jueves, septiembre 11, 2008

Memorial de infamias


A la memoria de Celia Hart Santamaría (1962-2008), llama inextinguible de la Revolución Cubana.

Curiosamente, estaba leyendo “Confieso que he vivido”, la autobiografía de Pablo Neruda, en el preciso instante en el que el primer avión se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center. Aquel 11 de septiembre de 2001, del que se cumplen hoy siete años, me encontraba repantingado en el viejo sillón orejero de los abuelos, disfrutando de los avatares existenciales del poeta chileno, del gran vate austral al que se le quitaron las ganas de vivir otro aciago 11 de septiembre*.

Minutos más tarde, pudimos ver por la televisión el choque del segundo avión contra la Torre Sur, emitido en directo en medio mundo. Pasamos la tarde embobados frente a la caja tonta, observando estupefactos el ataque kamikaze contra los centros de poder económicos y militares de los Estados Unidos. Muchos conocimos ese día el rostro de Osama Bin Laden, enemigo público número uno de Occidente, patrón del terrorismo internacional.

Luego, con el pasar de los meses, aparecieron las primeras teorías que cuestionaban la verdad oficial sobre el 11-S. El libro de Thierry Meyssan “La Gran Impostura”, publicado a principios de 2002, desveló las oscuras relaciones entre las familias Bush y Bin Laden, aportando datos técnicos que negaban la versión de los hechos que nos habían contado. A partir de ahí los conspiranoicos hicieron su agosto sacando un montón de nuevas versiones de los atentados en Nueva York y en Washington.

Mi propósito no es transitar por los caminos trillados de la conspiración, aunque yo mismo crea en ella, sino rememorar el 11-S desde mi particular óptica. El terrorismo integrista es una respuesta brutal al más brutal aún terrorismo imperialista estadounidense. Las víctimas occidentales de los ataques islamistas pagan los últimos 60 años de agravios, abusos y tropelías usamericanas en Oriente Medio.

EEUU ha derribado gobiernos democráticos (Irán, 1953), ha fomentado la guerra entre los países de la región (Irán-Irak, 1980-1988), ha apoyado dialéctica y tecnológicamente el apartheid israelí en Palestina (desde 1948 hasta la actualidad), ha financiado y entrenado grupos terroristas islamistas con la finalidad de combatir el comunismo o el nacionalismo reformista árabe (Afganistán, 1979), y ha sostenido militarmente las dictaduras teocráticas del Golfo, vulneradoras de los derechos humanos fundamentales. Este es el impecable historial del Imperio en la cuna de la civilización.

El 11-S sirvió como coartada para la guerra contra el terror, que permitió a los EEUU y a sus aliados invadir y ocupar Afganistán e Irak en los dos años siguientes. Además supuso una excusa genial para socavar las libertades civiles de millones de ciudadanos a lo largo del planeta, sacrificando la libertad en nombre de la seguridad. El neoliberalismo disolvía así los principios del liberalismo político, exterminando todo lo que estorbara a la acumulación capitalista.

La facción más extremista del Partido Republicano, los llamados neoconservadores, provenientes en su inmensa mayoría de la ultraizquierda, se hizo con el control de la Casa Blanca en las elecciones fraudulentas de 2000. George Walker Bush, hijo de presidente y nieto de senador, fue elegido emperador tras el sospechoso recuento de Florida, estado en el que su hermano Jeb era gobernador. El exilio anticastrista radicado en Miami, poderoso lobby en la política usamericana desde 1959, colaboró en el ascenso de Bush Junior a la presidencia.

Con Bush como presidente, y con Dick Cheney como vicepresidente y auténtico líder en la sombra, el proyecto de dominación imperial ha extendido sus tentáculos por Oriente Medio, Asia Central y el Cáucaso, fracasando estrepitosamente en América Latina, su sempiterno patio trasero. Los atentados de factura integrista han seguido sucediéndose desde el 11-S, afectando de lleno a capitales europeas como Madrid o Londres, fomentando el miedo irracional, la histeria colectiva y la xenofobia antiinmigrante.

