miércoles, abril 30, 2008

Baraka

"La demostración de que Franco fue superior a Napoleón, César, Alejandro, Carlomagno y Flash Gordon está al alcance de un niño".

(Jesús Flores Thies, coronel retirado, primo lejano del emperador Ming)

"Es el hijo del Padre todopoderoso. La estilográfica más poderosa de España. Es su falo incomparable".

(Ernesto Giménez Caballero, ideólogo fascista y medidor de falos)

"En Marruecos, don divino atribuido a los jerifes o morabitos." Así define la vigésima segunda edición del diccionario de la Real Academia Española la palabra baraka, en su primera acepción. "Fortuna (suerte favorable)", determina la segunda acepción.

La baraka acompañó a Francisco Franco Bahamonde (1892-1975) durante toda su vida. Desde la infancia gris en El Ferrol, marcada por un padre juerguista y mujeriego, y una madre sufrida y beata, hasta la lenta agonía del dictador en el Hospital de La Paz, rodeado de la camarilla de El Pardo, que incluso obtuvo provecho económico fotografiando su cuerpo casi inerte, y vendiendo la exclusiva a las revistas del corazón.

Muchos historiadores se han preguntado cómo pudo ese hombre, de apariencia frágil e insegura, mantener en un puño a la sociedad española durante cuatro largas décadas. No entienden el porqué de la supervivencia del Régimen tras la derrota nazifascista en la Segunda Guerra Mundial, ni el hecho de que Franco falleciera en la cama, sin excesiva oposición.

No saben mirar más allá de sus propias narices, no quieren comprender que Francisco Franco fue la cara visible de una superestructura criminal, que media España fue cómplice de las fechorías del general, que EEUU le consideraba un firme bastión anticomunista (no en vano, se autodenominaba "el primer vencedor del bolchevismo en el campo de batalla").

Sin embargo, debemos reconocer el papel de la baraka franquista en la gran tragedia española del siglo XX. En junio de 1916, Franco, a la sazón capitán de las fuerzas regulares indígenas en la guerra del Rif (1909-1927), recibió una gravísima herida en el abdomen, sobreviviendo milagrosamente, ganándose la admiración de los rifeños que servían en el Ejército colonial español, que unieron para siempre la magia de la baraka al currículum del gallego.

Franco fue un tipo con suerte, africanista curtido en el frente marroquí, cofundador de la Legión Española junto a José Millán Astray, primer director de la Academia Militar de Zaragoza, monárquico tibio y reaccionario declarado. La progresía comete a menudo un error fatal, cuando tacha de inculto, de iletrado e incluso de imbécil al extinto Caudillo. Nada más lejos de la realidad. Franco era un ser extremadamente inteligente, astuto, despiadado, armado del arsenal teórico que ha alimentado a las derechas españolas desde los Reyes Católicos: Centralismo territorial, autoritarismo, catolicismo fanático, veleidades imperialistas...

Franco, al igual que hizo Augusto Pinochet en otras latitudes años después, no se unió a la conjura antirrepublicana hasta el último momento, asumiendo pocos riesgos y exigiendo el mando supremo de la Junta golpista. La baraka volvió a favorecer las ansias de grandeza de Franquito. De sucesivas tacadas, y en menos de doce meses, morían cuatro de las figuras que podían hacerle sombra, dentro del bando fascista.

El primero en caer fue el diputado ultra José Calvo-Sotelo, asesinado por guardias civiles de izquierda, en respuesta al atentado derechista que segó la vida al teniente Castillo. Era el 12 de julio de 1936. La muerte violenta de Calvo-Sotelo aceleró los preparativos golpistas, que culminarían sólo cinco días más tarde, con el levantamiento del Ejército de África.

El 20 de julio la avioneta que se disponía a trasladar al general José Sanjurjo a Burgos, donde iba a asumir la Jefatura de los sublevados, se estrelló nada más despegar en Estoril (Portugal), falleciendo el general en el acto, resultando ileso el piloto, Juan Antonio Ansaldo, conocido aviador de tendencia monárquica.

José Antonio Primo de Rivera, brillante abogado, primogénito del dictador militar Miguel Primo de Rivera, jefe indiscutible de Falange Española, fue fusilado en Alicante, el 20 de noviembre de aquel 1936, sin que Franco moviera un dedo por salvarle. El Gobierno legal contribuyó así, sin comerlo ni beberlo, al apuntalamiento del poder omnímodo del ferrolano.

Otro sospechoso accidente de aviación quitaba de en medio al general Emilio Mola, gran organizador del alzamiento, el 3 de junio de 1937.

Sin rivales de empaque, Franco era proclamado Generalísimo de los Tres Ejércitos y Jefe de Estado de la España fascista, el primero de octubre de 1936. Los generales eligieron a Franco como líder, sin imaginarse que nadie iba a poder arrebatarle aquel cargo nunca. Franco era un mal menor, ya que los otros candidatos tenían un historial marcado por cierto republicanismo.

Gonzalo Queipo de Llano, alcohólico contumaz, fanfarrón y pendenciero, se había levantado contra Alfonso XIII en diciembre de 1930, con escaso éxito. Le secundaron en aquella intentona Ignacio Hidalgo de Cisneros y Ramón Franco Bahamonde, hermano menor este último de nuestro protagonista.

Miguel Cabanellas, anciano general de luengas barbas blancas, reconocido masón, fugaz diputado del Partido Radical (derecha moderada), responsable de la vil ejecución del general republicano Miguel Nuñez de Prado, no era el candidato ideal, ni a ojos de la Iglesia Católica ni a ojos del propio Ejército.

Emilio Mola, todavía vivo en aquellos momentos, aceptó resignado el nombramiento de Franco, supongo que guardándose un as en la manga. No estaba Mola dispuesto a ser un subordinado de Franquito, ni mucho menos. Su oscuro fallecimiento cimentó el triunfo absoluto del Caudillo.

¿Fueron estas cuatro muertes providenciales fruto de la baraka, o hubo una mano negra? No quiero jugar a la política ficción, sólo lanzo hipótesis al viento, en espera de que alguien se digne a investigar, y aporte algo de luz a este misterioso asunto. El tiempo dirá.

Tras la aniquilación de la Segunda República, Franco inició su dictadura personal, fusilando a mansalva, encarcelando a cientos de miles de luchadores, reprimiendo cualquier atisbo de libertad y de crítica. Despuntaba así la época más amarga de nuestra historia, cuyas consecuencias aún sufrimos. Los facinerosos dictaban la ley de la selva y la hacían cumplir, con escrupuloso celo. La noche oscura del alma española desterraba a las tinieblas exteriores a los mejores de entre sus hijos.

Francisco Franco supo adaptarse a la Guerra Fría. Tuvo la cintura necesaria para evitar el aciago destino de sus aliados Hitler y Mussolini, resguardándose bajo la sombra benefactora del Imperio yanqui. Los hombres y las mujeres que se atrevieron a plantarle cara constituyeron una minoría en un país de franquistas por conveniencia.

Cuando la Muerte vino a por él (20/11/75), era un anciano consumido y enfermizo, dominado por sus familiares, el mismo asesino de siempre, el jodido Generalísimo que jodió el pasado, el presente y el futuro de este rincón alejado de la mano de Dios llamado España.

viernes, abril 18, 2008

Richard Widmark, que estás en los cielos


Rubio, malencarado, siempre cerca de un arma de fuego, su rostro encarnó los sueños y las pesadillas de varias generaciones de espectadores, a lo largo del siglo XX. Murió el 24 de marzo de 2008, a la edad de 93 años. Se llamaba Richard Widmark.

Puede que Richard Widmark, el actor, haya pasado a mejor vida, pero sin duda Tommy Udo, el personaje, seguirá aterrorizando a tirios y a troyanos por los siglos de los siglos, blandiendo la sonrisa maléfica que le hizo inolvidable. Con este papel, de psicótico matón, debutó Widmark en la gran pantalla. Corría el año 1947.

La estrella de El Beso de la Muerte (Henry Hathaway, 1947) era Victor Mature, un soseras de cuerpo atlético y mirada lánguida, el bueno de la película. Pero, de pronto apareció Tommy Udo/Richard Widmark , y ya nada fue igual en Hollywood.

Empezaba así una gran carrera cinematográfica, a la sombra de las grandes estrellas. Widmark nunca llegó a las cotas de popularidad de un Humphrey Bogart o de un Clark Gable. No le mimaron los críticos como a Kirk Douglas o a Marlon Brando. Ni siquiera disfrutó de la estela de malditismo que arrastró consigo Robert Mitchum.

Secundario de lujo y protagonista ocasional, detective y gángster, pistolero despiadado y honrado sheriff, Widmark tocó todos los palos, probó todos los géneros, legándonos interpretaciones vibrantes. Recuerdo ahora el mano a mano con Sidney Poitier en Un Rayo de Luz (Joseph L. Mankiewicz,1950) o el duelo con ese otro monstruo, Jack Palance, en Pánico en las Calles (Elia Kazan,1951). Tampoco olvido su participación en el filme coral Vencedores o Vencidos (Stanley Kramer, 1961), al lado de Spencer Tracy o Marlene Dietrich. En Brigada Homicida (Don Siegel, 1968), se metió en la piel del madero Daniel Madigan, a las órdenes del comisionado, el magistral Henry Fonda.

