martes, febrero 26, 2008
miércoles, febrero 20, 2008
La importancia de llamarse Fidel

Dirán exactamente de Fidel
gran conductor el que incendió la historia etcétera
pero el pueblo lo llama el Caballo y es cierto
Fidel montó sobre Fidel un día
se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte
pero más todavía contra el polvo del alma.
gran conductor el que incendió la historia etcétera
pero el pueblo lo llama el Caballo y es cierto
Fidel montó sobre Fidel un día
se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte
pero más todavía contra el polvo del alma.
(Juan Gelman)
Ayer eras el centro de la atención mediática internacional. Amigos y enemigos no paraban de hablar de tu última decisión. Los informativos y las ediciones digitales de los diarios repasaban tu vida, como si hubieras muerto. Por mucho que les pese, sigues vivo.
Cuba, tu Cuba, nuestra Cuba, les duele. Todavía no han olvidado la derrota en Playa Girón/Bahía de los Cochinos. No logran entender el porqué de la supervivencia de la Revolución tras la implosión soviética. Llevan cinco décadas intentando matarte, están desesperados porque saben que tu obra, la obra de todo el pueblo cubano, te sobrevivirá.
El imperialismo está al acecho, preparándolo todo para desembarcar en el Malecón tras tu partida. ¡Que se atrevan!, se encontraran con la resistencia feroz de millones de personas, cada uno su propio Comandante en Jefe, como señalaste en aquella ocasión. Si esa hecatombe ocurriera ten por seguro que el mundo no se quedará quieto, recibiréis la misma solidaridad que tanto prodigáis.
Eres un hombre, compañero Fidel, un simple y mortal ser humano. Lleno de contradicciones, imperfecto, propenso a cometer errores, tan frágil y tan fuerte como cualquiera de nosotros. Nunca pretendiste ser un Dios, siempre has combatido el culto a la personalidad, manzana podrida que infectó el cesto del socialismo real. Pero, entiéndeme, he crecido con tu ejemplo, eres un arquetipo para mí y para varias generaciones de comunistas, querido Fidel.
Adelante, cubanos. Revolución en la Revolución. Parece que ha llegado el momento de corregir y de enderezar vuestro modelo, desoyendo los cantos de sirena del neoliberalismo, inspirados en el marxismo-martiano, piedra angular del socialismo isleño. Casi finiquitado el período especial, están las venas abiertas de América Latina supurando alternativas a la barbarie existente, fijas las miradas en la mayor de las Antillas.
Libre ya del cargo presidencial, guardado el uniforme verde olivo, testigo de excepción del demacrado Siglo XX, tus reflexiones nos ayudan a comprender un poquito mejor este puñetero circo global. Caballo, viejo y cansado, Caballo nuestro, hasta la victoria siempre Comandante de la esperanza y de los amplios horizontes.
lunes, febrero 18, 2008
Realidad pulp

Algunos de ustedes habrán visto Ed Wood (Tim Burton, 1994), el logrado biopic del peor director de la historia del cine. Supongo que no habrán olvidado la convincente interpretación de Martin Landau, su maravillosa encarnación del inquietante actor húngaro Bela Lugosi. Pues bien, en una escena de dicho filme, Lugosi-Landau contempla entusiasmado el televisor, observando los deliciosos encantos de Vampira-Lisa Marie. "Vaya par de melones" exclama gozoso el príncipe de las tinieblas. Y no le faltaba razón al amigo.
Hace pocas semanas, la mencionada Vampira falleció en Los Ángeles. Ya no era aquella chica sueca de generosos pechos y cinturita de avispa, sino una anciana de 86 años, un objeto de culto para mitómanos y frikis, entre los que me pueden contar a mí. Conocí la noticia por el diario de César Martín en la web del Popu, lugar que frecuento de vez en cuando, envidioso de sus encuentros con las glorias del cine de serie B.
César publicó también hace no mucho una fotografía de la starlette Mamie Van Doren, posando desnuda en una cama deshecha mientras ve la tele. Lo que más llama la atención no es la fotografía en sí, sino el hecho de que esta mujer nació el 6 de febrero de 1931. Los cálculos no fallan y establecen la edad de Mamie en 77 primaveras. Miren las imágenes que aparecen en la página personal de la diva y pásmense: la señora aparece en pelotilla picada en mil y una instantáneas, luciendo un tipazo, sonriendo forzadamente, como si tuviera 50 años menos.
El bisturí y el botox la han momificado, su rostro está irreconocible, si comparamos a la Mamie del 2008 con la de los 60. Si hacemos honor a la verdad, debemos rendir honores a este sex symbol, porque es una superviviente nata. Mamie fue una de las muchas imitadoras de Marilyn Monroe, una rubia potente más del catálogo de bellezas surgidas al calor del éxito de Norma Jean Baker. Junto con Jayne Mansfield y Diana Dors, constituyó un trío de ases, las tres mejores copias del desdichado original.
El trágico final de la Monroes es de sobra conocido por todos. A Jayne Mansfield el destino le reservó un macabro pasaporte al otro barrio: perdió la vida en un accidente de tráfico en el verano de 1967, decapitada según la leyenda. Diana Dors superó la cincuentena por muy poco, siendo enterrada en 1984 tras un cáncer. Sólo queda Mamie, libre de maldiciones bíblicas, visitante asidua de la mansión Playboy, coetánea del tito Hugh Hefner.
Menudo personaje ese Hefner. Quién no ha soñado alguna vez con vestir su perenne batín, quién no ha fantaseado con tomarse un cubata con tal o cual playmate. Navegar por mares de silicona, atracar en algún puerto canallesco, deslizarse por las curvas de una semidiosa de almanaque. Cuentan ahora que el imperio Playboy está en quiebra, acogotado por el terremoto pornográfico de Internet. Levanten la copa de champán por Hugh, capaz de sacar a la luz las investigaciones del fiscal Jim Garrison sobre el asesinato de JFK, valiente editor de una revista donde escribían Arthur Miller, John Updike, Alberto Moravia, George Simenon, Truman Capote, Henry Miller, Ernest Hemingway, Arthur C. Clarke o Allen Ginsberg, entre otros.
No sólo de tetas vive el hombre, también se deben de alimentar el alma y el espíritu. Hablando de tetas, me viene a la cabeza el reportaje de Mamie Van Doren y Pamela Anderson para Vanity Fair, en el número de marzo de 2006. Pam Anderson también comenzó su carrera (si es posible llamar carrera al compendio de actuaciones estelares de la canadiense, dentro y fuera de la pantalla) como un cromo de Marilyn, deslizándose después por otros terrenos más movedizos, vídeos erótico-festivos incluidos. Más afortunada que Anna-Nicole Smith (otra del club de las Monroes), adorna el ramillete de foros calientes de la red, con sus descuidos y su récord de portadas del Playboy.
Vampira desaparece, Mamie permanece, y yo me voy desparramando por el blog, intercalando datos y pensamientos impuros, buscando la salida al embrollo en el que me meto cada vez que empiezo a teclear. Volvamos al principio de los tiempos. Les hablé de Lugosi, ¿no? Resulta que este buen hombre era de la mismica Transilvania, paisano de su querido conde Drácula. El teatro fue su pasión, la ideología izquierdista de la que siempre hizo gala le obligó a exiliarse de Hungría, recalando en Hollywood tras darse un garbeo por Alemania. Siempre será Drácula para los aficionados al cine, compartiendo trono vampírico con el inglés Christopher Lee.
Vampiros rojos, neumáticas rubias de pasado esplendoroso y presente recauchutado, millonarios cachondos y un pelín liberales, cultura popular de los EEUU al alcance de internautas pirados, ... El submundo underground usamericano es anterior a Quentin Tarantino y a los hermanos Coen. Busquen por ahí, y sacien su curiosidad. Ancha es Castilla, ancha es Yanquilandia.
En próximos episodios de este Llanto de la Acequia, retornaré al terruño, aterrizaré en la puta y vieja España, para seguir lanzando mis dardos envenenados contra la fea burguesía que nos controla.
miércoles, enero 30, 2008
Tragicomedia de las barras y las estrellas
La sociedad es creada por nuestras necesidades y el gobierno por nuestra maldad, el primero promueve nuestra felicidad positivamente al unir nuestros afectos, el segundo negativamente al restringir nuestras libertades.
(Thomas Paine, filósofo inglés y patriota usamericano)
Es público y notorio para todos que el actor australiano Heath Ledger fue encontrado muerto en su apartamento neoyorquino el pasado 22 de enero. Los medios nos han bombardeado desde entonces, aportando múltiples teorías y versiones de lo ocurrido entre aquellas cuatro paredes. Los mercaderes de las vísceras comercian con dimes y diretes, sirviéndose de la rumorología y de la infamia para hacer caja.
Mi intención no es, ni mucho menos, comentar los pormenores del suceso, sino resaltar la reacción de la Iglesia Baptista de Westboro ante el fallecimiento del intérprete. Refiere el diario mexicano El Universal que en la web de la citada congregación apareció un comunicado, estando todavía caliente el cadáver de Ledger. Entresaca El Universal las siguientes perlas cultivadas: "Heath Ledger pensó que era divertido desafiar a Dios Todopoderoso y sus planes para este mundo; Dios odia a los maricas; Dios odia a la cinta vomitiva de nombre Brokeback Mountain y odia a las personas que tengan algo que ver con ello"; "Heath ahora está en el infierno y ha comenzado a servir su eterna condena".
No tenía el disgusto de haber oído hablar de estos tipejos hasta ahora, no puedo más que calificarlos de traficantes del odio y de la sinrazón. De todas formas, no me extraña el veneno, conociendo a la serpiente que lo produce. Estados Unidos de Norteamérica es una nación enferma, delirante y peligrosa, el mayor imperio que conocieron los siglos, la superpotencia más destructiva de la Historia, enemiga de la libertad y de la justicia.
El águila usamericana gobierna el planeta, controla la economía, se impone militarmente a los denominado Estados Canallas, destruye el ecosistema global, exporta agresivamente el american way of live. Atacando nuestros idiomas maternos, persiguiendo culturas discordantes, gobernando nuestros cerebros y nuestros estómagos. El imperialismo está acabando con el hombre, pasito a pasito, suavemente a ratos, fieramente en otros.
