka , la mente más brillante de la izquierda marroquí, disolviendo su carne muerta en ácido. Lo llamabas hermano, y al canalla de su hijo lo llamas sobrino.

¿Qué me dices de Felipe González Márquez? Os llevabais de lujo, de puta madre diría yo ¿Has oído hablar alguna vez de las siglas GAL? Te refresco la memoria, Juancar, para otro día no olvides los rabillos de pasas: Los GAL, banda terrorista gubernamental, financiada a costa de los fondos reservados del Ministerio del Interior, responsable de muertes, secuestros y atentados.Guerra sucia contra ETA, Santiago Brouard, José Amedo, Enrique Rodríguez Galindo, José Barrionuevo, Rafael Vera, Segundo Marey, Lasa y Zabala ... nombres y más nombres, grabados en cal viva en el debe histórico del PSOE.

Del protagonista implícito de esta bronca no hay que mencionar mucho. Todos conocemos su currículum vitae, su evolución perfectamente lógica, desde el falangismo revolucionario hasta el neoliberalismo españolista. Sus hazañas bélicas, propias de un gris inspector de Hacienda con delirios de grandeza, socavan el futuro de Irak, segundo a segundo, bajo el fragor de los coches bombas y de las botas de los marines usamericanos.

Cuidadito con ese Hugo Chávez. Es cómo un volcán en ebullición, es el rostro de Nuestra América, un peligro estructural para todos vosotros, señores de la guerra y del mercado. Cuando lo veo en acción, veo el fusil estrellado de Guevara, oigo la palabra libre de Allende, reconozco la furia indomable del Caballo. Es negro cómo Sankara, chino cómo Mao, sabio cómo el tío Ho, una Pasionaria con cojones, un Vladimir Lenin sin perilla. Me emociona y me entusiasma, me encanta que le tengáis tanto miedo, es vuestra antítesis, vuestra némesis.

Mañana, cuando el pueblo en armas tome vuestros Palacios de Invierno, nadie podrá callar a un semejante, porque a nadie le quitarán su voz. Ni dioses, ni amos, ni reyes.

*Esta técnica la repetirían en 1969 con el estudiante Enrique Ruano, esta vez desde un séptimo piso.

martes, noviembre 06, 2007

Sorpresas te da la vida

Pedro Navaja matón de esquina
quien a hierro mata a hierro termina
(Rubén Blades y Willie Colón)

Flipé en colores cuando la encontré. Me sorprendió, y creo que no seré el único sorprendido cuando ustedes la lean. Carta a Fidel Castro, por Camilo José Cela. Agárrense los machos (y las hembras).

Fechada el 2 de marzo de 1965, en los primeros y míticos años de la Revolución Cubana, cuando todavía la intelligentsia socialdemócrata babeaba ante las barbas de Fidel, años antes del caso Padilla, que selló el divorcio entre la intelectualidad progresista y el movimiento socialista cubano.

Dirigida al Comandante Fidel Castro, Primer Ministro de la República de Cuba, escrita en el hotel Habana Riviera, sito en el Malecón. El remitente, Camilo José Cela, español de 48 años, casado y con un hijo, de profesión escritor y miembro de la Real Academia Española de la Lengua.

Según cuenta, aquella fue su primera estancia en la isla, invitado cómo jurado del Premio Casa de las Américas de novela. Completaban la terna de jueces José Lezama Lima, Mario Vargas Llosa, Jaime Sabines y Edmundo Aray. El premio quedó desierto, finalmente.


Cela Trulock se dirige al Comandante en Jefe, solicitándole que "vivifique la voz Hispanoamérica (y su correspondiente adjetivo hispanomericano)", señalando además que Fidel es "en todo el mundo de habla española, en todo el mundo hispánico, la única persona que puede hacerlo con eficacia y sin herir susceptibilidades de nadie", ya que "Cuba, habla español, vive y sufre y trabaja y pelea y ama y muere en español".