Coinciden la crítica y la afición en señalar Noche en la Ciudad (Jules Dassin, 1950), como el mejor trabajo de Richard Widmark. Esta película es uno de los títulos imprescindibles del cine negro, un relato seco y desalmado de la perdición de un hombre sin escrúpulos, habitante de un mundo incluso peor. Noche en la Ciudad supuso, entre otras muchas cosas, el encuentro entre Jules Dassin y Richard Widmark, el realizador comunista represaliado y el eterno aspirante a primera figura del cinematógrafo. Casualmente, Jules Dassin, sólo sobrevivió una semana a su mejor actor, falleciendo en Atenas el 31 de marzo, tras 96 años de existencia física.

A partir de la década de los 70, Widmark comenzó a desperdiciar su talento en producciones de tercera regional. Justo cuando Robert Mitchum resucitaba a Philip Marlowe en Adiós Muñeca(Dick Richards, 1975), renaciendo de sus cenizas por enésima y última vez, Widmark chapoteaba en la serie B, como tantos otros intérpretes maduros.

Abandonó el cine de manera discreta, por la puerta de atrás, a principio de los años 90. El Color de la Ambición (Herbert Ross,1991) ponía punto final a la dilatada trayectoria profesional de este genio de la actuación. En esta ocasión, Widmark adornaba el filme con un papel de reparto, en una película protagonizada por dos de los actores punteros de aquel momento: James Spader y John Cusack.

Estoy convencido de que, cuando los medios difundieron la noticia de su muerte, muchos se sorprendieron de que todavía siguiera vivo. Es más, todo un señor periodista de alto copete, Ignacio Camacho, director durante algún tiempo del diario ABC (emblema de la derecha monárquica española), dio por muerto a Widmark con ocasión de la defunción de Glenn Ford, en septiembre de 2006*. Así es la prensa borbónica, experta en contrastar datos y en ofrecer veracidad e imparcialidad, incuso en asuntos aparentemente nimios como el que cito. El prestigioso Camacho, prototipo del señorito sevillano al igual que sus colegas Antonio Burgos y Carlos Herrera, sólo tenía que haber tecleado el nombre de Richard Widmark en cualquier buscador de Internet, para comprobar que el astro usamericano continuaba vivito y coleando. Que país...

Richard Widmark se muda al otro barrio, sin hacer demasiado ruido. Tommy Udo continúa entre nosotros, dispuesto a cruzarse contigo (y conmigo) en cualquier esquina.

miércoles, marzo 19, 2008

Qué tristeza la de aquel lunes

Para Antonio Moreno Vázquez, uno de los imprescindibles.

El lunes de la semana pasada fue un día triste. Granada despertó nublada y gris, con la resaca habitual, tras la jornada electoral del domingo 9 de marzo. Mientras el autobús urbano surcaba las principales arterias del centro de mi ciudad, reflexionaba yo sobre el bipartidismo rampante, lamentaba el ocaso de Izquierda Unida, observaba al resto de los pasajeros, a los que consideraba culpables de la pena que me embargaba.

Voté a Izquierda Unida, escogí el mal menor. Estuve tentado a abstenerme, sobre todo tras las conjuras y tejemanejes que llevaron a la designación de Gaspar Llamazares como candidato a la presidencia del gobierno. Finalmente, decidí votar a la coalición, desganado y desilusionado de la politiquería, por Sánchez Gordillo, por José Luis Pitarch, por Julio Anguita...

No soy militante de IU, ni de ningún otro partido. Cuando consiga un trabajo decente, probablemente me afilie al Partido Comunista, ahora que parece que hay que relanzarlo de una maldita vez. No creo en la democracia representativa, es algo demasiado evidente para quién conozca lo que pienso. Aún así, he ejercido mi derecho al sufragio en todas las ocasiones en las que he podido, no queriendo desperdiciar uno de los pocos derechos que el pueblo pudo arrebatarle al poder, aunque después lo hayan usado para legitimar el statu quo.

El sistema electoral español, diseñado por Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, tuvo desde el principio un único objetivo: evitar a toda costa que el PCE dispusiera de una representación parlamentaria acorde a su presencia real en la sociedad. El propio Herrero de Miñón lo reconoció en la tertulia radiofónica en la que participa, hace escasos meses.

Los partidos mayoritarios de ámbito estatal y las formaciones nacionalistas periféricas son los grandes beneficiarios del sistema d'Hondt, a costa de IU*. En definitiva, la Ley Electoral es otro de los muchos trágalas de la Transición, un plazo más de la hipoteca que supuso este Estado de Derecho tan peculiar.

Descargar nuestra ira contra la mencionada Ley, y olvidar los errores y fracasos de la misma Izquierda Unida, sería un flaco favor a la causa. D'Hondt es parte del problema, por supuesto que debemos exigir la reforma de la Ley, pero con eso no basta.

Desde que Julio Anguita abandonó la coordinación general en 2000, IU ha girado de manera progresiva hacia la derecha, bajo la batuta de Gaspar Llamazares. Hoy en día, sólo representa una sombra ajada de lo que fue en los años 90. La izquierda alternativa al felipismo ha acabado de mamporrera del PSOE de ZP. La izquierda que denunciaba vigorosamente el Terrorismo de Estado, aplaude el aniquilamiento político y judicial de la izquierda abertzale. La izquierda que enarbolaba la bandera tricolor, felicita ahora al Borbón mayor por su setenta aniversario.

Llamazares es culpable, Frutos es culpable, Felipe Alcaraz y Rosa Aguilar también lo son. Adoran las poltronas, los carguitos, las prebendas institucionales, olvidaron ya la vida real, tendrían que patearse las calles, olfatear a su alrededor y entender los porqués de este país vencido. Han convertido IU en un corral de gallinas, donde unos patalean y otros les cierran el pico a hostias.

Izquierda Unida ha muerto, ya no es útil, no sirve para lo que fue creada, entiendo que debe desaparecer pronto para que la izquierda anticapitalista no desaparezca con ella, al cabo del tiempo. No pretendo confundirles, tampoco soy un ultraizquierdista divino de la muerte, un mesías de la ortodoxia, de esos que inundan las webs rojillas con su verbo panfletario. Si IU está muerta, es porque llegó a nacer. Ellos ni siquiera han tenido ese privilegio. Sólo son polvo, polvo del camino de la revolución.

No se me caen los anillos por reconocer que no estoy de acuerdo con la represión antiabertzale, he escrito contra ella, he peleado con amigos, defendiendo el derecho del independentismo vasco, a defender su legítima ideología. Pero no me pidan que permanezca ciego ante el crimen, que me quede callado cuando asesinan a un hombre indefenso, cuando los que se autodenominan gudaris ejercen de dioses, arrebatándole a una persona la libertad de seguir viviendo. El asesinato de Isaías Carrasco no es una hazaña revolucionaria, es un crimen político, de baja estofa.

ETA mata la ilusión de la paz, el Gobierno juguetea con ella, el PP la usa para acorralar al Ejecutivo ¿Qué hace IU mientras tanto? ¿Donde está la izquierda en esta hora decisiva? Confraternizando con el abertzalismo, chalaneando con el españolismo, aplaudiendo a las estrellas mediáticas de la Audiencia Nacional, saludando la próxima venida del socialismo en Euskal Herria. Damos pena, señores, mucha pena.

Si algún día hacemos la revolución, la haremos contra España, pero también contra Euskal Herria. O por lo menos, contra los patriotas de cartón piedra que las monopolizan. Abusando del manido lema antiglo, "otras patrias son posibles, y necesarias".

Comprenderá el amable lector, porqué aquel lunes fue tan amargo. Si al atentado mortal de ETA le sumamos el resultado de las elecciones, resulta una ecuación desagradable para las gentes como yo. Me siento un extraño, un cuerdo en medio de millones de locos, un anticuado comunista, reacio a cambiarse de chaqueta y a abrazar el milagro progresista. Ni comulgo con Zapatero ni me entusiasmo con Rajoy, detesto el liberalismo, abomino de la socialdemocracia. Sufro la soledad del corredor de fondo, el aislamiento inevitable del que sabe que su reino no es de este mundo. Claro que sé que existen compañeros por ahí, camaradas oscuros que se resisten a la conversión, herejes que no aceptan el bautismo progre.

El comunismo se extingue en la Vieja Europa, el fuego de los soviets se apaga en silencio. Miro a Sudamérica y respiro tranquilo.

La sombra de Fidel es alargada, gracias a Dios.

*No quiero aburrirles con cifras, los números no son lo mío, quién quiera datos que investigue, dejaré algunos enlaces a continuación, con información sobre este espinoso asunto:


lunes, marzo 03, 2008

El infierno del senador John McCain (*)


En las profundidades del averno, en lo más recóndito del infierno, un anciano judío de luengas barbas y aspecto desaliñado, descansa sentado en un banco, oteando entre las brumas la inmensa laguna Estigia. Parece que espera a algo o a alguien, ya que mira distraído un reloj de bolsillo que cuelga entre los pliegues de su chaleco. De repente, un leve chapoteo perturba el silencio sepulcral de aquellas tinieblas. Caronte se aproxima a la orilla, remando cadenciosamente, con la tranquilidad del que sabe que tiene toda la eternidad por delante para cumplir su cometido.

Cuando la barca toca tierra, el hombre del reloj se levanta y alarga su mano al desconocido viajero que acaba de arribar. Éste, salta del bote con inusitada agilidad, plantando sus enormes zapatillas deportivas en la arena mojada, estirando alegremente los músculos, entumecidos tras horas y horas de travesía. No duda ni un instante en corresponder al gesto del otro, que sonríe con timidez. Tras el apretón, mientras el barquero reanuda perezoso su quehacer y se aleja de ellos, comienzan las presentaciones:

-Me llamo Fidel Castro Ruz, para servirle a la revolución y a usted-anuncia el recién llegado, un abuelo octogenario, que viste chándal de Adidas, el oficial de la selección cubana de béisbol.