Pero, no se equivoquen, no soy antiamericano. Primero, porque ese adjetivo, propio de apologistas de la violencia imperial, es reduccionista y absurdo, ya que olvida al resto de países que componen el continente americano. Segundo, porque nunca podría estar en contra de 300 millones de personas, cada una con sus virtudes y defectos, la mayoría de ellas, víctimas también del capitalismo. No quiero el fin de USA, no deseo la aniquilación de ese grandioso lugar. Simplemente, soy antiiimperialista, y por ello, enfrento al Imperio, con las humildes fuerzas de las que dispongo.
El fanatismo religioso impregna cada poro de la piel de los Estados Unidos. Los telepredicadores, usando el nombre de Dios en vano, lanzan su verborrea incontenible contra gays, liberales y mujeres, e incluso rezan por el asesinato de Hugo Chávez, como hizo el reverendo evangélico Pat Robertson en agosto de 2005. El fundamentalismo cristiano inventa brujas, con las que poder ejercitar la puntería en la cacería infernal, que socava los derechos y libertades civiles, consagrados en la Constitución de 1776.
La colonización cultural yanqui es un hecho demostrado. Conozco mejor las calles de Nueva York que las de Toledo (el de aquí, no el de Ohio), podría recitar de carrerilla ciudades californianas, con muchísima más fluidez que si me solicitaran los afluentes del Guadiana. Las carteleras de los cines están plagadas de americanadas, ciertamente la industria del entretenimiento usaca es capaz de lo mejor y de lo peor. Lo mismo te quedas anonadado con un Robert Mitchum cualquiera, o te mueres de vergüenza ajena, esquivando la patada voladora de Chuck Norris.
Amo el cine clásico usamericano, degusto cotidianamente el buen hacer de John Huston, la pericia de John Ford, la rudeza sanguinolenta de Sam Peckinpah. Nunca conseguirán los George Bush de turno que pueda olvidarme de Brando, que deje de pensar en el cuerpo de Jane Russell, que no sonría con Jack Lemmon. La mascarada imperial no me impide idolatrar la bonhomía de Ernest Borgnine, ni disfrutar cuando Lee Marvin se hace el duro.
La violencia industrializada constituye el pecado original yanqui, son una sociedad hiperviolenta, los índices delictivos lo demuestran. Dentro del Occidente capitalista, no hay parangón entre la criminalidad usaca y la de sus aliados. Yanquilandia no tiene ni siquiera Estado del Bienestar, el moderado keynesianismo no se practica desde las presidencias de Franklin D. Roosevelt (1933-45).
EEUU-USA es tan contradictorio como yo, repleto de contrastes, basculante entre John Reed y J. Edgar Hoover, opresor de pueblos y cuna de libertadores. Larga vida a los Estados Unidos, descanse en paz el imperialismo. He dicho.
lunes, enero 21, 2008
Inquebrantable aliento de nosotros
Marcelino Camacho, la ética de la resistencia.
Asistiremos a la autoconstrucción de un dirigente obrero, que luchó como peón de la Historia en la Guerra Civil, y que, a partir de la derrota personal y de clase, se movió como un héroe griego positivo, en la lucha contra el destino programado por los vencedores, personal y coralmente.... Toda su vida será un trabajador que considera que el mundo no está bien hecho. Es decir, que no está hecho a la medida de los débiles.
(Manuel Vázquez Montalbán. Prólogo de las memorias de Marcelino Camacho)
Marcelino Camacho, vanguardia obrera y militante comunista, manos de hierro como suaves tenazas que atrapan el tiempo histórico y lo agitan hasta romperlo, palabras impulsoras de la aceleración del combate, qué potente resuena tu nombre por las calles y las fábricas, qué determinación, 1001, 1002, 1003, en la tribuna y en las negociaciones, qué manera de intuir la política, aprovechar las repetidas estancias en la cárcel y concebir las transformaciones sociales -la revolución científico-técnica, decías-; qué convicción, valentía y honestidad de hombre de izquierdas, de sindicalista.
(María Toledano)
Hubo un tiempo en el que lo imposible fue posible, en el que el socialismo estuvo más cerca que nunca. Corría el mes de Octubre del año 1917 de la era cristiana. Los soviets de obreros, campesinos y soldados, armados de ideas y de sueños, tomaban el poder por asalto. Materializando la teoría leninista, sacudiendo el polvo de las estanterías del marxismo, el proletariado ruso patentaba la primera revolución socialista triunfante.
Los oprimidos aceleraban la historia, destruyendo el feudalismo ancestral, sentando las bases de un nuevo horizonte. Todas las Rusias estallaban en un vendaval de abrazos, una marea de puños cerrados, clamando contra el cielo a abatir.
Los aires de Octubre soplaron fuerte, extendiendo su mágica influencia por el orbe. Una de aquellas brisas vino a topar, en la inmensa estepa castellana, con un lugar perdido de Soria. El niño Marcelino estaba por nacer, en un humilde hogar de ferroviarios, junto a las vías del tren. Los hados se conjuraron con la naturaleza, la locomotora del futuro paró un instante para que se apeara el pasajero del porvenir.
Revolucionario de estirpe, Eulogio Marcelino Camacho Abad nació en Osma-La Rasa el 21 de enero de 1918, hace hoy noventa esplendorosos años. Entre el llanto desconsolado del bebé que abandona el vientre materno y el aniversario del anciano luchador, cabe una vida plena, la biografía de un hombre del pueblo.
La resistencia encuentra su referente ético imprescindible en Marcelino Camacho. Radical desde la cuna, cargado de Razón, fuerte y valiente, porque siempre supo que él sólo era uno más, parte indivisible de la clase trabajadora. Comprometido con los suyos, cuando decidió echarse a los hombros el peso de la libertad, era sólo un chavea, un mozo de apenas 17 años.
1934-1935. La República embarrancaba, dominada por las derechas. Asturias se sublevaba, alegre y sucia, lanzando el carbón de sus minas sobre el terno impecable de la burguesía. El gobierno respondió con fiereza, trasladando por primera vez tropas coloniales a territorio peninsular. El terror legionario anticipó la tragedia de la guerra civil. Los novios de la muerte sentenciaron con vileza el dilema eterno de la revolución española.
El pueblo español debía liberarse de sus cadenas, lo que le iba a costar carísimo. La reacción iba a ser implacable. Es entonces cuando Marcelino decide convertirse en militante del PCE y afiliarse a la UGT (probablemente porque antes se lo impedían por motivos de edad). En esos momentos, algunos de sus coetáneos, como Santiago Carrillo o Fernando Claudín, ya ocupaban puestos directivos en las Juventudes Socialistas.
La lucha de clases desembocó en guerra civil en el verano del 36. Tras descarrilar un tren y refugiarse en Madrid, Marcelino ingresa en lo que luego fue el Ejército Popular de la República (EPR). Camacho no ejerció cargo alguno durante la contienda, a diferencia de otros no tuvo mando en plaza en el período 1936-1939. Peleó como soldado raso en la 29º división del EPR, al mando del teniente coronel David Alfaro Siqueiros, el gran muralista mexicano que atentó en una ocasión contra León Trotsky.
En las postrimerías del conflicto, fue hecho preso por los casadistas, que llenaron los penales de comunistas, para tener rehenes que ofrecer al Caudillo. Huido de la cárcel, cazado esta vez por los nacionales, inició la andadura interminable por presidios y por campos de concentración.
Condenado a trabajos forzados, enviado al Marruecos español, eslabón de la cuerda de presos que construía el ferrocarril Tánger-Fez. Precisamente, la vía del tren, la misma que escuchó atentamente su primer despertar. El destino se cruzaba con Marcelino, que saltaba al interior de un vagón con rumbo desconocido. La locomotora galopaba rabiosa, Marcelino escapaba de los carceleros, cruzando el desierto hasta Argelia.
En Orán le esperaba Josefina. Mujer excepcional, camarada sencilla, nacida de las entrañas de la prodigiosa Alpujarra de Almería (1927). Hija de minero, emigrante africana, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas ya en 1941. Josefina conquistó a Marcelino, al compañero de partido, casi sin darse cuenta, con el trajín del combate por una España libre, irrumpió el amor.
Lejos ya de los raíles, Marcelino se hizo tornero-fresador. Paradigma del obrero autodidacta, del trabajador que aprovecha los ratos libres para estudiar y perfeccionar su oficio, incansable catedrático de los motores.
Josefina Samper y Marcelino Camacho se casaron en 1948. Los hijos no tardaron en llegar: la primogénita Yenia y el benjamín Marcel. Despuntaba 1957 cuando las condiciones objetivas les impulsaron a regresar a la patria: Franco había otorgado un indulto parcial en el que quedaba incluido Marcelino, y la empresa Perkins Ibérica necesitaba un jefe de talleres, un puesto idóneo para el perfil profesional de Camacho. Además, el PCE le encargaba una tarea fundamental: reactivar el sindicalismo de clase en un país aggiornado por el verticalismo.
Hechas las maletas, se cerraba la etapa argelina, ahora tocaba volver a pisar el viejo suelo, recorrer las alamedas de un país hundido en la monotonía cruel del fascismo. Marcelino y Josefina desembarcaron en Madrid, y adquirieron una vivienda barata en el barrio de Carabanchel, techo que todavía les cobija. La España de 1957 no era la de 1939. El rigor militar de la posguerra había aniquilado la vanguardia de la clase obrera. Los cuadros dirigentes de las organizaciones proletarias descansaban en lo hondo de las fosas comunes, rumiaban el trago amargo del exilio, o paseaban su derrota por los patios de las cárceles.
Marcelino tenía que plantar las simientes del sindicalismo posfranquista, intentando recuperar las raíces del movimiento obrero de la República. El convoy aminoró su marcha, y Marcelino saltó a las calles de Madrid, dispuesto a conquistar a los sindicalistas del mañana. Codeándose con tradicionalistas y con hedillistas, usando los locales de los Círculos José Antonio, colaborando con el cristianismo de base, unificando la oposición gremial al régimen.
Aprovechando las grietas del sistema, pactando con fuerzas en principio antitéticas, marxista sin manuales ni academias, heterodoxo y puro a la vez, supo organizar el embrión de Comisiones Obreras, antes de que los grises le capturasen.
Alternando la celda con la fábrica, practicando el entrismo en el Sindicato Vertical, desafiando a las fuerzas represoras, supo Camacho cumplir con su cometido. A Comisiones la destetaron entre Marcelino, su entonces fiel Julián Ariza, Nicolás Sartorius, el cura Paco, y otros muchos currantes anónimos. Marcelino siempre concibió Comisiones Obreras (CCOO) como un sindicato asambleario, como una unión de sindicatos, con funcionamiento y planteamientos democráticos. El pluralismo dentro de la necesaria unidad de acción, como pilar fundamental del sindicato clasista.