El gallego de Iria Flavia no duda un momento en denunciar el término Latinoamérica ya "que fue puesto en juego, tanto por pereza mental como por afán imperialista, por los norteamericanos. Por pereza mental porque es más fácil decir, en inglés, Latinoamérica que Hispanoamérica. Por afán imperialista porque ellos son –o se piensan- los americanos, y los demás los latinoamericanos, término que, cuanto más confuso aparezca, mejor sirve sus intereses". Menudo revolucionario se perdió la causa antiimperialista, ja, ja y ja.

En otros pasajes de la misiva el verdadero carácter del Nobel 1989 sale a la luz. Por ejemplo, cuando dice que los indios no precisan de denominación genérica alguna porque "no podrán entrar en vías de culturización sino a través del inglés, del portugués o del español". Tras proclamar su antirracismo Camilo suelta una perla de las suyas: "con mucha gracia, hoy oí decir a un amigo cubano que las mulatas eran un invento español, como el submarino de Isaac Peral o el autogiro de La Cierva". Seguro que a las miles de esclavas negras obligadas a mantener relaciones sexuales con los patrones españoles o criollos durante la era colonial, este chiste no les resultaría tan divertido.

Por mucho que declare que "el español es la lengua de resistencia política de los puertorriqueños, tanto en su patria como en Nueva York o en cualquier otro punto de Norteamérica. Los puertorriqueños aspiran a la independencia, no quieren integrarse en la sociedad norteamericana, hablan el español y a sí mismos se llaman hispanos", no nos engaña. Los lobos con piel de cordero han hecho mucho daño a lo largo de los siglos.

Cela siempre fue un impostor, desde la cuna. Soldado raso del bando fascista, censor en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia, creador del tremendismo literario, escribano por encargo del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. Refiere el periodista Cristóbal García Vera, colaborador de la web Canarias Semanal, que Cela tuvo un padrino en su carrera literaria: Juan Aparicio, granadino de Guadix, cofundador de las JONS junto a Ramiro Ledesma Ramos, Delegado Nacional de Prensa, director del diario Pueblo, un peso pesado de la política cultural del régimen.

Reconozco que fue un maravilloso novelista, un auténtico prestidigitador del castellano, con tres obras fundamentales cómo lo son La familia de Pascual Duarte (1942), Viaje a la Alcarria (1948) y La Colmena (1951). Lo que no es óbice para hablar de su ideario reaccionario, de la brutal manera en que se comportaba, de lo patán que resultó en tantas ocasiones.

Corría el año 1956, cuando, desde Mallorca, Cela pusó en marcha la revista literaria Papeles de Son Armadans, que recuperó para los lectores españoles a autores republicanos cómo Max Aub o Ramón J. Sender, incluyendo entre sus firmas al escritor anarcosindicalista Eduardo Pons Prades, entre otros. Un punto a favor de Camilo José.

Cuando su estrella declinaba, comenzaron a lloverle los galardones literarios de más prestigio. Quedará para siempre cómo uno de los cinco españoles con el Nobel de Literatura en sus alforjas, con todo lo bueno y todo lo malo que eso conlleva.

Estaba yo en el instituto, en primero de bachillerato, cuando Camilo José Cela murió en el mes de enero de 2002. Recuerdo la edición que le dedicó El Mundo, ya que lo regalaban por aquella época en los centros educativos. Buen lavado de cerebro para los infantes tiernecitos, educados por la telebasura y por la Playstation, con sus papaítos columpiándose en el alambre de la precariedad.

Mi opinión personal sobre él no ha variado mucho desde entonces. Sigo considerando que fue un grandísimo escritor de derechas, un señor antipático y malhablado, que supo amoldarse primero al franquismo y luego al juancarlismo, tal y cómo lo hicieron miles de demócratas. Por lo visto, en 1965, aprovechando su viaje a Cuba, se apuntó al turismo revolucionario, demostrando su extravagancia y su rancia personalidad en la carta que inspiró esta reflexión.