-Encantado de conocerle, camarada Fidel. Sus amigos aquí presentes me han hablado mucho de usted- responde el anfitrión, de riguroso traje negro, decimonónicamente anticuado.

-Perdone compañero, ¿es usted Karl Marx?- pregunta Fidel, visiblemente emocionado-Sólo conozco su rostro de viejos retratos.

-Así me llamaron mis señores padres, ha acertado comandante- suelta Marx, milésimas antes de reír escandalosamente.

Los dos viejitos se abrazan en la oscuridad, intercambiando carcajadas, retumbando con su alegría la quietud siniestra de las aguas. Hasta Caronte los mira desde el centro del lago, corroído por la envidia, deseando la risa y el llanto, la vida y la muerte, celoso de la humanidad de ambos.

Fidel Castro y Karl Marx caminan al unísono, apoyados en sendos bastones, conversando amigablemente, recordando hazañas pretéritas, batallas perdidas, luchas ganadas, ...

El ambiente es caluroso, angustioso a ratos, funcionan a tope las calderas de Pedro Botero. El sendero que recorren atraviesa un páramo, inabarcable para la vista, sin comienzo ni fin, yermo de vegetación. Resuenan unas voces en la llanura, indescifrables al principio, entendidas y conocidas al cabo de los minutos. Los ojos del cubano se encharcan, el vello se le eriza.

Las palabras se agolpan en la puerta de su garganta, incapaces de escapar hacia el cielo de la boca. Lagrimea Fidel, llora el gigante, Karl se enternece a su lado. "Fidel, Fidel" dicen los todavía invisibles.

Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara, uniformes de combate, fusil al hombro, aparecen detrás de unas rocas, fumando y gritando, emocionados también. Jóvenes y brillantes, contrastan con los ancianos. El abrazo es interminable, son muchas décadas sin verse.

-Estás hecho una pena, jodido Fidel. Pero, afortunadamente, sigues siendo el mismo de siempre, tienes aún la mirada que tenías en México, cuando nos conocimos en 1955- proclama socarrón el argentino.

-Que gusto en verte, hermano. Ya creíamos que eras inmortal- balbucea Camilo, bajo el característico sombrero de ala ancha.

-No puedo describir lo que siento, chicos. No me esperaba este recibimiento del carajo. Están espléndidos.

Transcurre una media hora, si medimos el tiempo con fórmulas humanas. El cuarteto revolucionario, acomodado al paso de los más mayores, sigue transitando por el camino. Che bromea con Fidel, prestándole la boina famosa, comentando lo exquisito que es el mate infernal.

En lo más alto de un monte, situado en otras latitudes, el Diablo observa a los cuatro hombres, a través del catalejo marca Acme que le regaló algún huésped cuyo nombre ha olvidado. La nitidez de la imagen es magnífica, incluso le permite leer los labios de los susodichos. "Estos rojazos me van a alborotar el gallinero, cago en la mar salada" murmura Lucifer, hechuras de metrosexual, tostado a la parrilla, cornamenta de Miura, rabo afilado como pez espada.

La pradera a la que acaban de llegar Fidel y los demás es un oasis, en medio de tanta desolación. 7 u 8 tiendas de campaña, a la vera del merendero Aurora, un par de desvencijados bungalows, hasta una piscina cubierta de hojarasca. Josif Stalin y León Trostky están en pleno pulso gitano, a la sombra de lo que aparenta ser un sauce llorón. La Pasionaria y Rosa Luxemburgo cocinan una tortilla de patatas en la vitrocerámica de uno de los bungalows, Vladimir Lenin se recorta la perilla, embadurnándose la cara con espuma de afeitar rojiza.

Fidel se sienta en la cocina, charlando con las mujeres, embriagado por el aroma a cebolla de la tortilla. Marx juega al ajedrez, retomando la partida que había suspendido para ir a recoger al nuevo. Su contrincante es Friedrich Engels, entrañable amigo, compañero redactor del Manifiesto Comunista. Guevara y Camilo hacen el tonto con los palos de golf, improvisando hoyos en el mullido césped de las instalaciones.

Tras el almuerzo, Fidel exige que le dejen lavar los platos, obteniendo la negativa por respuesta. Camilo Cienfuegos se coloca el delantal y los guantes de plástico, tarareando a Bola de Nieve, limpiando con eficacia la vajilla de las fechas señaladas. Rosa y Che conducen al obstinado Castro hasta una hamaca descolorida, arrumbada al pie de la piscina. Sólo el mate consigue calmar al viejo, que se queda dormido en menos de lo que canta un gallo. José Carlos Mariátegui retira las hojas del agua con la precisión minuciosa del experto en la materia.

Pronto, Mao Zedong y el tío Ho Chi Minh chapotean en la pileta, organizando competiciones de largos. Cuando Ho se para exhausto, Mao hace el signo de la victoria con los dedos, atusándose el cabello. La paz se ve interrumpida por el estruendo de un amerizaje. Después del breve buceo de rigor, la oronda figura de Pablo Neruda, emerge del fondo de la piscina.

Cuando agoniza la tarde, Víctor Jara empuña el micrófono y se marca una canción al alimón con el enfermizo Miguel Hernández.

-Unicornio Azul, del repertorio de Silvio ¿Te la sabes, Miguelito?- La pregunta de Jara inaugura el concierto.

Dolores Ibárruri, la más longeva del grupo, cose un jersey, arrimada a una mesa camilla, calientes los pies en el brasero.

-Comandante Fidel, ¿sabe usted si le queda mucho a Santiago (*1)? Tengo ganas de darle un rapapolvo, esa mamarrachada del eurocomunismo hundió nuestra decencia y nuestra dignidad- El tono de la vieja es jocoso.

-Creo que bastante, doña Dolores. Bicho malo nunca muere- contesta Fidel Castro, todavía tumbado en la hamaca.

La ducha caliente rejuvenece a Mao, aunque sea por momentos. El Amauta quiere cenar temprano, porque por el satélite dan una peli de John Wayne. Ya está harto de defenderse de las acusaciones de revisionismo que le lanza Stalin, cada vez que se repantinga en el sofá, dispuesto a perderse al oeste del río Pecos.

La sombra de Satán interrumpe a estos pacíficos residentes del infierno. Belcebú desciende de las alturas con majestuosa elegancia, posando sus garras de astracán sobre el tejado del Aurora.Transcurren siglos antes de que pronuncie una palabra.

-Veo, para mi infinita desgracia, que tenéis un nuevo amiguito. Otro inquilino más, joder como anda el patio por allá arriba. Espero, y lo digo con la sinceridad y el aplomo que me caracterizan, que no dé usted mucha guerra, Fidel Alejandro Castro Ruz.

-Depende de lo que entienda usted por guerra, camarada Demonio- Che Guevara mira a Fidel, convencido de encontrarse ante otro "La Historia me absolverá", otro momentazo histórico sin igual-Estoy convencido de que usted sabrá distinguir entre la guerra imperialista y la que hacen los pueblos para lograr su liberación nacional...

Y Fidel comenzó a hablar.

En un predio cercano, en la terraza del motel Libertadores, José de San Martín, Toussaint-Louverture y Simón Bolívar toman un Havana-Cola y juegan a las cartas. Tras escuchar el runrún fidelista, y reconocer la entonación de la voz, Bolívar se levanta y se acoda en el mirador.

-Que se prepare ese escuálido luciferino, porque dentro de unos cuantos lustros, llegará Hugo Rafael. Y al bravo Chávez no le calla ni Dios.

(*) Este relato es una respuesta satírica y cariñosa a la imbécil alocución del senador McCain, tras darse a conocer la renuncia de Fidel Castro. Este oligarca pendenciero declaró que esperaba que Fidel se reuniera pronto con Karl Marx, aludiendo a la muerte del Comandante, tan deseada por el Imperio. Sepa usted, estúpido títere del complejo industrial-militar, empleado de las corporaciones yanquis, que no le llega a Fidel ni a la altura de la zapatilla. Váyase a tomar por saco, John McCain, ojalá que Barack Obama se la meta doblada.

(*1) El Santiago al que se refiere Pasionaria es, evidentemente, Santiago Carrillo Solares (1915-...), ex secretario general del PCE (1962-1982), teórico del eurocomunismo, principal responsable de la debacle comunista en España, actualmente compañero de viaje del presidente Zapatero.

miércoles, febrero 20, 2008

La importancia de llamarse Fidel


Dirán exactamente de Fidel
gran conductor el que incendió la historia etcétera
pero el pueblo lo llama el Caballo y es cierto
Fidel montó sobre Fidel un día
se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte
pero más todavía contra el polvo del alma.


(Juan Gelman)

Ayer eras el centro de la atención mediática internacional. Amigos y enemigos no paraban de hablar de tu última decisión. Los informativos y las ediciones digitales de los diarios repasaban tu vida, como si hubieras muerto. Por mucho que les pese, sigues vivo.

Cuba, tu Cuba, nuestra Cuba, les duele. Todavía no han olvidado la derrota en Playa Girón/Bahía de los Cochinos. No logran entender el porqué de la supervivencia de la Revolución tras la implosión soviética. Llevan cinco décadas intentando matarte, están desesperados porque saben que tu obra, la obra de todo el pueblo cubano, te sobrevivirá.