La década de los 60 fue fructífera para Marcelino. Y también dura, muy dura. La prisión le apartó físicamente de la familia, que no dejó de apoyarle ni un segundo. Las visitas de Josefina se sucedían, mientras los hijos se iniciaban en el activismo antifranquista. Josefina formó parte del frente de las mujeres de los presos políticos, atosigando a los prebostes de la dictadura con visitas inoportunas y peticiones de clemencia y de justicia.
La dirección del PCE, radicada en Moscú, se fijó pronto en aquel soriano intrépido, que parecía estar hecho de acero. Elegido miembro del Comité Central en 1965, viajó a París, donde conoció a Dolores Ibárruri Pasionaria, y al novísimo secretario general, Santiago Carrillo. Éste último, tres años mayor que Marcelino, era el amo del aparato del Partido desde el suicidio de José Díaz (1942). Santiago casi no pisó el frente y vivió la guerra en una cómoda butaca mientras la leal militancia naufragaba en el campo de batalla. Seguro que Carrillo catalogó a Camacho como un enemigo a batir, un obstáculo en su inevitable carrera hacia el éxito.
Josefina tuvo que acostumbrarse a la presencia diaria de un coche camuflado de la policía frente al portal de su casa. Tuvo que lidiar con ciertas llamadas anónimas que perturbaban la tranquilidad del domicilio, a altas horas de la madrugada. Tuvo que soportar la chulería de los polis fascistas, el descaro de los jueces injustos, la insolencia de las autoridades del jodido régimen. Y resistió.
Las huelgas de hambre iniciadas por Marcelino y sus compañeros como método de protesta contra el aislamiento carcelario, pusieron en permanente tensión a los directores de los penales, que no cesaban de trasladarlos de uno a otro presidio. Las perolas de comida, cocinadas por Josefina alimentaron a más de una generación de presos políticos, separados de parientes y amigos, tristes pero esperanzados.
El 20 de diciembre de 1973, la ETA asesinó al presidente del gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco, brazo derecho del Generalísimo. En esa jornada Marcelino era juzgado junto a Sartorius, Saborido o Acosta por el Proceso 1001. La noticia del atentado irrumpió en el juicio tal si fuera un reguero de pólvora, calentando los ánimos de los ultras presentes en la sala, que llegaron incluso a enseñar las pistolas, aterrorizando a los familiares de los sindicalistas. La calma chicha impidió que ocurriera cualquier desgracia, para la infinita suerte de los militantes de CCOO. La curiosa coincidencia entre la fecha del magnicidio y el día de la vista, no hace sino remover las sospechas que pesan sobre aquella acción armada, que privó al dictador de su principal delfín, no sin poner en peligro las vidas de los del 1001.
Menos de dos años después, el 20 de noviembre de 1975, Franco dejó este mundo. Marcelino Camacho permanecía preso en aquellos momentos, en la cárcel de Carabanchel, a tiro de piedra del piso en el que vivían Josefina y Marcel, ya que Yenia se había casado y residía con su pareja en un inmueble cercano. Juan Carlos de Borbón subía al trono, amnistiando a varios miles de presos antifascistas. En el lote iban incluidos Marcelino Camacho, Simón Sánchez Montero y Luis Lucio Lobato, los tres principales dirigentes comunistas del interior.
El monarca mantenía al presidente Carlos Arias Navarro al frente del gobierno. Este siniestro personaje, apodado Carnicerito de Málaga, por su trágica actuación como fiscal militar en la capital mediterránea nada más comenzada la tiranía, obedecía las órdenes del clan Franco. Todavía pasaría Camacho una temporada más en Carabanchel, tras detenerle la policía en mayo de 1976, cuando se encontraba en plena reunión de Coordinación Democrática, la gran plataforma que agrupaba a la oposición.
En julio de aquel 1976, el rey colocó en la jefatura de gobierno al joven falangista Adolfo Suárez, ex ministro secretario general del Movimiento (partido único del franquismo). La operación de reforma pactada del régimen necesitaba un piloto más acorde con las circunstancias. Las altas instancias internacionales que patrocinaban el proceso así lo exigían. De esta magistral tacada, la oligarquía aseguraba su inmenso patrimonio, obtenido a costa de la sangre, el sudor y las lágrimas de los trabajadores españoles.
Los dos partidos mayoritarios de la izquierda (PSOE y PCE) se avinieron a consensuar el nuevo estado de las cosas con las fuerzas reformistas del franquismo. Por mucho que las bases murieran en las manifestaciones, asesinados por los grises o por los incontrolados de la ultraderecha, por mucho que se proclamara la ruptura a voz en grito, la reforma fue ganando adeptos, allanando el camino del juancarlismo.
Tres décadas más tarde, es fácil juzgar a los protagonistas de aquellas horas. Es sencillo caer en el extremismo, en la autocomplacencia, lo difícil es resituarse en esos tiempos inciertos, con un Ejército fascista al acecho, con una URSS que no quería el socialismo para España, con un pueblo sumiso y aleccionado por los propagandistas del dictador. Los líderes que preconizaban la ruptura, cómo el notario Antonio García-Trevijano, fueron rápidamente desplazados de la primera línea política. Marcelino tragó, tragó mucho, sujeto a la férrea disciplina de partido, confuso a veces, sabedor de que el proletariado español se contentaba con un buen maquillaje, un remozado de la fachada estatal.
Elegido diputado en las primeras elecciones legislativas tras 40 años (15 de junio de 1977), reelegido en el 79, mantuvo el escaño hasta enero de 1981, cuando decidió abandonar la política parlamentaria y centrarse en la dirección de CCOO. Secretario general de la Confederación Sindical de Comisiones Obreras desde 1976 hasta 1987, firmante de los controvertidos Pactos de La Moncloa, duro adversario de los gobiernos socialistas de Felipe González, relaciones siempre ambiguas con la UGT, ...
En 1987, el sindicato había logrado convertirse en la fuerza hegemónica del mundo laboral de nuestro país, tras superar escisiones izquierdistas y bandear las bravuconadas carrillistas, con mano izquierda y sentido de la unidad. Marcelino, que tenía ya 69 años, sintió que había llegado la ocasión de pasar el testigo a cuadros más jóvenes y mejor preparados. Su candidato para sucederle era Agustín Moreno, un profesor de instituto treintañero, militante además del PCE. Moreno declinó el ofrecimiento de Camacho, y la secretaría general recayó en Antonio Gutiérrez, entonces también comunista, hoy diputado del PSOE.
La nueva ejecutiva de Comisiones acabó marginando a Marcelino, expulsándolo incluso de la presidencia honorífica del sindicato en 1995. La deriva neoliberal de CCOO es hoy mucho más acusada, siendo su actual secretario general, el médico José María Fidalgo, amigo personal del ex presidente Aznar.
Marcelino es hoy un obrero jubilado, un habitante más del populoso Carabanchel Bajo, un abuelo comunista que saborea cada mañana el café y las magdalenas que le prepara Josefina. Su antiguo camarada, Santiago Carrillo, es una estrella mediática, el apóstol de la Santa Transición, que conoce al dedillo platós televisivos y estudios radiofónicos. Para la izquierda zapaterista Don Santiago es una autoridad en cualquier materia, y Marcelino sólo una anécdota.
90 eneros cumples hoy, compañero. 90, se dice pronto. Eres uno de mis referentes, el referente de miles de comunistas, la viva estampa de la honradez obrera. Sin tu ejemplo, la honestidad y la dignidad no significarían lo que significan. Sin tu largo recorrido por el siglo XX, estaríamos más huérfanos.
Te rindieron un homenaje algo desangelado, a la medida del sindicalismo de servicios que ahora padecemos. Te merecías muchísimo más, querido Marcelino. 14 años de cárceles y campos de concentración, más de 15 de exilio, de emigración como tú la llamas. Multitud de premios y condecoraciones, sobre todo el de la Coherencia, que te otorgaron los mineros palentinos de Guardo, que lo tienes en tu casa como oro en paño.
Josefina sigue ahí, octogenaria y cariñosa, atenta a su Marcelino, corajuda y fantástica mujer obrera. Yenia y Marcel os han dado muchos nietos, herederos de vuestra tradición guerrera. Creo que Yenia sigue de jefa de Medio Ambiente en el Ayuntamiento de Coslada y Marcel de asesor del Consejero de CCOO en RTVE.
Recuerdo con exactitud las fechas de mis tres visitas a vuestro domicilio: 25 de febrero de 2006, 10 de agosto de 2006 y 1 de enero de 2007. Manías con el calendario que tiene uno. Os agradezco desde esta tribuna digital vuestra hospitalidad, la dulce manera en que habéis aguantado mis preguntas, impertinentes quizás, deseosas de conoceros mejor seguro. Un abrazo camaradas.
El tren acelera su marcha, sigue atravesando las llanuras de esta España aburguesada, sigue tronando por mares y océanos, levanta el vuelo hacia la Luna, el maquinista va saludando al buenazo de Marcelino, que descansa un rato, para luego echar a andar, cogido del brazo de Josefina. A la vera de la revolución, en la vereda de las estrellas, brilla Octubre. En un segundo, un minuto, un siglo, estaremos en el Palacio de Invierno.
lunes, enero 14, 2008
El crepúsculo del poeta
Apuntes y delirios en torno al fallecimiento de Ángel González (1925-2008).

Y el poeta exhaló el último suspiro, en la madrugada del sábado 12 de enero de 2008. La palabra perdía así a uno de sus más fructíferos alfareros, según opinan propios y extraños. Yo, que nunca he sido muy aficionado a la poesía, que no he aspirado el aroma de las flores del mal ni me he visto tentado por la realidad ni por el deseo, no tengo ningún derecho a calificar los versos de Ángel González.
Desespera comprobar, que tras cada muerte, se suceden los mismos elogios, las mismas declaraciones huecas, los mismos sollozos, la interminable procesión de lágrimas de cocodrilo. No importa que el finado sea de derechas o de izquierdas, del Atleti o del Madrí, catalán o vascongado, amigos y enemigos pugnarán por dorar la píldora del que ya no está, del que no puede decir esta boca es mía.