Nobel innoble, cadáver exquisito (Umbral dixit), profeta del culo, caca, pedo y pis, amante de la buena vida, defensor del orden establecido, enemigo de cualquier revolución. Prietas las filas en la bóveda celeste, que anda suelto Camiliño José, el delator.

jueves, noviembre 01, 2007

La tumba del general leal

El sábado pasado, por la tarde, subimos al cementerio de San José. Cumplimos así con los muertos, según manda la tradición. Es costumbre antediluviana en nuestra tierra acercarse a esos lugares en estos días, con el objeto de sustituir las flores ajadas por unas recién cortadas (o de plástico, que aguanta mejor las inclemencias del tiempo). Algunas personas aprovechan la visita para limpiar y adecentar la losa que cubre la sepultura de sus seres queridos.

Nosotros también seguimos este ritual, que se hereda al igual que los genes o la malafollá (granaína, se entiende). Así, que ahí estaba yo, con mi madre y con mi padre, en el camposanto municipal, recorriendo sus patios, en busca de la tumba de tal o cual familiar. Hasta me tuve que subir en un contenedor de basura para poder alcanzar la lápida de mis bisabuelos. Imagínense la escena, parecía un gag del cine mudo. A punto de perder el equilibrio, sosteniéndome a duras penas sobre la tapa del cubo, todo sea por honrar la memoria de los míos (¿Tragicómico quizás?).

El menda, que es algo friki por naturaleza, se llevó la cámara de fotos, con una meta clavada en el entrecejo: fotografiar la sepultura del general Emilio Herrera Linares. Uno tiene sus manías, es así de raro y excéntrico. Me dije a mí mismo: Niño, agarra la cámara y le echas un par de fotografías, así tienes la excusa para escribir un post sobre él en el blog. Así están las cosas, uno hace o deshaces cosas para luego verlas reflejadas en el Internete, cómo lo llamaba cariñosamente un profesor del instituto.

Emilio Herrera vino al mundo en Granada, un 13 de febrero de 1879, según reza en su sepultura. Ingeniero militar, as de la aviación, amigo personal de Alfonso XIII, católico y de derechas, permaneció fiel a la República tras el levantamiento fascista del 18 de julio. Ascendido a general en 1937, tras el fin de la contienda marchó al exilio, donde pasaría el resto de su vida.

Su hijo mayor fue José Herrera Petere, poeta y militante comunista. El menor, Emilio cómo el padre, falleció en acto de servicio mientras pilotaba un Chato en la guerra civil. Heredaron de su progenitor el sentido del honor, virtud de la que carecían completamente los generales facciosos.

El destierro, verse obligado a abandonar todo lo que había conformado su existencia hasta entonces, afectó a Herrera al igual que a otros cientos de miles de españoles. La actividad del general durante el exilio fue frenética: fue fundador de la Unión de Intelectuales Españoles, de la revista Independencia, de la Agrupación de Militares Republicanos Españoles, del Ateneo Iberoamericano de París, a la vez que trabajaba para la UNESCO, escribía artículos sobre aviación en revistas especializadas o gestionaba la ayuda económica destinada a los refugiados españoles en Francia.

Su integridad quedó demostrada cuando dimitió de su puesto en la UNESCO en 1955, tras el ingreso de la España franquista en las Naciones Unidas. Nunca fue un revolucionario, más bien un liberal-conservador regeneracionista, claramente antifascista, que incluso actuó de nexo entre el círculo de don Juan de Borbón y Gil Robles y sectores republicanos.

Ministro de Asuntos Militares del Gobierno de La República en el Exilio de 1951 a 1960, Presidente del Gobierno Republicano de 1960 a 1962, ministro sin cartera hasta el final de sus días. Durante su mandato firmó el Acuerdo Luso-Español con el general Humberto Da Silva Delgado, opositor al fascismo portugués que sería asesinado en 1965 por un comando de la PIDE (policía política salazarista), cuando se encontraba en el pueblo pacense de Villanueva del Fresno.