El imperialismo está al acecho, preparándolo todo para desembarcar en el Malecón tras tu partida. ¡Que se atrevan!, se encontraran con la resistencia feroz de millones de personas, cada uno su propio Comandante en Jefe, como señalaste en aquella ocasión. Si esa hecatombe ocurriera ten por seguro que el mundo no se quedará quieto, recibiréis la misma solidaridad que tanto prodigáis.

Eres un hombre, compañero Fidel, un simple y mortal ser humano. Lleno de contradicciones, imperfecto, propenso a cometer errores, tan frágil y tan fuerte como cualquiera de nosotros. Nunca pretendiste ser un Dios, siempre has combatido el culto a la personalidad, manzana podrida que infectó el cesto del socialismo real. Pero, entiéndeme, he crecido con tu ejemplo, eres un arquetipo para mí y para varias generaciones de comunistas, querido Fidel.

Adelante, cubanos. Revolución en la Revolución. Parece que ha llegado el momento de corregir y de enderezar vuestro modelo, desoyendo los cantos de sirena del neoliberalismo, inspirados en el marxismo-martiano, piedra angular del socialismo isleño. Casi finiquitado el período especial, están las venas abiertas de América Latina supurando alternativas a la barbarie existente, fijas las miradas en la mayor de las Antillas.

Libre ya del cargo presidencial, guardado el uniforme verde olivo, testigo de excepción del demacrado Siglo XX, tus reflexiones nos ayudan a comprender un poquito mejor este puñetero circo global. Caballo, viejo y cansado, Caballo nuestro, hasta la victoria siempre Comandante de la esperanza y de los amplios horizontes.

lunes, febrero 18, 2008

Realidad pulp


Algunos de ustedes habrán visto Ed Wood (Tim Burton, 1994), el logrado biopic del peor director de la historia del cine. Supongo que no habrán olvidado la convincente interpretación de Martin Landau, su maravillosa encarnación del inquietante actor húngaro Bela Lugosi. Pues bien, en una escena de dicho filme, Lugosi-Landau contempla entusiasmado el televisor, observando los deliciosos encantos de Vampira-Lisa Marie. "Vaya par de melones" exclama gozoso el príncipe de las tinieblas. Y no le faltaba razón al amigo.

Hace pocas semanas, la mencionada Vampira falleció en Los Ángeles. Ya no era aquella chica sueca de generosos pechos y cinturita de avispa, sino una anciana de 86 años, un objeto de culto para mitómanos y frikis, entre los que me pueden contar a mí. Conocí la noticia por el diario de César Martín en la web del Popu, lugar que frecuento de vez en cuando, envidioso de sus encuentros con las glorias del cine de serie B.

César publicó también hace no mucho una fotografía de la starlette Mamie Van Doren, posando desnuda en una cama deshecha mientras ve la tele. Lo que más llama la atención no es la fotografía en sí, sino el hecho de que esta mujer nació el 6 de febrero de 1931. Los cálculos no fallan y establecen la edad de Mamie en 77 primaveras. Miren las imágenes que aparecen en la página personal de la diva y pásmense: la señora aparece en pelotilla picada en mil y una instantáneas, luciendo un tipazo, sonriendo forzadamente, como si tuviera 50 años menos.

El bisturí y el botox la han momificado, su rostro está irreconocible, si comparamos a la Mamie del 2008 con la de los 60. Si hacemos honor a la verdad, debemos rendir honores a este sex symbol, porque es una superviviente nata. Mamie fue una de las muchas imitadoras de Marilyn Monroe, una rubia potente más del catálogo de bellezas surgidas al calor del éxito de Norma Jean Baker. Junto con Jayne Mansfield y Diana Dors, constituyó un trío de ases, las tres mejores copias del desdichado original.

El trágico final de la Monroes es de sobra conocido por todos. A Jayne Mansfield el destino le reservó un macabro pasaporte al otro barrio: perdió la vida en un accidente de tráfico en el verano de 1967, decapitada según la leyenda. Diana Dors superó la cincuentena por muy poco, siendo enterrada en 1984 tras un cáncer. Sólo queda Mamie, libre de maldiciones bíblicas, visitante asidua de la mansión Playboy, coetánea del tito Hugh Hefner.

Menudo personaje ese Hefner. Quién no ha soñado alguna vez con vestir su perenne batín, quién no ha fantaseado con tomarse un cubata con tal o cual playmate. Navegar por mares de silicona, atracar en algún puerto canallesco, deslizarse por las curvas de una semidiosa de almanaque. Cuentan ahora que el imperio Playboy está en quiebra, acogotado por el terremoto pornográfico de Internet. Levanten la copa de champán por Hugh, capaz de sacar a la luz las investigaciones del fiscal Jim Garrison sobre el asesinato de JFK, valiente editor de una revista donde escribían Arthur Miller, John Updike, Alberto Moravia, George Simenon, Truman Capote, Henry Miller, Ernest Hemingway, Arthur C. Clarke o Allen Ginsberg, entre otros.

No sólo de tetas vive el hombre, también se deben de alimentar el alma y el espíritu. Hablando de tetas, me viene a la cabeza el reportaje de Mamie Van Doren y Pamela Anderson para Vanity Fair, en el número de marzo de 2006. Pam Anderson también comenzó su carrera (si es posible llamar carrera al compendio de actuaciones estelares de la canadiense, dentro y fuera de la pantalla) como un cromo de Marilyn, deslizándose después por otros terrenos más movedizos, vídeos erótico-festivos incluidos. Más afortunada que Anna-Nicole Smith (otra del club de las Monroes), adorna el ramillete de foros calientes de la red, con sus descuidos y su récord de portadas del Playboy.

Vampira desaparece, Mamie permanece, y yo me voy desparramando por el blog, intercalando datos y pensamientos impuros, buscando la salida al embrollo en el que me meto cada vez que empiezo a teclear. Volvamos al principio de los tiempos. Les hablé de Lugosi, ¿no? Resulta que este buen hombre era de la mismica Transilvania, paisano de su querido conde Drácula. El teatro fue su pasión, la ideología izquierdista de la que siempre hizo gala le obligó a exiliarse de Hungría, recalando en Hollywood tras darse un garbeo por Alemania. Siempre será Drácula para los aficionados al cine, compartiendo trono vampírico con el inglés Christopher Lee.

Vampiros rojos, neumáticas rubias de pasado esplendoroso y presente recauchutado, millonarios cachondos y un pelín liberales, cultura popular de los EEUU al alcance de internautas pirados, ... El submundo underground usamericano es anterior a Quentin Tarantino y a los hermanos Coen. Busquen por ahí, y sacien su curiosidad. Ancha es Castilla, ancha es Yanquilandia.

En próximos episodios de este Llanto de la Acequia, retornaré al terruño, aterrizaré en la puta y vieja España, para seguir lanzando mis dardos envenenados contra la fea burguesía que nos controla.

miércoles, enero 30, 2008

Tragicomedia de las barras y las estrellas

La sociedad es creada por nuestras necesidades y el gobierno por nuestra maldad, el primero promueve nuestra felicidad positivamente al unir nuestros afectos, el segundo negativamente al restringir nuestras libertades.

(Thomas Paine, filósofo inglés y patriota usamericano)

Es público y notorio para todos que el actor australiano Heath Ledger fue encontrado muerto en su apartamento neoyorquino el pasado 22 de enero. Los medios nos han bombardeado desde entonces, aportando múltiples teorías y versiones de lo ocurrido entre aquellas cuatro paredes. Los mercaderes de las vísceras comercian con dimes y diretes, sirviéndose de la rumorología y de la infamia para hacer caja.

Mi intención no es, ni mucho menos, comentar los pormenores del suceso, sino resaltar la reacción de la Iglesia Baptista de Westboro ante el fallecimiento del intérprete. Refiere el diario mexicano El Universal que en la web de la citada congregación apareció un comunicado, estando todavía caliente el cadáver de Ledger. Entresaca El Universal las siguientes perlas cultivadas: "Heath Ledger pensó que era divertido desafiar a Dios Todopoderoso y sus planes para este mundo; Dios odia a los maricas; Dios odia a la cinta vomitiva de nombre Brokeback Mountain y odia a las personas que tengan algo que ver con ello"; "Heath ahora está en el infierno y ha comenzado a servir su eterna condena".

No tenía el disgusto de haber oído hablar de estos tipejos hasta ahora, no puedo más que calificarlos de traficantes del odio y de la sinrazón. De todas formas, no me extraña el veneno, conociendo a la serpiente que lo produce. Estados Unidos de Norteamérica es una nación enferma, delirante y peligrosa, el mayor imperio que conocieron los siglos, la superpotencia más destructiva de la Historia, enemiga de la libertad y de la justicia.

El águila usamericana gobierna el planeta, controla la economía, se impone militarmente a los denominado Estados Canallas, destruye el ecosistema global, exporta agresivamente el american way of live. Atacando nuestros idiomas maternos, persiguiendo culturas discordantes, gobernando nuestros cerebros y nuestros estómagos. El imperialismo está acabando con el hombre, pasito a pasito, suavemente a ratos, fieramente en otros.

Pero, no se equivoquen, no soy antiamericano. Primero, porque ese adjetivo, propio de apologistas de la violencia imperial, es reduccionista y absurdo, ya que olvida al resto de países que componen el continente americano. Segundo, porque nunca podría estar en contra de 300 millones de personas, cada una con sus virtudes y defectos, la mayoría de ellas, víctimas también del capitalismo. No quiero el fin de USA, no deseo la aniquilación de ese grandioso lugar. Simplemente, soy antiiimperialista, y por ello, enfrento al Imperio, con las humildes fuerzas de las que dispongo.