La sociedad del espectáculo requiere de estos circos lamentables para sobrevivir, necesita como agua de mayo un funeral encopetado de vez en cuando. Los curritos tienen que aprender que la vida se acaba, que el carnaval se agota cuando se empeña la biología. Loas al ausente, sobredosis de azúcar, buenos sentimientos, que lástima de palmarla para que luego lamenten la desgracia los cuatro paniaguados de turno.
A pesar de ser hincha del equipo prosaico (que no prisaico), conocí en persona a Ángel González, en el mes de diciembre de 2002, en el marco de la celebración del centenario de Rafael Alberti. Yo acudí a aquella cita, fundamentalmente, para ver y escuchar a Joaquín Sabina, que se anunciaba iba a hacer presencia en el ceremonial. Sabina no estaba sólo, sus amigos de la última hora, los "poetas líricos", completaban el elenco.
Desfilaron por la nave central del Hospital Real de Granada, sucesivamente, Luis García Montero, Almudena Grandes, Benjamín Prado, José Manuel Caballero Bonald, Felipe Benítez Reyes, Enrique Morente, y los ya mencionados. Recordando al maestro Rafael, desgranando vivencias comunes, anécdotas, cantando, recitando, se consumió el acto. Joaquín se escabulló pronto, abandonando el recinto de puntillas, siendo perseguido por legiones de fans hasta el hotel donde se alojaba, en la cercana Gran Vía de Colón.
Con el flaco de Úbeda fuera de combate, conseguí agarrar del hombro a unos desprevenidos Ángel González y Caballero Bonald, que estaban desfallecidos tras superar tremenda escalinata. Sendas fotografías con los ancianos, que corrieron a refugiarse tras una puerta de madera maciza que sujetaba el siempre caballero Luis García Montero. Punto y final. La lírica se desvaneció tras los goznes del portón, y por mucho que jovencitas y jovencitos intentaran localizar al cantautor canalla, un correcto Luisito les supo cerrar el paso.
El menda, contento tras capturar el alma de dos cándidos artistas con la sufrida cámara analógica, feliz tras haber captado al mágico Sabina en compañía del catedrático Juan Carlos Rodríguez (ese marxista a un sombrero pegado), se largó con viento fresco.
Han pasado cinco años desde entonces. Ahora ya no uso el peine, no por falta de ganas sino por escasez de folículos capilares, calzo otras gafas, y sobre todo, he dejado 40 kilos en el camino, 40 razones que han cambiado mi cotidianeidad. El instituto y la facultad quedaron atrás, no soy el hombre nuevo que predicaba Guevara, pero tampoco aquel gordito introvertido que se escondía tras un careto de pan de Alfacar.
Entre el hoy y el ayer, entre la foto y la esquela, descubrí más datos de la biografía del vate asturiano. Leyendo Caza de Rojos, esa espléndida novela negra de José Luis Losa, surge un Ángel misterioso, un James Bond castizo que comparte mujer con el general Jorge Vigón, ministro de Obras Públicas (1957-1965), y paisano suyo. El poeta es militante del PCE, un clandestino más en el frío pedregoso del franquismo, atraído al Partido por el camarada Federico Sánchez, sosias de Jorge Semprún.
La cantera intelectual comunista era impresionante: Armando López Salinas, Antonio Ferres, Jesús López Pacheco, Juan García Hortelano, Juan Goytisolo, Juan Marsé, Francisco Rabal, Juan Antonio Bardem, Ricardo Muñoz Suay, Pepe Ortega, ... La expulsión de Semprún del PCE en 1964 arrastraría a algunos de estos nombres hacia las tinieblas exteriores. Comenzaron las deserciones a la vez que Santiago Carrillo homogeneizaba el Partido a su imagen y semejanza. Luego vino la Primavera de Praga, los tanques soviéticos reventando el socialismo de rostro humano, lo que no hizo sino confirmar la desbandada general.
Ángel González escogió el exilio universitario, al igual que Ferres o López Pacheco. Franco se extinguió en la cama, perpetuándose su régimen en la subsiguiente monarquía. Regresaron los desterrados, se legalizaron los partidos políticos de oposición (no todos), se amnistió a los jerarcas fascistas, se impuso la amnesia por decreto, consolidándose un Estado mediocre y aburrido, dominado por la gran banca.
Cuentan los periódicos que Ángel no llegó a volver de todo, residiendo a caballo entre España y los Estados Unidos, donde enseñaba Literatura en la Universidad de Alburquerque. Hizo buenas migas con el clan de García Montero, recuperando la amistad de Pepe Caballero Bonald, veraneando el grupo en la costa gaditana.
Con respecto a este conjunto de amigos dedicados a la poesía y a la narrativa, les recomiendo lo que Rafael Reig, el nuevo enfant terrible de las letras españolas, les dedicó en Público el día de Reyes. Empieza así la cosa: "el poeta asturiano editó este año un doble álbum recopilatorio de sus temas más conocidos, grabados en directo en varios polideportivos, acompañado de las grandes figuras de la poesía y las artes, con las que interpreta duetos, todos abrazados sobre el escenario y a menudo con pegatinas contra la guerra y contra el catarro. Les sobran los motivos (y los ombligos, a cuya contemplación se dedican numerosas páginas)".
Destila mala leche el texto de Reig, una ironía incisiva y totalmente necesaria, porque este singular conjunto de progres ya cansa. Cansan sus buenas maneras, su izquierdismo elitista, su servidumbre al dios Prisa. En Granada, mi perra y facciosa ciudad, entre Luis García Montero, poeta oficial y oficioso del reino, y su hermano pequeño Juan, que es concejal de Cultura por el PP, la política cultural es una merienda de negros. La actitud de Luisito para con el mercenario cubano Raúl Rivero es digna de mención, esperpéntico ejemplo de la degradación de la gauche divine.
En 2004, Ángel González ganó la primera edición del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca-Ciudad de Granada. Es preciso reseñar aquí lo dicho por el también profesor de Literatura de la Universidad de Granada, José Antonio Fortes, en una conflictiva reunión departamental en la que se enfrentó abiertamente a García Montero. Fortes calificó de apaño entre Luis y su hermano Juan la concesión del citado Premio, según relata Ideal . Posteriormente, Montero le replicó con maldad en El País .
El poeta feneció en fin de semana, sus deudos le lloran, sus lectores le repasan, los demás seguimos resistiendo, con más pena que gloria. En fin, un abrazo gente.
lunes, enero 07, 2008
La confesión de Omar Sharif
Una aproximación muy particular a ¡Che! (Richard Fleischer, 1969)
Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
(Julio Cortázar)
Yuri Zhivago ya no tiene el brío de antes. Cabellos blancos, gafas de ver, la mirada perdida, sólo es un anciano de 75 años, ajada gloria del séptimo arte. Demasiado aficionado al bridge, dilapidó su fortuna en los casinos y salas de juego de medio mundo. Violento y alcohólico, agresor de policías y de aparcacoches, sus últimas declaraciones me tomaron por sorpresa.
A principios del pasado mes de diciembre, navegaba por el portal bolivariano Aporrea.org cuando reparé en el siguiente titular: “Omar Shariff se arrepiente de haber interpretado al Che en una película manipulada por la CIA” . Intrigado, pinché la noticia y la leí. Daba la casualidad de que esos días me estaba descargando en Emule ¡Che! (Richard Fleischer, 1969) , el film al que se refería Sharif .
Hace unos cuantos años, tuve la oportunidad de visionar ¡Che!, gracias a una promoción del diario El Mundo. Conservo todavía la cinta VHS, arrumbada en el fondo de un armario. La rescato en esta ocasión para revisar el texto que figura en la carátula, pergeñado por el escritor argentino Horacio Vázquez Rial. Este caballero, que actualmente ejercita su pluma en el libelo digital del infame FJL , define la película de Fleischer como "un intento, loable en el marco de la política de bloques, de rescatar al Che y situarlo por encima de la contienda".
Permítame disentir de su opinión, señor Rial. Estoy más de acuerdo con el propio Sharif, que, según recoge Radio Cooperativa , considera este trabajo como el peor error de su vida, ya que fue "enteramente manipulado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA)". Añade el actor egipcio que su papel de Che tuvo cierta dignidad, debido a que él lo había exigido en contrato, pero que "el Fidel Castro que interpretó Jack Palance y la película en general (dirigida por Richard Fleischer) resultó un producto fascista".
La conclusión de Omar Sharif es que "la CIA estaba detrás, querían hacer una película que agradara a los cubanos de Miami y yo sólo me di cuenta al final". Atina bastante Sharif con esta inspirada afirmación.
Ahora que he tenido la oportunidad de ver de nuevo ¡Che!, voy a intentar desgranar las claves de esta obra cinematográfica, sin destriparla. Richard Fleischer concibió el film como un falso documental, plagado de supuestos testimonios reales sobre Guevara. Durante todo su metraje, una serie de personajes relatan sus encuentros y desencuentros con el guerrillero argentino.
Comienza ¡Che! contraponiendo las palabras de dos cubanos, uno taxista en Miami y el otro, oficial en el Ejército Rebelde. El primero culpa al Che del fusilamiento de su hermano, mientras que el segundo proclama entusiasmado que Guevara le enseñó a leer, siendo el gran responsable del florecimiento educativo en la Cuba revolucionaria. A partir de aquí, las opiniones del militar cubano se alternaran con las de dos opositores a la Revolución, antiguos combatientes y colaboradores de la causa fidelista, y con las de dos de los hombres que secundaron el sueño guevarista de asaltar los cielos bolivianos.
A principios del filme, el Che-Sharif tiene que escoger entre la medicina y el combate, abandonando a los heridos a su suerte y arremetiendo victoriosamente contra las tropas batistianas. Cuando los barbudos descubren la existencia de un traidor entre los suyos, es Ernesto-Omar el que lo asesina fríamente, sin esperar al juicio que proponían Fidel o Raúl.
Fidel Castro-Jack Palance es un segundón en el film, un obtuso comandante, que depende cada vez más del médico rosarino, del que se burlaba tras el desembarco del Granma. Fidel-Jack es un ser vacío, carente de ideas propias, un estratega desastroso, algo confuso ideológicamente. Un adicto a los puros, a la benzedrina y al coñac, que desfila por La Habana enfervorecida, el 1 de enero de 1959, gozando de las mieles del éxito, mientras el Che-Sharif fusila a los criminales de guerra de Batista, sufriendo los sinsabores del triunfo.