Enfrentando a la jerarquía católica por su participación en la represión de los vencedores, sintiéndose profundamente católico; alertando sobre la alianza hispano-usamericana que involucraba de lleno a España en la guerra fría; jamás cejó en su empeño: restaurar la democracia perdida en nuestro país.

El 13 de septiembre de 1967, cuando ya era un anciano casi nonagenario, falleció en Ginebra. Su hijo Petere le dedicó estos versos en 1975, poco antes de su propia muerte:

A mi padre muerto en destierro

Yo he tenido un Padre Honrado
se llamaba Emilio Herrera
que yace junto a mi casa,
en exilio, bajo tierra.

Las luces ya se retiran
fuegos fatuos, un misterio
alba del amanecer
resucitará a los muertos.

"Padre mío, padre mío
¿por qué me has abandonado...?"
Ya no tienes ojos verdes
¡Ya no hay tu ciencia en tus labios...!

Pero tu Dios es clemente
y tiene mirada blanca
y a través de las estrellas
admira tu alma clara.

Tu inteligencia palpita,
aún, en el cementerio,
diciendo, aquí yace un sabio
que peleó junto al pueblo

Ginebra, enero de 1975.


El meritorio ejemplo del general Herrera Linares no debe perderse en los baúles de la historia, ni mucho menos. Hay que tener en cuenta su fidelidad al pueblo español, al igual que recordamos la lealtad de Vicente Rojo Lluch o de Antonio Escobar Huertas, también generales católicos del Ejército Popular de la República.

Termino este artículo con fiebre y principio de gripe, enfocando mi memoria hacia esos pequeños y grandes héroes que dejaron sus vidas, sus haciendas, sus casas, su patria en la guerra contra el fascismo. Levanto el puño por ellos y por ellas, camaradas, antifascistas todos.

domingo, octubre 28, 2007

Juan Antonio Bardem, un proletario del cinema

Reflexión escrita al hilo de la película El Puente (1976).

Desterrar un tópico de nuestro subconsciente es infinitamente más complicado que asentarlo. Vivimos rodeados de tópicos en nuestra vida diaria, desde que nos desperezamos bajo el agua de la ducha a primera hora hasta que logramos conciliar el sueño, evitando el incordioso insomnio, bien entrada la noche. Es más cómodo agarrase al tópico para justificar una posición personal que intentar descubrir lo que se esconde tras de ellos.

¿Quién no ha oído hablar de las españoladas? ¿Quién no ha despreciado, en alguna ocasión, el trabajo de ciertos profesionales del cine, por el mero hecho de que estos poseían la nacionalidad española y de que rodaron películas durante la dictadura? ¿Porque metemos en el mismo saco a dignos artesanos y a bastardos mercaderes? Estas preguntas, que cualquiera de ustedes podrá sustituir por otras igual de válidas, reflejan una idea muy extendida entre nosotros, españolitos del nuevo siglo.

Hubo de todo, cómo en botica. Cine propagandista del fascismo victorioso (no por ello exento de calidad estética), filmes de epopeyas nacionales con hedor a naftalina, comedias simplonas con las que no podías parar de reír. Hasta puede que hayan oído hablar de las tres bes del cine español: Bardem, Berlanga y Buñuel, por estricto orden alfabético.

Sin lugar a dudas, este trío magnífico rompe con el topicazo, demostrando que en aquella España, roída y carcomida por una oligarquía asesina, también se hicieron buenas películas. Por supuesto, no podemos caer en la imbecilidad de negar la indudable pericia de otros directores, cómo el falangista hedillista José Antonio Nieves Conde o el dandy franquista Edgar Neville. Pero, parece que estos tres realizadores, y en esto coinciden la inmensa mayoría de cinéfilos, suponen lo mejor que le ha pasado a nuestro cine desde que los hermanos Lumière patentaron el inventito.