El fanatismo religioso impregna cada poro de la piel de los Estados Unidos. Los telepredicadores, usando el nombre de Dios en vano, lanzan su verborrea incontenible contra gays, liberales y mujeres, e incluso rezan por el asesinato de Hugo Chávez, como hizo el reverendo evangélico Pat Robertson en agosto de 2005. El fundamentalismo cristiano inventa brujas, con las que poder ejercitar la puntería en la cacería infernal, que socava los derechos y libertades civiles, consagrados en la Constitución de 1776.

La colonización cultural yanqui es un hecho demostrado. Conozco mejor las calles de Nueva York que las de Toledo (el de aquí, no el de Ohio), podría recitar de carrerilla ciudades californianas, con muchísima más fluidez que si me solicitaran los afluentes del Guadiana. Las carteleras de los cines están plagadas de americanadas, ciertamente la industria del entretenimiento usaca es capaz de lo mejor y de lo peor. Lo mismo te quedas anonadado con un Robert Mitchum cualquiera, o te mueres de vergüenza ajena, esquivando la patada voladora de Chuck Norris.

Amo el cine clásico usamericano, degusto cotidianamente el buen hacer de John Huston, la pericia de John Ford, la rudeza sanguinolenta de Sam Peckinpah. Nunca conseguirán los George Bush de turno que pueda olvidarme de Brando, que deje de pensar en el cuerpo de Jane Russell, que no sonría con Jack Lemmon. La mascarada imperial no me impide idolatrar la bonhomía de Ernest Borgnine, ni disfrutar cuando Lee Marvin se hace el duro.

La violencia industrializada constituye el pecado original yanqui, son una sociedad hiperviolenta, los índices delictivos lo demuestran. Dentro del Occidente capitalista, no hay parangón entre la criminalidad usaca y la de sus aliados. Yanquilandia no tiene ni siquiera Estado del Bienestar, el moderado keynesianismo no se practica desde las presidencias de Franklin D. Roosevelt (1933-45).

EEUU
-USA es tan contradictorio como yo, repleto de contrastes, basculante entre John Reed y J. Edgar Hoover, opresor de pueblos y cuna de libertadores. Larga vida a los Estados Unidos, descanse en paz el imperialismo. He dicho.

lunes, enero 21, 2008

Inquebrantable aliento de nosotros

Marcelino Camacho, la ética de la resistencia.


Asistiremos a la autoconstrucción de un dirigente obrero, que luchó como peón de la Historia en la Guerra Civil, y que, a partir de la derrota personal y de clase, se movió como un héroe griego positivo, en la lucha contra el destino programado por los vencedores, personal y coralmente.... Toda su vida será un trabajador que considera que el mundo no está bien hecho. Es decir, que no está hecho a la medida de los débiles.

(Manuel Vázquez Montalbán. Prólogo de las memorias de Marcelino Camacho)

Marcelino Camacho, vanguardia obrera y militante comunista, manos de hierro como suaves tenazas que atrapan el tiempo histórico y lo agitan hasta romperlo, palabras impulsoras de la aceleración del combate, qué potente resuena tu nombre por las calles y las fábricas, qué determinación, 1001, 1002, 1003, en la tribuna y en las negociaciones, qué manera de intuir la política, aprovechar las repetidas estancias en la cárcel y concebir las transformaciones sociales -la revolución científico-técnica, decías-; qué convicción, valentía y honestidad de hombre de izquierdas, de sindicalista.

(María Toledano)

Hubo un tiempo en el que lo imposible fue posible, en el que el socialismo estuvo más cerca que nunca. Corría el mes de Octubre del año 1917 de la era cristiana. Los soviets de obreros, campesinos y soldados, armados de ideas y de sueños, tomaban el poder por asalto. Materializando la teoría leninista, sacudiendo el polvo de las estanterías del marxismo, el proletariado ruso patentaba la primera revolución socialista triunfante.

Los oprimidos aceleraban la historia, destruyendo el feudalismo ancestral, sentando las bases de un nuevo horizonte. Todas las Rusias estallaban en un vendaval de abrazos, una marea de puños cerrados, clamando contra el cielo a abatir.

Los aires de Octubre soplaron fuerte, extendiendo su mágica influencia por el orbe. Una de aquellas brisas vino a topar, en la inmensa estepa castellana, con un lugar perdido de Soria. El niño Marcelino estaba por nacer, en un humilde hogar de ferroviarios, junto a las vías del tren. Los hados se conjuraron con la naturaleza, la locomotora del futuro paró un instante para que se apeara el pasajero del porvenir.

Revolucionario de estirpe, Eulogio Marcelino Camacho Abad nació en Osma-La Rasa el 21 de enero de 1918, hace hoy noventa esplendorosos años. Entre el llanto desconsolado del bebé que abandona el vientre materno y el aniversario del anciano luchador, cabe una vida plena, la biografía de un hombre del pueblo.

La resistencia encuentra su referente ético imprescindible en Marcelino Camacho. Radical desde la cuna, cargado de Razón, fuerte y valiente, porque siempre supo que él sólo era uno más, parte indivisible de la clase trabajadora. Comprometido con los suyos, cuando decidió echarse a los hombros el peso de la libertad, era sólo un chavea, un mozo de apenas 17 años.

1934-1935. La República embarrancaba, dominada por las derechas. Asturias se sublevaba, alegre y sucia, lanzando el carbón de sus minas sobre el terno impecable de la burguesía. El gobierno respondió con fiereza, trasladando por primera vez tropas coloniales a territorio peninsular. El terror legionario anticipó la tragedia de la guerra civil. Los novios de la muerte sentenciaron con vileza el dilema eterno de la revolución española.

El pueblo español debía liberarse de sus cadenas, lo que le iba a costar carísimo. La reacción iba a ser implacable. Es entonces cuando Marcelino decide convertirse en militante del PCE y afiliarse a la UGT (probablemente porque antes se lo impedían por motivos de edad). En esos momentos, algunos de sus coetáneos, como Santiago Carrillo o Fernando Claudín, ya ocupaban puestos directivos en las Juventudes Socialistas.

La lucha de clases desembocó en guerra civil en el verano del 36. Tras descarrilar un tren y refugiarse en Madrid, Marcelino ingresa en lo que luego fue el Ejército Popular de la República (EPR). Camacho no ejerció cargo alguno durante la contienda, a diferencia de otros no tuvo mando en plaza en el período 1936-1939. Peleó como soldado raso en la 29º división del EPR, al mando del teniente coronel David Alfaro Siqueiros, el gran muralista mexicano que atentó en una ocasión contra León Trotsky.

En las postrimerías del conflicto, fue hecho preso por los casadistas, que llenaron los penales de comunistas, para tener rehenes que ofrecer al Caudillo. Huido de la cárcel, cazado esta vez por los nacionales, inició la andadura interminable por presidios y por campos de concentración.

Condenado a trabajos forzados, enviado al Marruecos español, eslabón de la cuerda de presos que construía el ferrocarril Tánger-Fez. Precisamente, la vía del tren, la misma que escuchó atentamente su primer despertar. El destino se cruzaba con Marcelino, que saltaba al interior de un vagón con rumbo desconocido. La locomotora galopaba rabiosa, Marcelino escapaba de los carceleros, cruzando el desierto hasta Argelia.

En Orán le esperaba Josefina. Mujer excepcional, camarada sencilla, nacida de las entrañas de la prodigiosa Alpujarra de Almería (1927). Hija de minero, emigrante africana, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas ya en 1941. Josefina conquistó a Marcelino, al compañero de partido, casi sin darse cuenta, con el trajín del combate por una España libre, irrumpió el amor.

Lejos ya de los raíles, Marcelino se hizo tornero-fresador. Paradigma del obrero autodidacta, del trabajador que aprovecha los ratos libres para estudiar y perfeccionar su oficio, incansable catedrático de los motores.

Josefina Samper y Marcelino Camacho se casaron en 1948. Los hijos no tardaron en llegar: la primogénita Yenia y el benjamín Marcel. Despuntaba 1957 cuando las condiciones objetivas les impulsaron a regresar a la patria: Franco había otorgado un indulto parcial en el que quedaba incluido Marcelino, y la empresa Perkins Ibérica necesitaba un jefe de talleres, un puesto idóneo para el perfil profesional de Camacho. Además, el PCE le encargaba una tarea fundamental: reactivar el sindicalismo de clase en un país aggiornado por el verticalismo.

Hechas las maletas, se cerraba la etapa argelina, ahora tocaba volver a pisar el viejo suelo, recorrer las alamedas de un país hundido en la monotonía cruel del fascismo. Marcelino y Josefina desembarcaron en Madrid, y adquirieron una vivienda barata en el barrio de Carabanchel, techo que todavía les cobija. La España de 1957 no era la de 1939. El rigor militar de la posguerra había aniquilado la vanguardia de la clase obrera. Los cuadros dirigentes de las organizaciones proletarias descansaban en lo hondo de las fosas comunes, rumiaban el trago amargo del exilio, o paseaban su derrota por los patios de las cárceles.

Marcelino tenía que plantar las simientes del sindicalismo posfranquista, intentando recuperar las raíces del movimiento obrero de la República. El convoy aminoró su marcha, y Marcelino saltó a las calles de Madrid, dispuesto a conquistar a los sindicalistas del mañana. Codeándose con tradicionalistas y con hedillistas, usando los locales de los Círculos José Antonio, colaborando con el cristianismo de base, unificando la oposición gremial al régimen.