Hasta Horacio Vázquez Rial reconoce que Fidel-Jack es "mucho menos inteligente, mucho menos sutil, mucho menos políticamente hábil que el Fidel real, probado por cuarenta años de poder". El devenir de la Revolución Cubana, vivita y coleando medio siglo después, superviviente del naufragio soviético, pese a los vaticinios de sus detractores, demuestra lo absurdo del papel de Jack Palance. Fidel Castro Ruz es, sin duda, una de las mentes más lúcidas de la actualidad, analista incisivo de la realidad realmente existente, tras su enfermedad y retiro de la primera línea.
Ernesto Guevara-Omar Sharif es un visionario, un mesías del comunismo, un apóstol de la violencia, cuyos ojos están casi inyectados en sangre. Rechaza las peticiones de clemencia de un sacerdote y de un comandante revolucionario (Huber Matos, o quizá Eloy Gutiérrez Menoyo), acribillando a los batistianos en La Cabaña. Recomienda a Fidel la creación de una milicia popular, presta a defender las conquistas sociales de la Revolución. Se enfrenta al Comandante en Jefe tras la retirada de los misiles soviéticos, exigiéndole que se apodere de ellos, para tener así en sus manos a los dos imperialismos, el yanqui y el ruso.
Hablando de la crisis de los misiles, ¡Che! deja caer que la instalación de estos fue una iniciativa del propio Guevara-Sharif, mencionando únicamente de pasada la invasión de la Bahía de Cochinos. De esta fraudulenta manera, Cuba aparece como agresora, como amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos. No menciona el filme que si Cuba aceptó la propuesta soviética de colocar allí las lanzaderas y los misiles fue como respuesta al embargo y al terrorismo anticubano, decretados desde la orilla izquierda del río Potomac.
Richard Fleischer adolece de maniqueísmo, fomentando la dicotomía inexistente entre Ernesto Guevara y Fidel Castro. Esta versión del desafío verdeolivo se ha convertido en uno de los pasatiempos preferidos de la contrarrevolución, y también de algunas izquierdas, que ensalzan al argentino y ningunean al cubano. Castro-Palance renuncia a la revolución mundial, desecha el internacionalismo y se centra en la dirección del socialismo isleño. Guevara-Sharif, molesto para los soviets y peligroso para los usamericanos, parte de Cuba hacia Bolivia, dispuesto a que el tableteo de ametralladoras impusiera el amanecer de una nueva América.
Olvida ¡Che!, que el Guerrillero Heroico fue teórico a la par que hombre de acción, que probó la selva congoleña antes de perecer en el Altiplano boliviano. No recuerda, o no quiere recordar, que Fidel apoyó la táctica foquista del Che (¿Quién no ha oído hablar del castroguevarismo?), proporcionando armas y soldados para la aventura insurgente.
Los delitos del Che son achacables a Fidel, y viceversa. Es un paquete, o todo o nada. Considero más sincera y más leal la actitud de aquellos que difaman al dúo que la de quiénes critican el régimen cubano vestidos con una camiseta del Che. No soporto las medias tintas, prefiero distinguir bien al enemigo, saber hacia donde tengo que apuntar la malafollá*.
La guerrilla boliviana del Che Guevara es analizada en ¡Che! desde dos puntos de vista divergentes: el de un guerrillero boliviano, cabreado con Guevara-Sharif por su racismo antiindígena y el de un cubano, interpretado por el actor afroamericano Woody Strode, protagonista de El Sargento Negro (John Ford, 1960). Strode podía estar interpretando a Pombo o a Urbano, los dos únicos supervivientes afrocubanos de la emboscada de la Quebrada del Yuro.
En esta postrera gesta, Che-Omar es más que nunca un santón, un iluminado consumido por el asma, que desobedece el mismísimo manual de La Guerra de Guerrillas, lo que precipita su fin. ¡Che! muestra la reunión de Guevara-Sharif con Mario Monje, secretario general del Partido Comunista Boliviano en los 60. Este sujeto, que entorpeció en cuanto pudo las acciones guerrilleras, era un títere de la URSS, un alfeñique ortodoxo, cipayo del estalinismo desestalinizado.
La participación de la CIA en la caza y captura del Che Guevara se oculta deliberadamente, incluso se niega. Gary Prado, capitán de los rangers bolivianos, es el responsable directo del asesinato de Guevara-Sharif, siguiendo ordenes de instancias superiores (el nombre del general René Barrientos, presidente del país en aquellas fechas, no se escucha en ¡Che! ). Lo que sí refleja este producto hollywoodiense es el nacimiento del mito de San Ernesto de la Higuera, alimentado por los mismos campesinos que le habían denunciado.
¡Che! fue un instrumento al servicio del imperialismo yanqui, que utilizaba el cadáver oculto de Guevara para arremeter contra Fidel Castro, primer ministro de una Cuba amenazada, aliado firme de la Unión Soviética, alianza vital que permitía al pueblo cubano no morirse de hambre. ¡Che! provocó que ardiera un cine en Paris, y que los cócteles molotov no faltaran en las salas de Chile o Argentina. Aún así, era muy pero que muy roja para el sector más ultraconservador de Yanquilandia.
El director de este fiasco (en taquilla y en el buen gusto de los cinéfilos) fue Richard Fleischer (1916-2006), responsable de maravillas tales como Los Vikingos (1958), El Estrangulador de Boston (1968) o Cuando el destino nos alcance (1973). La carrera de Fleischer estuvo trufada de bodrios alimenticios, esos que ayudan a los asalariados del cine a mantener el césped recortadito, o a pagarle unas tetas nuevas al ligue de turno.
No es necesario que les presente a Omar Sharif. Muchos recordarán Doctor Zhivago (David Lean, 1965), su papel cumbre, que le instaló de por vida en el corazón de las gentes. Precisamente, la persona que dio a conocer la novela de Boris Pasternak a nivel planetario fue el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, que además publicó en primicia el Diario de Bolivia, de Ernesto Guevara de la Serna. Feltrinelli, militante del Partido Comunista Italiano, hizo mundialmente famosa la foto que Alberto Korda le tomó al Che durante el funeral por las víctimas del atentado terrorista contra el vapor La Coubre, en marzo de 1960, al colocarla en la portada del citado Diario. Encontramos así una nueva conexión entre Omar Sharif y Che Guevara: el desgraciado Giangiacomo Feltrinelli, que moriría trágicamente en 1972 cuando intentaba volar una torre de alta tensión a las afueras de Milán. El millonario de los libros, el impecable compañero de viaje del PCI, fallecía guevarista, guerrillero imposible.
Este torrente de pensamientos, plasmados en este blog, que ya es más suyo que mío, surgió con la postrera confesión de Omar Sharif, el Yuri Zhivago de nuestra memoria sentimental. Salud Omar, cuídese usted. Las viejas estrellas nunca se apagan, por más que les pese a algunos.
*Dícese de una cualidad inmaterial e inherente a todo granaíno. Viene a ser como una mezcla de apatía, desgana y lo contrario de simpatía.
jueves, enero 03, 2008
La homosexualidad como fetiche
Están intentando convertir en objeto de consumo un prototipo de imagen de homosexual que, en realidad, nos convierte en esclavos del mercado para ser respetados. El homosexual es ciudadano respetable según su condición de consumidor.
(Colectivo Liberacción)
No tengo ningún amigo gay ni ninguna amiga lesbiana. O por lo menos eso creo, aunque nunca se sabe. De hecho, no hay porqué saber. Cada uno tiene derecho a preservar su intimidad, a resguardar su interior del acecho de las habladurías.
He empezado este texto así, porque no soporto a los tunantes que enmascaran su homofobia, refiriendo sus supuestas amistades en el ámbito homosexual. Tampoco trago a la progresía reinante, que utiliza esta misma puta frase para ganarse los votos y los afectos de la comunidad gay.
La homosexualidad es una opción sexual más, tan respetable y tan natural como el resto. Por mucho que se empeñen los católicos integristas y sus acólitos de Falsimedia, no es una enfermedad ni una maldición bíblica. Es un estado del ser, un hilo cualquiera de la compleja madeja en la cual se desenvuelve la humanidad.
En estos últimos tiempos la homosexualidad se ha banalizado, ha sido reconvertida en un objeto de consumo, en un juguete nuevo del santísimo mercado. Notorios homosexuales copan las pantallas de televisión, despellejando al famoserío o pontificando sobre cosas de las que no tienen ni zorra idea. Exagerando al máximo, utilizando su condición sexual para divertir al personal, insultan a su propio colectivo, adornando con su solicitada presencia el circo mediático que sufrimos (y que merecemos).
Perseguidos, torturados y encarcelados por los fundamentalismos religiosos de cualquier signo, olvidados por el bendito marxismo, que en muchas ocasiones contribuyó también a su desdicha, hombres y mujeres consumidos en la hoguera, sólo por ser diferentes. Uno de los puntos negros de mi admirada Revolución Cubana fue su actitud pasada hacia los homosexuales, felizmente superada y corregida.
El Imperio se hace abanderado de la causa arcoiris, con el odioso objetivo de justificar la próxima invasión de Irán. Ese maldito Imperio, formado por 50 estados, algunos de los cuales tipifica la sodomía como delito. Tras el atentado del 11 de septiembre de 2001, los imperialistas usaron argumentos feministas para respaldar el ataque contra Afganistán. En enero de 2008, el burka sigue siendo la prenda estrella en la triste pasarela afgana.
No es guay ser homosexual, ni debe serlo. No es antinatural ni pecaminoso, es algo normal. No hay que maldecir a los homosexuales, ni elevarlos a los altares. Todos los ciudadanos debemos disfrutar de idénticas libertades, libertades que nunca podrán realizarse en este sistema criminal. La ampliación de derechos civiles hacia estos grupos es positiva, siempre que entendamos que se enmarca en un proyecto electorero y vacío de principios sociales (ese magma ante conocido como PSOE).
Yo no tolero a los homosexuales, porque la tolerancia implica situarse en una posición de superioridad sobre los tolerados. Y resulta que no me considero superior a nadie, porque creo en la igualdad, la denostada y vituperada igualdad.
El capitalismo nos fabrica, nos utiliza y nos tira, cuando ya no le servimos. La socialdemocracia, que gestiona en estas horas el devenir español, nos acaricia el lomo y nos acerca la zanahoria mientras esgrime el palo. Esta versión light de la realidad, ha entronizado a cierto tipo de homosexual como modelo a seguir: Un gay (o una lesbiana), sin ningún tipo de inquietud social, no digamos pretensiones subversivas, con una buena posición económica, siempre a la última moda.