A día de hoy, 11 de septiembre de 2008, Osama Bin Laden sigue en busca y captura, en paradero desconocido, oculto en alguna lejana cueva de la frontera afgano-pakistaní. O por lo menos ese es el cuento que nos larga Falsimedia. Bin Laden siempre me ha parecido un personaje de tebeo, un malo maloso de Tintín o de una película de la Hammer, primo tercero de Fu Manchú, digno de ser encarnado por Christopher Lee.

Recultado como guerrillero anticomunista por la CIA y el ISI (servicio secreto de Pakistán) a comienzos de los 80 para operar contra los soviéticos en Afganistán, reconvertido luego en combatiente antioccidental tras la guerra del Golfo Pérsico (1990-1991), es una figura brumosa, envuelta de misterio. Algo huele a podrido en Al Qaeda, sin duda.

Cuando leen estas líneas, George W. Bush agota su segunda legislatura en la Casa Blanca, reconocido genocida para muchísimas personas, incómodo para su propio partido y para el establishment de Washington, que está decidido a restaurar el prestigio perdido ante la opinión pública mundial. El lobo vuelve a esconderse tras la piel del cordero, ya sea con el negro Obama o con el oxidado McCain.

Sadam Hussein, cómplice del Imperio hasta la invasión de Kuwait en agosto de 1990, caricaturizado después como el Hitler de la península Arábiga, duerme el sueño de los justos. Ahorcado por esbirros del gobierno cipayo iraquí el 30 de diciembre de 2006, siendo grabada la agonía del dictador con un teléfono móvil, complemento macabro de las publicitadas torturas de Abu Ghraib. Qué distinto este video de aquel otro, en el que Sadam y Donald Rumsfeld se estrechaban las manos veintitantos años antes.

Bin Laden olvidado y perdido, Bush casi jubilado, Sadam muerto y enterrado, ese ha sido el destino de los protagonistas de la actualidad global post 11-S. Detrás de los titulares de los medios, los pueblos de Irak y Afganistán han sido los grandes perjudicados de este drama. Los fallecidos y heridos se cuentan por centenares de miles, los combates entre fuerzas estadounidenses y resistentes continúan, importunando el sueño usamericano, ensuciando el american way of live.

Las Torres Gemelas cayeron, el Pentágono fue tocado pero no hundido, la Tierra se estremeció cuando golpearon al gigante. Han pasado los años, hemos crecido, hemos madurado, algunos hasta hemos radicalizado nuestra ideología. Gracias a la matanza del 11-S, comprendí el papel del imperialismo usamericano en la magna tragedia de la humanidad. Y me decidí a batallar contra él, con las escasas fuerzas de las que dispongo.

En ello estamos.

*Hace 35 años, el 11 de septiembre de 1973, el fascismo demolía la democracia más vieja de América Latina, cayendo en la defensa de La Moneda el presidente Salvador Allende. El Terrorismo de Estado se apoderaba de Chile, desencadenando una espiral de violencia feroz que ahogó en sangre la vía allendista al socialismo. El Imperio participó activamente en la preparación del golpe, con el objetivo de eliminar a un gobierno rebelde que molestaba los intereses comerciales de las empresas usamericanas. Pablo Neruda sólo pudo sobrevivir dos semanas a la catástrofe.

1 comentario:

Moreno dijo...

Créeme compañero, has vuelto a sorprenderme. Mágnifica artículo, una vez más has demostrado la pluma que posees. Eres bueno camarada. Es un orgullo considerarte un amigo.
Hace 7 años escribí mi primer artículo. Todavía estaba en el Instituto, cursaba una asignatura optativa con 5 compañeros más llamada Historia del Pensamiento Político. (Grata elección por mi parte)Lo llamé 'El Islám como cohartada' y es, salvando las diferencias, lo más parecido a lo que has escrito. Gané el concurso y participamos con mi escrito en el concurso que organizó el pais.es
Estuve todo aquel segundo de bachiller recibiendo él periódico 'El Pais' gratuito.
No se si te lo he contado alguna vez compañero pero me has refrescado la memoria y ha sido una gran coincidencia.
Salud