Aprovechando las grietas del sistema, pactando con fuerzas en principio antitéticas, marxista sin manuales ni academias, heterodoxo y puro a la vez, supo organizar el embrión de Comisiones Obreras, antes de que los grises le capturasen.

Alternando la celda con la fábrica, practicando el entrismo en el Sindicato Vertical, desafiando a las fuerzas represoras, supo Camacho cumplir con su cometido. A Comisiones la destetaron entre Marcelino, su entonces fiel Julián Ariza, Nicolás Sartorius, el cura Paco, y otros muchos currantes anónimos. Marcelino siempre concibió Comisiones Obreras (CCOO) como un sindicato asambleario, como una unión de sindicatos, con funcionamiento y planteamientos democráticos. El pluralismo dentro de la necesaria unidad de acción, como pilar fundamental del sindicato clasista.

La década de los 60 fue fructífera para Marcelino. Y también dura, muy dura. La prisión le apartó físicamente de la familia, que no dejó de apoyarle ni un segundo. Las visitas de Josefina se sucedían, mientras los hijos se iniciaban en el activismo antifranquista. Josefina formó parte del frente de las mujeres de los presos políticos, atosigando a los prebostes de la dictadura con visitas inoportunas y peticiones de clemencia y de justicia.

La dirección del PCE, radicada en Moscú, se fijó pronto en aquel soriano intrépido, que parecía estar hecho de acero. Elegido miembro del Comité Central en 1965, viajó a París, donde conoció a Dolores Ibárruri Pasionaria, y al novísimo secretario general, Santiago Carrillo. Éste último, tres años mayor que Marcelino, era el amo del aparato del Partido desde el suicidio de José Díaz (1942). Santiago casi no pisó el frente y vivió la guerra en una cómoda butaca mientras la leal militancia naufragaba en el campo de batalla. Seguro que Carrillo catalogó a Camacho como un enemigo a batir, un obstáculo en su inevitable carrera hacia el éxito.

Josefina tuvo que acostumbrarse a la presencia diaria de un coche camuflado de la policía frente al portal de su casa. Tuvo que lidiar con ciertas llamadas anónimas que perturbaban la tranquilidad del domicilio, a altas horas de la madrugada. Tuvo que soportar la chulería de los polis fascistas, el descaro de los jueces injustos, la insolencia de las autoridades del jodido régimen. Y resistió.

Las huelgas de hambre iniciadas por Marcelino y sus compañeros como método de protesta contra el aislamiento carcelario, pusieron en permanente tensión a los directores de los penales, que no cesaban de trasladarlos de uno a otro presidio. Las perolas de comida, cocinadas por Josefina alimentaron a más de una generación de presos políticos, separados de parientes y amigos, tristes pero esperanzados.

El 20 de diciembre de 1973, la ETA asesinó al presidente del gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco, brazo derecho del Generalísimo. En esa jornada Marcelino era juzgado junto a Sartorius, Saborido o Acosta por el Proceso 1001. La noticia del atentado irrumpió en el juicio tal si fuera un reguero de pólvora, calentando los ánimos de los ultras presentes en la sala, que llegaron incluso a enseñar las pistolas, aterrorizando a los familiares de los sindicalistas. La calma chicha impidió que ocurriera cualquier desgracia, para la infinita suerte de los militantes de CCOO. La curiosa coincidencia entre la fecha del magnicidio y el día de la vista, no hace sino remover las sospechas que pesan sobre aquella acción armada, que privó al dictador de su principal delfín, no sin poner en peligro las vidas de los del 1001.

Menos de dos años después, el 20 de noviembre de 1975, Franco dejó este mundo. Marcelino Camacho permanecía preso en aquellos momentos, en la cárcel de Carabanchel, a tiro de piedra del piso en el que vivían Josefina y Marcel, ya que Yenia se había casado y residía con su pareja en un inmueble cercano. Juan Carlos de Borbón subía al trono, amnistiando a varios miles de presos antifascistas. En el lote iban incluidos Marcelino Camacho, Simón Sánchez Montero y Luis Lucio Lobato, los tres principales dirigentes comunistas del interior.

El monarca mantenía al presidente Carlos Arias Navarro al frente del gobierno. Este siniestro personaje, apodado Carnicerito de Málaga, por su trágica actuación como fiscal militar en la capital mediterránea nada más comenzada la tiranía, obedecía las órdenes del clan Franco. Todavía pasaría Camacho una temporada más en Carabanchel, tras detenerle la policía en mayo de 1976, cuando se encontraba en plena reunión de Coordinación Democrática, la gran plataforma que agrupaba a la oposición.

En julio de aquel 1976, el rey colocó en la jefatura de gobierno al joven falangista Adolfo Suárez, ex ministro secretario general del Movimiento (partido único del franquismo). La operación de reforma pactada del régimen necesitaba un piloto más acorde con las circunstancias. Las altas instancias internacionales que patrocinaban el proceso así lo exigían. De esta magistral tacada, la oligarquía aseguraba su inmenso patrimonio, obtenido a costa de la sangre, el sudor y las lágrimas de los trabajadores españoles.

Los dos partidos mayoritarios de la izquierda (PSOE y PCE) se avinieron a consensuar el nuevo estado de las cosas con las fuerzas reformistas del franquismo. Por mucho que las bases murieran en las manifestaciones, asesinados por los grises o por los incontrolados de la ultraderecha, por mucho que se proclamara la ruptura a voz en grito, la reforma fue ganando adeptos, allanando el camino del juancarlismo.

Tres décadas más tarde, es fácil juzgar a los protagonistas de aquellas horas. Es sencillo caer en el extremismo, en la autocomplacencia, lo difícil es resituarse en esos tiempos inciertos, con un Ejército fascista al acecho, con una URSS que no quería el socialismo para España, con un pueblo sumiso y aleccionado por los propagandistas del dictador. Los líderes que preconizaban la ruptura, cómo el notario Antonio García-Trevijano, fueron rápidamente desplazados de la primera línea política. Marcelino tragó, tragó mucho, sujeto a la férrea disciplina de partido, confuso a veces, sabedor de que el proletariado español se contentaba con un buen maquillaje, un remozado de la fachada estatal.

Elegido diputado en las primeras elecciones legislativas tras 40 años (15 de junio de 1977), reelegido en el 79, mantuvo el escaño hasta enero de 1981, cuando decidió abandonar la política parlamentaria y centrarse en la dirección de CCOO. Secretario general de la Confederación Sindical de Comisiones Obreras desde 1976 hasta 1987, firmante de los controvertidos Pactos de La Moncloa, duro adversario de los gobiernos socialistas de Felipe González, relaciones siempre ambiguas con la UGT, ...

En 1987, el sindicato había logrado convertirse en la fuerza hegemónica del mundo laboral de nuestro país, tras superar escisiones izquierdistas y bandear las bravuconadas carrillistas, con mano izquierda y sentido de la unidad. Marcelino, que tenía ya 69 años, sintió que había llegado la ocasión de pasar el testigo a cuadros más jóvenes y mejor preparados. Su candidato para sucederle era Agustín Moreno, un profesor de instituto treintañero, militante además del PCE. Moreno declinó el ofrecimiento de Camacho, y la secretaría general recayó en Antonio Gutiérrez, entonces también comunista, hoy diputado del PSOE.

La nueva ejecutiva de Comisiones acabó marginando a Marcelino, expulsándolo incluso de la presidencia honorífica del sindicato en 1995. La deriva neoliberal de CCOO es hoy mucho más acusada, siendo su actual secretario general, el médico José María Fidalgo, amigo personal del ex presidente Aznar.

Marcelino es hoy un obrero jubilado, un habitante más del populoso Carabanchel Bajo, un abuelo comunista que saborea cada mañana el café y las magdalenas que le prepara Josefina. Su antiguo camarada, Santiago Carrillo, es una estrella mediática, el apóstol de la Santa Transición, que conoce al dedillo platós televisivos y estudios radiofónicos. Para la izquierda zapaterista Don Santiago es una autoridad en cualquier materia, y Marcelino sólo una anécdota.

90 eneros cumples hoy, compañero. 90, se dice pronto. Eres uno de mis referentes, el referente de miles de comunistas, la viva estampa de la honradez obrera. Sin tu ejemplo, la honestidad y la dignidad no significarían lo que significan. Sin tu largo recorrido por el siglo XX, estaríamos más huérfanos.

Te rindieron un homenaje algo desangelado, a la medida del sindicalismo de servicios que ahora padecemos. Te merecías muchísimo más, querido Marcelino. 14 años de cárceles y campos de concentración, más de 15 de exilio, de emigración como tú la llamas. Multitud de premios y condecoraciones, sobre todo el de la Coherencia, que te otorgaron los mineros palentinos de Guardo, que lo tienes en tu casa como oro en paño.

Josefina sigue ahí, octogenaria y cariñosa, atenta a su Marcelino, corajuda y fantástica mujer obrera. Yenia y Marcel os han dado muchos nietos, herederos de vuestra tradición guerrera. Creo que Yenia sigue de jefa de Medio Ambiente en el Ayuntamiento de Coslada y Marcel de asesor del Consejero de CCOO en RTVE.

Recuerdo con exactitud las fechas de mis tres visitas a vuestro domicilio: 25 de febrero de 2006, 10 de agosto de 2006 y 1 de enero de 2007. Manías con el calendario que tiene uno. Os agradezco desde esta tribuna digital vuestra hospitalidad, la dulce manera en que habéis aguantado mis preguntas, impertinentes quizás, deseosas de conoceros mejor seguro. Un abrazo camaradas.