Señores, estamos hablando de temas muy serios, aspectos relacionados con la identidad sexual de un ser humano, por favor, no frívolicemos. Ya se que venderíais a vuestra misma madre, y por ello, no os importa jugar con los sentimientos de un maricón o de una bollera. De todo hacéis negocio, hasta de la vergüenza de la que carecéis. Es inútil pediros un favor: que concibáis la homosexualidad tan humana como la reproducción.
Maldigo a los mercaderes, que trafican con sus semejantes, maldigo a las mafias rosas, que rentabilizan su condición sexual, maldigo a los politicastros que nos engañan, y maldigo a los empresarios que los eligen. Intentemos el socialismo, pues. O inventamos, o erramos.
miércoles, diciembre 26, 2007
Recuerdos de familia

Aprovecho la ocasión para dar a conocer una pequeñísima parte de la obra pictórica de Rodrigo Labrac Quiñones. Resulta que este señor, primo hermano de mi abuelo Salvador, fue un artista del pincel y del carboncillo, cualidades que un servidor no ha heredado. Estos dibujos, que he observado y he admirado durante tanto tiempo, fueron realizados en el mes de diciembre de 1943. Rodrigo se los regaló a su prima Conchita, mi tía abuela, que nos los traspasó cuando yo era un chavea.
lunes, diciembre 24, 2007
La Perona, en El Fargue


En la pasada madrugada, intentando dormir, reflexionaba sobre el contenido de este post, que ahora ustedes están leyendo. Bien tapado, danzando de una parte a otra de la cama, desgastando la de por sí floja almohada con mis neuras, reparé en que debía rellenar de palabros esta entrada fotográfica.
Van a pensar mal de mí, lo sé ¿Qué leches hace una persona en sus cabales reflexionando sobre el jodido blog a esas horas? Uno es así, y por mucho que algunos lo han intentado, hoy en día sigo en mis trece, al pie del cañón. Espero no caerme un día del caballo, camino de Damasco, cómo Pablo de Tarso, y acabar de charlatán del anticomunismo. Nunca se sabe, aunque cruzo los dedos, y aprieto el puño, por si acaso suena la flauta.
Hablando de flautas, recuérdenme que les cuente en un futuro (no muy lejano) mi trauma con las flautas dulces. Es algo bastante patético, reflejo de la rebeldía y de la torpeza que me acompañan desde chico. En próximas entregas, desvelaré el enigma.
Después de este peñazo de introducción, en la que he vuelto a escaparme por la tangente, vamos al meollo de la cuestión. Las fotos que coronan este texto son casi inéditas. Con total seguridad, es la primera vez que se publican en Internet. Tengo las originales, gracias a una vieja historia que en su momento relataré.
La protagonista de estas imágenes es la legendaria Eva Duarte, esposa del general Juan Domingo Perón, primera dama de la República Argentina en los turbulentos años del primer peronismo.
Esta mujer, de innegable belleza, magnética en este finiquitado 2007, aun cuando lleva más de cincuenta años enterrada en La Recoleta, es uno de los mitos populares más recordados de Iberoamérica. Y por ende, del diablo mundo.
No voy a entrar aquí a valorar su figura, mis intenciones no van por esos derroteros. Solo quiero regalarles estas fotos, fiel radiografía de una España no tan pretérita. Fueron tomadas en el mes de junio de 1947, durante la visita de Eva Perón a un país derruido, ahogado por la mordaza franquista, hambriento de pan, huérfano de libertad.
El escenario es la Alquería del Fargue, un barrio de Granada, situado en pleno monte, a varios kilómetros del casco urbano. La Eva recorrió la Fábrica de Pólvoras, ubicada en el mismo Fargue, rodeada de la flor y nata del cutrerío oficial.
Generales franquistones, señoronas gemelas de la Collares (1), un pueblo que vitorea a esa rubia fantástica, tan distinta al prototipo de la mujer española. Un icono paseando entre los alcázares de nuestra miseria (Luis Martín Santos dixit), una estrella refulgiendo frente a nuestro yermo cielo.
En 1947 el contexto internacional no era nada halagüeño para el régimen tiránico, por lo menos de cara a la galería. En lo oscuro, EEUU negociaba ya con el Comandantín (2), único vencedor del bolchevismo en el campo de batalla (así rezaba su angustiosa propaganda, estampada en las paredes), futuro feudatario del Imperio. La Argentina de Perón alimentaba a los lejanos españoles, alimentando a su vez las contradicciones del propio justicialismo. La mala fama del general Perón entre las filas de la izquierda española proviene precisamente de su relación privilegiada con Franco, exterminador de millones de esperanzas.
Al final, he acabado opinando sobre el peronismo. Mis males no tienen remedio (risas). A pasarlo bien, amigos. A abusar del cava, a tirase de los pelos con la suegra, que estamos en fechas propicias. Agur.
(1) Así se conocía a Carmen Polo de Franco, esposa del dictador, adicta a la joyería de alta gama, no muy acostumbrada a pagar por las piezas que se le apetecían. Más temida por los joyeros que cualquier quinqui navajero con el mono a flor de piel, ya que estos desgraciados no tenían detrás un estado policial consentidor del delito, augusta protección de la que sí disfrutaba la Señora.
(2) De esta manera apodaron las clases altas de Oviedo al comandante Francisco Franco, novio de la quinceañera Carmen Polo, a mediados de los felices años veinte.
lunes, diciembre 17, 2007
El coronel ya sí tiene quién le reciba

Libia, 1 de septiembre de 1969. Un grupo de jóvenes oficiales, encabezados por el veinteañero capitán Muamar al Gadafi, da un golpe de Estado contra el rey Idris I, derribando la monarquía e inaugurando una etapa decisiva en la historia de África. Gadafi, ascendido enseguida a coronel, estableció un socialismo muy sui géneris, influenciado por el panarabismo de Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto entre 1952 y 1970.
Trípoli (Libia), 15 de abril de 1986. La VI Flota de los EEUU bombardea la residencia del líder libio, asesinando a Jana, hija adoptiva del coronel, y a otras 36 personas. El presidente imperial Ronald Reagan justificó el ataque por la supuesta participación (luego demostrada) del servicio secreto libio en el atentado terrorista contra la discoteca La Belle, en Berlín, perpetrado 10 días antes y en el que fallecieron tres personas (entre ellas un soldado usamericano).
Hotel Hacienda La Boticaria (Sevilla, España), 15 de diciembre de 2007. El coronel Gadafi cena en privado con el ex presidente español José María Aznar, y con su esposa, la concejala Ana Botella. Rodeado de impresionantes medidas de seguridad, agasajado por un séquito faraónico, Gadafi consume las primeras horas de su visita a nuestro país, compartiendo mesa y mantel con el flanco más débil del llamado Trío de las Azores.

Trípoli (Libia), 15 de abril de 1986. La VI Flota de los EEUU bombardea la residencia del líder libio, asesinando a Jana, hija adoptiva del coronel, y a otras 36 personas. El presidente imperial Ronald Reagan justificó el ataque por la supuesta participación (luego demostrada) del servicio secreto libio en el atentado terrorista contra la discoteca La Belle, en Berlín, perpetrado 10 días antes y en el que fallecieron tres personas (entre ellas un soldado usamericano).
Hotel Hacienda La Boticaria (Sevilla, España), 15 de diciembre de 2007. El coronel Gadafi cena en privado con el ex presidente español José María Aznar, y con su esposa, la concejala Ana Botella. Rodeado de impresionantes medidas de seguridad, agasajado por un séquito faraónico, Gadafi consume las primeras horas de su visita a nuestro país, compartiendo mesa y mantel con el flanco más débil del llamado Trío de las Azores.

Estas tres escenas que acabo de pintarles, de esbozarles someramente, reflejan a la perfección la evolución ideológica y geoestratégica del guía supremo de la Gran Jamahiriya árabe, popular y socialista, durante los últimos 38 años. Tres estampas que ilustran al profano sobre la manera de actuar de los gobiernos occidentales, esos que se dicen defensores de la democracia y de los derechos humanos.
La revolución libia empezó a diluirse tras la desaparición física de Nasser, por mucho que la retórica de Gadafi enmascarara su propio declive moral. Extendiendo su particular visión del socialismo por el continente africano, sosteniendo a dictadores tenebrosos cómo el ugandés Idi Amin Dada, financiando acciones terroristas, en ocasiones contra objetivos civiles, la tercera vía del coronel se fue hundiendo en el fango de la realpolitik internacional.
Enemigo público número uno del imperialismo yanqui, en la época en que el hoy ejecutado Sadam Hussein gozaba de la protección y del amparo de Washington, a la vez que el teniente coronel Oliver North vendía armas a los iraníes, a cambio de dinero contante y sonante con el que alimentar la Contra antisandinista. Satanizado por la gran prensa, caricaturizado, deformado y exagerado su potencial real, Muamar al Gadafi aguantó, pasando a un segundo plano en la escena mundial, cediendo el testigo a Slobodan Milosevic o al mentado Sadam, nuevos archimalignos en el teatro de operaciones de este jodido planeta.
Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar, cuenta el refrán. Cuando EEUU invadió Irak en marzo de 2003, derrocando al régimen baazista y sumiendo al país en un caos del que todavía no se ha recuperado, el coronel entendió que los tiempos habían cambiado. Seguro que observó la captura de Hussein, barba enmarañada de meses, aspecto lamentable, afeitado prontamente por un diligente marine, y se dijo a sí mismo que él no quería acabar así, prófugo de la soldadesca usamericana, escondido como una alimaña.
Así, el glamuroso coronel acabó negociando con sus adversarios históricos, pactando con los imperialistas a los que siempre denigró en sus discursos, arruinando el poco perfil revolucionario que conservaba. Regalando caballos a Aznar, chalaneando con Sarkozy, organizando conciertos con José Carreras y Lionel Richie.

La revolución libia empezó a diluirse tras la desaparición física de Nasser, por mucho que la retórica de Gadafi enmascarara su propio declive moral. Extendiendo su particular visión del socialismo por el continente africano, sosteniendo a dictadores tenebrosos cómo el ugandés Idi Amin Dada, financiando acciones terroristas, en ocasiones contra objetivos civiles, la tercera vía del coronel se fue hundiendo en el fango de la realpolitik internacional.