Hoy voy a hablarles de Juan Antonio Bardem, voy a centrarme en el más comprometido de los tres. La trayectoria profesional de Bardem, militante comunista desde la posguerra, no fue un camino de rosas, ni mucho menos. Problemas con la censura, falta de financiación, necesidad de dirigir películas de las conocidas cómo alimenticias. Esta montaña de obstáculos no impidieron que pudiera realizar obras maestras cómo Muerte de un ciclista (1955), Calle Mayor (1956), Nunca pasa nada (1963); y filmes correctos cómo La Venganza (1957), Las Sonatas (1959) o Siete días de enero (1979). No puedo dejar de decir, que aunque no figure en los datos recogidos en las antologías del cine, Bardem fue codirector junto a Luis García Berlanga, de Bienvenido Míster Marshall (1953).

Desde el principio de su carrera, los mandamases culturales del régimen le zancadillearon en bastantes ocasiones. Cuando descansaba la tijera del censor era la policía la que lo enchiqueraba por su condición de pecero. Bardem, trabajador infatigable, participó además en la creación de UNINCI (Unión Cinematográfica, SA), la productora que financió las mejores películas españolas de los años 50 y primeros 60.

UNINCI acabó siendo el brazo cultural del PCE, un polo de atracción de sectores intelectuales, algunos de lo cuales ingresarían posteriormente en el partido. Dirigida por Ricardo Muñoz Suay (crítico, guionista, dirigente del PCE en la clandestinidad), Domingo Dominguín (torero, apoderado, propietario de Vistalegre, hermano del maestro Luis Miguel, comunista apasionado y bon vivant) y por el propio Bardem, en su Consejo de Administración figuraba la flor y nata del cine patrio: Berlanga, Rabal, Fernán Gómez, Fernando Rey, Saura, ...

En 1976, tras la muerte del dictador y su correspondiente estancia en prisión, Bardem dirigió El Puente, una novedosa road movie con fuerte contenido social, que pasó sin pena ni gloria por las taquillas. Basada en unos relatos cortos del escritor Daniel Sueiro, protagonizada por Alfredo Landa, relata la toma de conciencia política de un obrero desclasado durante un puente vacacional.

Sin necesidad de aburrir al personal con largos silencios y discursos enrevesados, con sentido del humor, Bardem desmonta el landismo con la inestimable ayuda del propio actor que dio nombre a aquel fenómeno cinematográfico. El navarro está insuperable, se come la película, demostrando su versatilidad cómo intérprete. El Puente supuso el despegue de Alfredo Landa cómo actor dramático. Landa siempre ha agradecido a Bardem la confianza que depositó en él para participar en esta película, paso previo para alcanzar la gloria con El Crack (José Luis Garci, 1981), Los Santos Inocentes (Mario Camus, 1984) o El Bosque Animado (José Luis Cuerda, 1987).

Recomiendo de viva voz, cómo se decía antes, el visionado de este filme. Recorre de manera magistral los principales problemas de la clase trabajadora en aquellos años lampedusianos, anticipando en una memorable canción la futura Transición-Transacción. Cómo he señalado antes, no es una película con ínfulas intelectuales, de esas que invitan al ronquido en el sofá. Aprovechen y se la descargan de las redes p2p, que para eso las tenemos.

Retomando la peripecia humana de Juan Antonio Bardem, sólo señalar aquí que publicó sus memorias en el verano de 2002, ya octogenario, justo antes de su fallecimiento en el mes de octubre de aquel mismo año.

Treinta días escasos antes de su muerte, fue homenajeado en la Fiesta del PCE, arropado por su familia y por amigos cómo Eduardo Haro Tecglen, Francisco Umbral, Agustín González o Marcelino Camacho. El artículo posterior de Umbral, sobre el homenaje a un Bardem gravemente enfermo, postrado en una silla de ruedas, provocó la ruptura de la amistad del primero con Haro Tecglen y con Fernando Fernán Gómez.

Censurado en el franquismo, vetado en la democracia (cómo bien ha recordado en un comentario al borrador de este post el compañero Toni Esteban), molesto para los eurocomunistas, demasiado rojeras para la factoría Prisa, Juan Antonio Bardem fue ante todo un trabajador del cine, un intelectual marxista al servicio de su pueblo.