El tren acelera su marcha, sigue atravesando las llanuras de esta España aburguesada, sigue tronando por mares y océanos, levanta el vuelo hacia la Luna, el maquinista va saludando al buenazo de Marcelino, que descansa un rato, para luego echar a andar, cogido del brazo de Josefina. A la vera de la revolución, en la vereda de las estrellas, brilla Octubre. En un segundo, un minuto, un siglo, estaremos en el Palacio de Invierno.

lunes, enero 14, 2008

El crepúsculo del poeta

Apuntes y delirios en torno al fallecimiento de Ángel González (1925-2008).


Y el poeta exhaló el último suspiro, en la madrugada del sábado 12 de enero de 2008. La palabra perdía así a uno de sus más fructíferos alfareros, según opinan propios y extraños. Yo, que nunca he sido muy aficionado a la poesía, que no he aspirado el aroma de las flores del mal ni me he visto tentado por la realidad ni por el deseo, no tengo ningún derecho a calificar los versos de Ángel González.

Desespera comprobar, que tras cada muerte, se suceden los mismos elogios, las mismas declaraciones huecas, los mismos sollozos, la interminable procesión de lágrimas de cocodrilo. No importa que el finado sea de derechas o de izquierdas, del Atleti o del Madrí, catalán o vascongado, amigos y enemigos pugnarán por dorar la píldora del que ya no está, del que no puede decir esta boca es mía.

La sociedad del espectáculo requiere de estos circos lamentables para sobrevivir, necesita como agua de mayo un funeral encopetado de vez en cuando. Los curritos tienen que aprender que la vida se acaba, que el carnaval se agota cuando se empeña la biología. Loas al ausente, sobredosis de azúcar, buenos sentimientos, que lástima de palmarla para que luego lamenten la desgracia los cuatro paniaguados de turno.

A pesar de ser hincha del equipo prosaico (que no prisaico), conocí en persona a Ángel González, en el mes de diciembre de 2002, en el marco de la celebración del centenario de Rafael Alberti. Yo acudí a aquella cita, fundamentalmente, para ver y escuchar a Joaquín Sabina, que se anunciaba iba a hacer presencia en el ceremonial. Sabina no estaba sólo, sus amigos de la última hora, los "poetas líricos", completaban el elenco.

Desfilaron por la nave central del Hospital Real de Granada, sucesivamente, Luis García Montero, Almudena Grandes, Benjamín Prado, José Manuel Caballero Bonald, Felipe Benítez Reyes, Enrique Morente, y los ya mencionados. Recordando al maestro Rafael, desgranando vivencias comunes, anécdotas, cantando, recitando, se consumió el acto. Joaquín se escabulló pronto, abandonando el recinto de puntillas, siendo perseguido por legiones de fans hasta el hotel donde se alojaba, en la cercana Gran Vía de Colón.

Con el flaco de Úbeda fuera de combate, conseguí agarrar del hombro a unos desprevenidos Ángel González y Caballero Bonald, que estaban desfallecidos tras superar tremenda escalinata. Sendas fotografías con los ancianos, que corrieron a refugiarse tras una puerta de madera maciza que sujetaba el siempre caballero Luis García Montero. Punto y final. La lírica se desvaneció tras los goznes del portón, y por mucho que jovencitas y jovencitos intentaran localizar al cantautor canalla, un correcto Luisito les supo cerrar el paso.

El menda, contento tras capturar el alma de dos cándidos artistas con la sufrida cámara analógica, feliz tras haber captado al mágico Sabina en compañía del catedrático Juan Carlos Rodríguez (ese marxista a un sombrero pegado), se largó con viento fresco.

Han pasado cinco años desde entonces. Ahora ya no uso el peine, no por falta de ganas sino por escasez de folículos capilares, calzo otras gafas, y sobre todo, he dejado 40 kilos en el camino, 40 razones que han cambiado mi cotidianeidad. El instituto y la facultad quedaron atrás, no soy el hombre nuevo que predicaba Guevara, pero tampoco aquel gordito introvertido que se escondía tras un careto de pan de Alfacar.

Entre el hoy y el ayer, entre la foto y la esquela, descubrí más datos de la biografía del vate asturiano. Leyendo Caza de Rojos, esa espléndida novela negra de José Luis Losa, surge un Ángel misterioso, un James Bond castizo que comparte mujer con el general Jorge Vigón, ministro de Obras Públicas (1957-1965), y paisano suyo. El poeta es militante del PCE, un clandestino más en el frío pedregoso del franquismo, atraído al Partido por el camarada Federico Sánchez, sosias de Jorge Semprún.

La cantera intelectual comunista era impresionante: Armando López Salinas, Antonio Ferres, Jesús López Pacheco, Juan García Hortelano, Juan Goytisolo, Juan Marsé, Francisco Rabal, Juan Antonio Bardem, Ricardo Muñoz Suay, Pepe Ortega, ... La expulsión de Semprún del PCE en 1964 arrastraría a algunos de estos nombres hacia las tinieblas exteriores. Comenzaron las deserciones a la vez que Santiago Carrillo homogeneizaba el Partido a su imagen y semejanza. Luego vino la Primavera de Praga, los tanques soviéticos reventando el socialismo de rostro humano, lo que no hizo sino confirmar la desbandada general.

Ángel González escogió el exilio universitario, al igual que Ferres o López Pacheco. Franco se extinguió en la cama, perpetuándose su régimen en la subsiguiente monarquía. Regresaron los desterrados, se legalizaron los partidos políticos de oposición (no todos), se amnistió a los jerarcas fascistas, se impuso la amnesia por decreto, consolidándose un Estado mediocre y aburrido, dominado por la gran banca.

Cuentan los periódicos que Ángel no llegó a volver de todo, residiendo a caballo entre España y los Estados Unidos, donde enseñaba Literatura en la Universidad de Alburquerque. Hizo buenas migas con el clan de García Montero, recuperando la amistad de Pepe Caballero Bonald, veraneando el grupo en la costa gaditana.

Con respecto a este conjunto de amigos dedicados a la poesía y a la narrativa, les recomiendo lo que Rafael Reig, el nuevo enfant terrible de las letras españolas, les dedicó en Público el día de Reyes. Empieza así la cosa: "el poeta asturiano editó este año un doble álbum recopilatorio de sus temas más conocidos, grabados en directo en varios polideportivos, acompañado de las grandes figuras de la poesía y las artes, con las que interpreta duetos, todos abrazados sobre el escenario y a menudo con pegatinas contra la guerra y contra el catarro. Les sobran los motivos (y los ombligos, a cuya contemplación se dedican numerosas páginas)".

Destila mala leche el texto de Reig, una ironía incisiva y totalmente necesaria, porque este singular conjunto de progres ya cansa. Cansan sus buenas maneras, su izquierdismo elitista, su servidumbre al dios Prisa. En Granada, mi perra y facciosa ciudad, entre Luis García Montero, poeta oficial y oficioso del reino, y su hermano pequeño Juan, que es concejal de Cultura por el PP, la política cultural es una merienda de negros. La actitud de Luisito para con el mercenario cubano Raúl Rivero es digna de mención, esperpéntico ejemplo de la degradación de la gauche divine.

En 2004, Ángel González ganó la primera edición del Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca-Ciudad de Granada. Es preciso reseñar aquí lo dicho por el también profesor de Literatura de la Universidad de Granada, José Antonio Fortes, en una conflictiva reunión departamental en la que se enfrentó abiertamente a García Montero. Fortes calificó de apaño entre Luis y su hermano Juan la concesión del citado Premio, según relata Ideal . Posteriormente, Montero le replicó con maldad en El País .

El poeta feneció en fin de semana, sus deudos le lloran, sus lectores le repasan, los demás seguimos resistiendo, con más pena que gloria. En fin, un abrazo gente.

lunes, enero 07, 2008

La confesión de Omar Sharif

Una aproximación muy particular a ¡Che! (Richard Fleischer, 1969)


Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.

(Julio Cortázar)

Yuri Zhivago ya no tiene el brío de antes. Cabellos blancos, gafas de ver, la mirada perdida, sólo es un anciano de 75 años, ajada gloria del séptimo arte. Demasiado aficionado al bridge, dilapidó su fortuna en los casinos y salas de juego de medio mundo. Violento y alcohólico, agresor de policías y de aparcacoches, sus últimas declaraciones me tomaron por sorpresa.

A principios del pasado mes de diciembre, navegaba por el portal bolivariano Aporrea.org cuando reparé en el siguiente titular: “Omar Shariff se arrepiente de haber interpretado al Che en una película manipulada por la CIA” . Intrigado, pinché la noticia y la leí. Daba la casualidad de que esos días me estaba descargando en Emule ¡Che! (Richard Fleischer, 1969) , el film al que se refería Sharif .

Hace unos cuantos años, tuve la oportunidad de visionar ¡Che!, gracias a una promoción del diario El Mundo. Conservo todavía la cinta VHS, arrumbada en el fondo de un armario. La rescato en esta ocasión para revisar el texto que figura en la carátula, pergeñado por el escritor argentino Horacio Vázquez Rial. Este caballero, que actualmente ejercita su pluma en el libelo digital del infame FJL , define la película de Fleischer como "un intento, loable en el marco de la política de bloques, de rescatar al Che y situarlo por encima de la contienda".