Enemigo público número uno del imperialismo yanqui, en la época en que el hoy ejecutado Sadam Hussein gozaba de la protección y del amparo de Washington, a la vez que el teniente coronel Oliver North vendía armas a los iraníes, a cambio de dinero contante y sonante con el que alimentar la Contra antisandinista. Satanizado por la gran prensa, caricaturizado, deformado y exagerado su potencial real, Muamar al Gadafi aguantó, pasando a un segundo plano en la escena mundial, cediendo el testigo a Slobodan Milosevic o al mentado Sadam, nuevos archimalignos en el teatro de operaciones de este jodido planeta.
Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar, cuenta el refrán. Cuando EEUU invadió Irak en marzo de 2003, derrocando al régimen baazista y sumiendo al país en un caos del que todavía no se ha recuperado, el coronel entendió que los tiempos habían cambiado. Seguro que observó la captura de Hussein, barba enmarañada de meses, aspecto lamentable, afeitado prontamente por un diligente marine, y se dijo a sí mismo que él no quería acabar así, prófugo de la soldadesca usamericana, escondido como una alimaña.
Así, el glamuroso coronel acabó negociando con sus adversarios históricos, pactando con los imperialistas a los que siempre denigró en sus discursos, arruinando el poco perfil revolucionario que conservaba. Regalando caballos a Aznar, chalaneando con Sarkozy, organizando conciertos con José Carreras y Lionel Richie.

Sadam acabó en la horca, Muamar despliega su jaima en El Pardo. Comprueben ustedes la enorme diversidad de destinos de los que puede gozar un sátrapa en la era del capitalismo globalizado. Sigan los telediarios, no se pierdan las tertulias radiofónicas, a ver si escuchan a algún locutor reseñar el tenso enfrentamiento verbal entre el capitán general del glorioso Ejército español (alias Juan Carlos de Borbón) y el coronel libio de la chilaba. Disfrutaría con un presentador cualquiera, despeinándose por la emoción, jaleando al monarca y ninguneando a Gadafi. Lloraría de emoción, créanme.
Esta situación nunca llegará a producirse. Porque Su Gangosa Majestad sabe muy bien a quién manda callar. Porque el jefe de mi Estado es rehén de un complicado juego de alianzas por el que se sustenta la hegemonía del Imperio. Y en estas horas, ese deshilachado Gadafi es un peón en manos de los fulleros que nos gobiernan. Estos ganapanes de la democracia sólo se atreven con los malditos, con los peligrosos para los mezquinos intereses a los que sirven. Pongamos que hablo de Hugo Chávez.
Cuídese, mi querido coronel. Ya se deleitó usted con la rica gastronomía andaluza riéndole las gracias al personaje de opereta (Aznarín) y a la relamida de su señora esposa. Ahora, le toca escuchar a Zapatero sin emitir ronquidos, posibilidad profundamente remota, dada la capacidad del susodicho para aburrir a la peña. Le veo muy desmejorado, será cosa de la edad, o un efecto secundario de la cirugía estética.
El capitalismo avanza que es una barbaridad. A los viejos revolucionarios les afeitan los pitones, y mano de santo. El león de Libia no era ni tan fiero ni tan león. Ni dientes le quedan, al animalico.
Descanse en paz, Gadafi. Es cierto, usted no ha muerto, todavía. Su causa sí, sin embargo. El Socialismo de verdad, el que no podrá usufructuar ningún tirano, aquel que resistirá las ofensivas del sistema, vivirá para siempre en el corazón de los hombres. (Y de las mujeres, no vayan a poner precio a mi cabeza las feministas de salón).
Esta situación nunca llegará a producirse. Porque Su Gangosa Majestad sabe muy bien a quién manda callar. Porque el jefe de mi Estado es rehén de un complicado juego de alianzas por el que se sustenta la hegemonía del Imperio. Y en estas horas, ese deshilachado Gadafi es un peón en manos de los fulleros que nos gobiernan. Estos ganapanes de la democracia sólo se atreven con los malditos, con los peligrosos para los mezquinos intereses a los que sirven. Pongamos que hablo de Hugo Chávez.
Cuídese, mi querido coronel. Ya se deleitó usted con la rica gastronomía andaluza riéndole las gracias al personaje de opereta (Aznarín) y a la relamida de su señora esposa. Ahora, le toca escuchar a Zapatero sin emitir ronquidos, posibilidad profundamente remota, dada la capacidad del susodicho para aburrir a la peña. Le veo muy desmejorado, será cosa de la edad, o un efecto secundario de la cirugía estética.
El capitalismo avanza que es una barbaridad. A los viejos revolucionarios les afeitan los pitones, y mano de santo. El león de Libia no era ni tan fiero ni tan león. Ni dientes le quedan, al animalico.
Descanse en paz, Gadafi. Es cierto, usted no ha muerto, todavía. Su causa sí, sin embargo. El Socialismo de verdad, el que no podrá usufructuar ningún tirano, aquel que resistirá las ofensivas del sistema, vivirá para siempre en el corazón de los hombres. (Y de las mujeres, no vayan a poner precio a mi cabeza las feministas de salón).
miércoles, diciembre 12, 2007
Seguir amando una patria que nunca vimos
oscar
2007-12-09 16:26:59
hoy soy sudaca
2007-12-09 16:26:59
hoy soy sudaca
Leo estas líneas del estimado compañero y vuelvo a ser niño, estando en el sur de América mis abuelos soñaban con la bandera de franja morada, seguir los acontecimientos de la represión, buscar afanosamente noticias de la familia que permanecía en España, la reuniones con los paisanos, las discusiones sobre los que pudiere durar el franquismo en el poder, hoy España nos duele, nos duele mas que la miseria misma de nuestros pueblos empobrecidos, nos duele el centralismo que aprisiona al nacionalismo, la burguesía corrupta del poder colonizador de su propio pueblo, los viejos ya no están, nunca pudieron regresar, al igual que sus seis hijos, que sufrieron la dictadura telúrica, solo queda los asados de los domingos donde cada tanto luego de unos vinos cantamos las viejas canciones de la república para seguir amando una patria que nunca vimos.
Esta es la España a la que me refería en el anterior apunte. El amigo Óscar lo supo reflejar muy bien en este comentario a mi texto, colgado en Kaos en la Red. Para mí, Kaos es un oasis libertario en el desierto de la revolución, lugar propicio para sentarse a discutir y a conversar, entre compañeros, lejos de la ortodoxia, fuertemente agarrados al compromiso.
Salud y República.
PD: A Óscar, todo mi agradecimiento y mi afecto. Aquí tienes un camarada.
viernes, diciembre 07, 2007
Cierta idea de España

No hablo en este relato de la Segunda República como período político, o histórico: sí de un niño delante de ella. Empezó a vivir en una casa donde una mujer cosía a escondidas los tres trozos de tela llana de la bandera y los ocultaba bajo el colchón como hizo con su bordado Mariana Pineda, y le costó la vida: "¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres!", cantaba Margarita Xirgu, camino del cadalso en los versos de una tragedia de Lorca. Todos pagarían esa bandera: la Xirgu en el exilio, Lorca en el barranco de Víznar, la mujer con la ruina de todo. Y el niño, con la pérdida de lo que durante un tiempo pudo llamar patria.
(Eduardo Haro Tecglen. De su libro El niño republicano)
He sentido la tentación de escribir sobre este tema en muchas ocasiones. Hasta ahora, nunca me había decidido a sentarme delante del ordenador y a teclear un artículo dedicado enteramente al asunto. Lo he rozado en algunos posts, me he referido a él de pasada, pero hoy entro en faena.
Soy español de origen, al nacer hijo de padres españoles, tal y cómo establece la legislación en materia de nacionalidad, recogida en el Código Civil. Jurídicamente hablando, legalmente hablando, soy español hasta las cachas. Al igual que yo, otros cuarenta millones de seres poseen la nacionalidad española.
Podremos estar o no de acuerdo en multitud de facetas y aspectos de la realidad, podremos discutir con vehemencia sobre el sexo de los ángeles, pero lo expuesto en el párrafo anterior es implacable. De cara a obtener prestaciones de la Seguridad Social, para realizar cualquier trámite administrativo, con la ley en la mano, somos españoles y debemos presentar nuestro DNI (Documento Nacional de Identidad) hasta para solicitar oxígeno con el que respirar.
Que la expedición de estos documentos sirva para reforzar los temibles mecanismos del control social es algo cierto, pero no quiero desviarme de la cuestión central de este texto. Estadísticamente hablando soy español, pero uno es persona, no un robot automatizado, tiene sentimientos, moral, ética (o por lo menos se pretende). Es perfectamente compatible la nacionalidad española con el sentimiento nacional vasco. Y con el catalán o con el gallego. Incluso con el castellano o con el andaluz.
Nací en Andalucía, comunidad postergada y marginada por el centralismo, insultada a veces por sectores de los nacionalismos periféricos. El movimiento nacionalista andaluz, ligado históricamente a las reivindicaciones del campesinado anarcosindicalista, está prácticamente muerto. La llama libertadora que encendiera en su día Blas Infante fue apagada en la Transición por el andalucismo reformista y traicionero de Rojas Marcos y cia. Sobreviven determinados núcleos nacionalistas, siendo el más importante de ellos la CUT-BAI (Colectivo de Unidad de los Trabajadores por un Bloque Andaluz de Izquierdas), integrada formalmente en IU y asociada ideológicamente al SOC (Sindicato de Obreros del Campo), con fuerte impronta en el medio rural andaluz.
El nacionalismo andaluz, teorizado y desarrollado por el notario malagueño Blas Infante, reclamaba la reforma agraria, pedía tierra y libertad, a la vez que desempolvaba el pasado de Al-Andalus. Iluminando ese período clave de nuestra historia, intentando recuperar parte de lo que el integrismo católico destruyó, Infante cuestionaba las gestas de la Reconquista, descubriéndonos un Islam abierto y antiortodoxo, que pondría los pelos de punta a los ayatolás y a los cruzados del presente.
Pretendía Infante un renacimiento cultural y político de Andalucía, en el marco de una España federal, una vez acabada la vieja España. El 11 de Agosto de 1936, en el kilómetro cuatro de la carretera de Carmona, Blas Infante era fusilado por elementos golpistas, representantes de esa vieja España, que se levantó en armas contra la República.