Permítame disentir de su opinión, señor Rial. Estoy más de acuerdo con el propio Sharif, que, según recoge Radio Cooperativa , considera este trabajo como el peor error de su vida, ya que fue "enteramente manipulado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA)". Añade el actor egipcio que su papel de Che tuvo cierta dignidad, debido a que él lo había exigido en contrato, pero que "el Fidel Castro que interpretó Jack Palance y la película en general (dirigida por Richard Fleischer) resultó un producto fascista".

La conclusión de Omar Sharif es que "la CIA estaba detrás, querían hacer una película que agradara a los cubanos de Miami y yo sólo me di cuenta al final". Atina bastante Sharif con esta inspirada afirmación.

Ahora que he tenido la oportunidad de ver de nuevo ¡Che!, voy a intentar desgranar las claves de esta obra cinematográfica, sin destriparla. Richard Fleischer concibió el film como un falso documental, plagado de supuestos testimonios reales sobre Guevara. Durante todo su metraje, una serie de personajes relatan sus encuentros y desencuentros con el guerrillero argentino.

Comienza ¡Che! contraponiendo las palabras de dos cubanos, uno taxista en Miami y el otro, oficial en el Ejército Rebelde. El primero culpa al Che del fusilamiento de su hermano, mientras que el segundo proclama entusiasmado que Guevara le enseñó a leer, siendo el gran responsable del florecimiento educativo en la Cuba revolucionaria. A partir de aquí, las opiniones del militar cubano se alternaran con las de dos opositores a la Revolución, antiguos combatientes y colaboradores de la causa fidelista, y con las de dos de los hombres que secundaron el sueño guevarista de asaltar los cielos bolivianos.

A principios del filme, el Che-Sharif tiene que escoger entre la medicina y el combate, abandonando a los heridos a su suerte y arremetiendo victoriosamente contra las tropas batistianas. Cuando los barbudos descubren la existencia de un traidor entre los suyos, es Ernesto-Omar el que lo asesina fríamente, sin esperar al juicio que proponían Fidel o Raúl.

Fidel Castro-Jack Palance es un segundón en el film, un obtuso comandante, que depende cada vez más del médico rosarino, del que se burlaba tras el desembarco del Granma. Fidel-Jack es un ser vacío, carente de ideas propias, un estratega desastroso, algo confuso ideológicamente. Un adicto a los puros, a la benzedrina y al coñac, que desfila por La Habana enfervorecida, el 1 de enero de 1959, gozando de las mieles del éxito, mientras el Che-Sharif fusila a los criminales de guerra de Batista, sufriendo los sinsabores del triunfo.

Hasta Horacio Vázquez Rial reconoce que Fidel-Jack es "mucho menos inteligente, mucho menos sutil, mucho menos políticamente hábil que el Fidel real, probado por cuarenta años de poder". El devenir de la Revolución Cubana, vivita y coleando medio siglo después, superviviente del naufragio soviético, pese a los vaticinios de sus detractores, demuestra lo absurdo del papel de Jack Palance. Fidel Castro Ruz es, sin duda, una de las mentes más lúcidas de la actualidad, analista incisivo de la realidad realmente existente, tras su enfermedad y retiro de la primera línea.

Ernesto Guevara-Omar Sharif es un visionario, un mesías del comunismo, un apóstol de la violencia, cuyos ojos están casi inyectados en sangre. Rechaza las peticiones de clemencia de un sacerdote y de un comandante revolucionario (Huber Matos, o quizá Eloy Gutiérrez Menoyo), acribillando a los batistianos en La Cabaña. Recomienda a Fidel la creación de una milicia popular, presta a defender las conquistas sociales de la Revolución. Se enfrenta al Comandante en Jefe tras la retirada de los misiles soviéticos, exigiéndole que se apodere de ellos, para tener así en sus manos a los dos imperialismos, el yanqui y el ruso.

Hablando de la crisis de los misiles, ¡Che! deja caer que la instalación de estos fue una iniciativa del propio Guevara-Sharif, mencionando únicamente de pasada la invasión de la Bahía de Cochinos. De esta fraudulenta manera, Cuba aparece como agresora, como amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos. No menciona el filme que si Cuba aceptó la propuesta soviética de colocar allí las lanzaderas y los misiles fue como respuesta al embargo y al terrorismo anticubano, decretados desde la orilla izquierda del río Potomac.

Richard Fleischer adolece de maniqueísmo, fomentando la dicotomía inexistente entre Ernesto Guevara y Fidel Castro. Esta versión del desafío verdeolivo se ha convertido en uno de los pasatiempos preferidos de la contrarrevolución, y también de algunas izquierdas, que ensalzan al argentino y ningunean al cubano. Castro-Palance renuncia a la revolución mundial, desecha el internacionalismo y se centra en la dirección del socialismo isleño. Guevara-Sharif, molesto para los soviets y peligroso para los usamericanos, parte de Cuba hacia Bolivia, dispuesto a que el tableteo de ametralladoras impusiera el amanecer de una nueva América.

Olvida ¡Che!, que el Guerrillero Heroico fue teórico a la par que hombre de acción, que probó la selva congoleña antes de perecer en el Altiplano boliviano. No recuerda, o no quiere recordar, que Fidel apoyó la táctica foquista del Che (¿Quién no ha oído hablar del castroguevarismo?), proporcionando armas y soldados para la aventura insurgente.

Los delitos del Che son achacables a Fidel, y viceversa. Es un paquete, o todo o nada. Considero más sincera y más leal la actitud de aquellos que difaman al dúo que la de quiénes critican el régimen cubano vestidos con una camiseta del Che. No soporto las medias tintas, prefiero distinguir bien al enemigo, saber hacia donde tengo que apuntar la malafollá*.

La guerrilla boliviana del Che Guevara es analizada en ¡Che! desde dos puntos de vista divergentes: el de un guerrillero boliviano, cabreado con Guevara-Sharif por su racismo antiindígena y el de un cubano, interpretado por el actor afroamericano Woody Strode, protagonista de El Sargento Negro (John Ford, 1960). Strode podía estar interpretando a Pombo o a Urbano, los dos únicos supervivientes afrocubanos de la emboscada de la Quebrada del Yuro.

En esta postrera gesta, Che-Omar es más que nunca un santón, un iluminado consumido por el asma, que desobedece el mismísimo manual de La Guerra de Guerrillas, lo que precipita su fin. ¡Che! muestra la reunión de Guevara-Sharif con Mario Monje, secretario general del Partido Comunista Boliviano en los 60. Este sujeto, que entorpeció en cuanto pudo las acciones guerrilleras, era un títere de la URSS, un alfeñique ortodoxo, cipayo del estalinismo desestalinizado.

La participación de la CIA en la caza y captura del Che Guevara se oculta deliberadamente, incluso se niega. Gary Prado, capitán de los rangers bolivianos, es el responsable directo del asesinato de Guevara-Sharif, siguiendo ordenes de instancias superiores (el nombre del general René Barrientos, presidente del país en aquellas fechas, no se escucha en ¡Che! ). Lo que sí refleja este producto hollywoodiense es el nacimiento del mito de San Ernesto de la Higuera, alimentado por los mismos campesinos que le habían denunciado.

¡Che! fue un instrumento al servicio del imperialismo yanqui, que utilizaba el cadáver oculto de Guevara para arremeter contra Fidel Castro, primer ministro de una Cuba amenazada, aliado firme de la Unión Soviética, alianza vital que permitía al pueblo cubano no morirse de hambre. ¡Che! provocó que ardiera un cine en Paris, y que los cócteles molotov no faltaran en las salas de Chile o Argentina. Aún así, era muy pero que muy roja para el sector más ultraconservador de Yanquilandia.

El director de este fiasco (en taquilla y en el buen gusto de los cinéfilos) fue Richard Fleischer (1916-2006), responsable de maravillas tales como Los Vikingos (1958), El Estrangulador de Boston (1968) o Cuando el destino nos alcance (1973). La carrera de Fleischer estuvo trufada de bodrios alimenticios, esos que ayudan a los asalariados del cine a mantener el césped recortadito, o a pagarle unas tetas nuevas al ligue de turno.

No es necesario que les presente a Omar Sharif. Muchos recordarán Doctor Zhivago (David Lean, 1965), su papel cumbre, que le instaló de por vida en el corazón de las gentes. Precisamente, la persona que dio a conocer la novela de Boris Pasternak a nivel planetario fue el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, que además publicó en primicia el Diario de Bolivia, de Ernesto Guevara de la Serna. Feltrinelli, militante del Partido Comunista Italiano, hizo mundialmente famosa la foto que Alberto Korda le tomó al Che durante el funeral por las víctimas del atentado terrorista contra el vapor La Coubre, en marzo de 1960, al colocarla en la portada del citado Diario. Encontramos así una nueva conexión entre Omar Sharif y Che Guevara: el desgraciado Giangiacomo Feltrinelli, que moriría trágicamente en 1972 cuando intentaba volar una torre de alta tensión a las afueras de Milán. El millonario de los libros, el impecable compañero de viaje del PCI, fallecía guevarista, guerrillero imposible.

Este torrente de pensamientos, plasmados en este blog, que ya es más suyo que mío, surgió con la postrera confesión de Omar Sharif, el Yuri Zhivago de nuestra memoria sentimental. Salud Omar, cuídese usted. Las viejas estrellas nunca se apagan, por más que les pese a algunos.

*Dícese de una cualidad inmaterial e inherente a todo granaíno. Viene a ser como una mezcla de apatía, desgana y lo contrario de simpatía.