Personalmente, soy partidario de la reforma agraria, vitalmente necesaria para resucitar las miles y miles de hectáreas de tierras baldías, propiedad de caciques, algunos de ellos condecorados por el gobierno pesoísta de Manuel Chaves, cómo la misma duquesa de Alba. Cómo iba a olvidarme de Al-Andalus, cuando desde pequeño me ha fascinado, siendo descendiente de moriscos conversos al cristianismo, con casi total seguridad. Independentista no soy, aunque respeto a los que lo sean y admiro su coraje, y envidio su capacidad de respuesta ante la injusticia, frente a la actitud pactista y conciliadora de otros.
Creo en una España distinta. Creo en la posibilidad de construir un nuevo país, aunando esfuerzos, desterrando viejas querellas, tendiendo puentes. Considero que no podemos hablar del problema vasco, ni del catalán, sino del problema español. Hablemos con propiedad: España es el problema. Esta España, impuesta a golpe de bayoneta desde el poder, esta España que algunos aceptaron con resignación y que otros combatieron con heroísmo. Este proyecto de nación, edificado a mayor gloria de las clases dominantes, construido contra el pueblo.
Los panegiristas de la cosa escriben sesudos mamotretos donde exclaman que España es la nación más vieja de Europa. Mienten a sabiendas. Fueron los Reyes Católicos, sus amados y reverenciados Reyes Católicos, los que empezaron a organizar un Estado unitario, sobre la base de varios reinos: Castilla-León, la Corona de Aragón, Navarra, Granada,... Aquel era un Estado plurinacional, varias naciones conviviendo bajo el mismo rey, pero con fueros propios e incluso aduanas entre uno y otro territorio. España era un concepto geográfico, derivado de la Hispania romana, que englobaba también a Portugal.
Los sucesivos monarcas del tinglado, imperialistas por vocación, agrandaron el Estado, disponiendo para ello de las vidas de sus súbditos, fieles los más y levantiscos los menos. Conquistando América del Sur, a costa de las vidas de millones de sus pobladores originarios, todo fuera para engordar las arcas de la Monarquía y las bolsas de los válidos. Enfrascándose en guerras europeas, enviando al matadero a miles de españoles, los famosos tercios viejos de Flandes. Repartiendo el Imperio con potencias más pujantes, cuando empezó a ponerse el sol sobre el que pontificara Felipe II.
Las disputas sucesorias, dividieron a los reinos hispanos, decantándose cada cual por un pretendiente. Cuando no era Cataluña la que se rebelaba, era Portugal el que intentaba independizarse. La Guerra de Sucesión (1702-1715) vino a fragmentar la supuesta unidad nacional, sellada a sangre y fuego por la nueva dinastía reinante, los Borbones. Felipe V abolió los fueros catalanes con la imposición de los Decretos de Nueva Planta, sembrando las primitivas causas del nacionalismo catalán.
Fue Napoleón Bonaparte el que despertó el sentimiento nacional español, que unió a los diferentes estratos de la sociedad contra el francés en la Guerra de la Independencia (1808-1814). Unos, por pura conveniencia, asustados ante los vientos revolucionarios que soplaban desde Francia, temerosos de perder sus privilegios. Otros, el pueblo llano, por defender sus hogares y a los suyos, en respuesta a la violencia y al terror que representa cualquier ocupación militar.
Discurre así el siglo XIX, con su resaca de pronunciamientos y destronamientos, con la cuestión obrera en ciernes, rosario de moderados y progresistas, trufado todo ello con la boina roja del carlismo. Esta centuria demostró que la producción de espadones es una de las más fructíferas industrias del país. Por estos andurriales de Dios, pegas una patada y te salen caudillos y salvadores de la patria, hasta por debajo de las piedras.
La causa carlista, surgida de la frustración del infante Carlos María Isidro, hermano menor del déspota Fernando VII, al ver relegada su aspiración al trono tras el nacimiento de Isabel II y la posterior derogación de la Ley Sálica (1832-1833), supo reconvertirse a tiempo, en una defensa cerrada de los fueros regionales, suprimidos por el liberalismo individualista. De las fuentes del carlismo beberá el naciente nacionalismo vasco. Carlista serán la familia y el entorno de Dolores Ibárruri, la más popular dirigente del comunismo español.
La Revolución Gloriosa de 1868 traerá el derrocamiento de Isabel II y el establecimiento de un régimen provisional, una monarquía sin rey, en permanente búsqueda de candidatos al trono. Dominado por los generales, el nuevo Estado desembocará en la Primera República(1873-1874), con el paréntesis del reinado de Amadeo de Saboya. Una República mediatizada por tres conflictos abiertos: el levantamiento independentista de Cuba, la tercera guerra carlista y la aparición de los cantones. Desdichada Primera República Española, vigilada de cerca por el Ejército, sin poder real y efectivo, entre todos la mataron y ella sola se murió.
En aquel primer período republicano se redactó un proyecto de Constitución Federal, que no llegó a ser promulgada, ante las consabidas presiones de las fuerzas vivas. Surgía así el federalismo, cómo un intento de reorganizar territorialmente el Estado centralista en base a parámetros democráticos. Vieja aspiración del ala izquierda del liberalismo denominado progresista, conectaría seguidamente con los movimientos revolucionarios de nuevo cuño, alentadores de un mundo nuevo: el marxismo y el anarquismo.
El federalismo fue un proyecto fallido, superado por la lógica de los acontecimientos, arrollado por la Restauración borbónica (1874-1931). Este nuevo entramado de intereses y corruptelas, dirigido por el historiador andaluz (malagueño cómo Infante) Antonio Cánovas del Castillo, acabó con los fueros de las provincias vascongadas, fomentando de paso el vasquismo de Sabino Arana.
La Restauración quedó atascada en Marruecos, con las finas manos del rey Alfonso XIII manchadas de la sangre de sus súbditos, exterminados en Annual (1921) debido a la bravuconería insensata del general Fernández Silvestre, animado por el monarca al grito de Olé tus cojones. El general de división Juan Picasso fue el encargado de delimitar el grado de responsabilidades en la cadena de despropósitos que condujeron al desastre de Annual, provocando la muerte de más de 13.000 soldados del ejército colonial español. El expediente Picasso era demoledor para los altos mandos de la milicia y para el propio rey. Sólo el golpe de Miguel Primo de Rivera pudo parar aquello y retrasar 8 años la implosión del sistema canovista.
Con la Segunda República (1931-1939), forma Gobierno la pequeñoburguesía liberal, presta a llevar a cabo una vasta reformulación de España, con la colaboración de los partidos obreros. Herederos de Salmerón o Pi y Margall, hijos y nietos de los krausistas, al albur de la Institución Libre de Enseñanza, aquella generación de políticos naufragó, ante la acometida revolucionaria de las masas hambrientas y el naciente fascismo, hábilmente alimentado por la élite alfonsina.
Es, paradójicamente, en medio de una terrible guerra civil, cuando los intelectuales del bando republicano elaboran el concepto de la otra España. En el frente, en las ciudades sitiadas y devastadas por los bombardeos facciosos, se va tejiendo un nuevo país, una patria por la que merecía la pena luchar, y morir si las circunstancias así lo requerían. Nunca el nombre de España significó tanto. Los militantes de la izquierda revolucionaria de todo el globo nunca olvidaron a esa España.
Recreando una conciencia nacional adecuada a la empresa que se libraba, rescatando los mejores ejemplos de tiempos pretéritos, plasmando en poemas y en prosas de combate el germen de un despertar nacional. El objetivo final era dotar de un corpus político-místico a los diversos pueblos de España, frente a la morralla de los nacionales.
Con la victoria franquista, quedó truncada aquella visión de España, institucionalizándose, con más fuerza aún si cabe que en el pasado, la España de facto. El nuevo estado de las cosas liquidó la esperanza republicana, borrando con ahínco el morao de las banderas. La dictadura se apropió del patriotismo, prostituyéndolo a lo largo de las décadas, demonizando al contrario, negando la españolidad de los republicanos. Acabaron logrando su pretensión: que ciertas izquierdas odiaran a España y que Su España apareciera cómo la única posible.
La estrategia represiva del régimen, destinada a demoler los cimientos de aquella otra patria, causó estragos en la cultura y en la vida diaria de las nacionalidades periféricas. Proscribiendo sus lenguas vernáculas, anatemizando su folklore, desconociendo sus instituciones de autogobierno, se consiguió el efecto contrario al perseguido. Contra esa España, floreció el catalanismo. Contra la paz de los cementerios que imponían desde El Pardo, nació ETA, cómo expresión armada de una determinada concepción del nacionalismo vasco, renovado por el tamiz marxista-leninista.
El franquismo degeneró en monarquía parlamentaria. A Franco le sucedían los franquistas, con el acompañamiento coreográfico de la leal oposición. El cambio y la ruptura, quedaron arrumbados, por obra y gracia del gran capital, propietario de todos los españoles.
La España roja, el país tricolor que iluminó el mundo con su ejemplo, quedó enterrado en una fosa común, bajo toneladas y toneladas de mentiras, manipulaciones y consensos. El sistema autonómico no ha resuelto en estos treinta años el problema nacional español. Siguen existiendo españoles legales que no lo son, sentimentalmente hablando. Mientras eso ocurra, España no será una nación.
El terrorismo vasquista vuelve en estas horas a matar españolitos, incluso le hace el trabajo sucio a la oligarquía española, robándoles la vida a dos ecuatorianos. Continúa la razzia españolista contra todo lo que huela a independentismo vasco, atentando contra la Razón y contra el Derecho, aunque sea en su bendito nombre.
Pobre España, pobre solar centenario donde nacimos. Quizás todo hubiera sido distinto, si nos hubiéramos atrevido a cortarle la cabeza a Fernando VII. Qué hubiera sido de este país si el pueblo hubiera instalado la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol, tras y cómo reclamaba Max Estrella, personaje central de Luces de Bohemia, de Valle-Inclán.
Tal vez otro gallo nos hubiera cantado. Gallo rojo, Gallo negro, cantaba Chicho Sánchez Ferlosio, símbolo él mismo de las dos Españas, hijo de un fundador de la Falange, hermano de un grandísimo escritor a contracorriente, uno de los nuestros él mismo.
España roja, España negra. Apostemos por la roja, porque roja es la sangre que corre por nuestras venas, rojo es nuestro futuro, rojo será el nuevo amanecer.
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