miércoles, mayo 28, 2008

Cancelada la charla-coloquio con Antonio Romero

La charla-coloquio de Antonio Romero, prevista para mañana, ha sido suspendida, y todavía no se ha fijado una fecha para la nueva cita con el político malagueño. Les dejo, de momento con el email de UCAR, por el que se nos informó de la noticia:

"Os comunicamos, que por cambios de última hora en la agenda del ponente, Antonio Romero, posponemos la charla coloquio que temiamos prevista el próximo jueves.

Lamentamos esta suspensión y os comunicaremos la nueva fecha para esta actividad. Aprovecho para recordaros que estamos trabajando en la elaboración de actividades para el próximo curso y que os enviaremos el calendario.

Un saludo.

José Luis García Puche.

Presidente de UCAR-Granada."

domingo, mayo 25, 2008

Momentos republicanos

Copio y pego a continuación la invitación al acto que organiza UCAR-Granada este próximo jueves 29 de mayo, y del que les daré cuenta en este blog:

"Como ya os adelantamos en el último correo, para el próximo día 29 de mayo organizamos una charla coloquio sobre 'Municipalismo y República' para lo que contamos con la presencia de Antonio Romero, activista de la red de municipios por la III REPÚBLICA.

Esperamos vuestra asistencia y vuestra participación en esta actividad que puede ser del interés de los que trabajamos por los ideales republicanos.

José Luis García Puche.

Presidente de UCAR-Granada.

CHARLA COLOQUIO: MUNICIPALISMO Y REPUBLICA.

LUGAR: ATENEO LIBERTARIO (SEDE DE LA CGT), CALLE FRIBURGO S/N BAJO. (CERCA DE ALCAMPO).

DIA Y HORA: JUEVES 29 DE MAYO A LAS 20 HORAS."

Para ir abriendo boca, les cuelgo algunas fotos del último 14 de abril, en memoria, una vez más, del general republicano Emilio Herrera Linares:







martes, mayo 20, 2008

Contra Felipe, contra Aznar


No he podido resistir la tentación de traducir al teclado la impresión que me ha producido esta fotografía. Apareció en la portada del diario Ideal, el viernes 9 de mayo. Es una foto de la agencia Associated Press, según refleja la nota al pie.

Esta mañana, rebusqué en la bolsa de los periódicos viejos, consiguiendo rescatar el ejemplar del día 9, encaminándome acto seguido al escáner con paso firme. No pueden negar, compañeros lectores, que este juntaletras se desvive por complacerles.

El reportero que captó esta instantánea ha demostrado poseer un gran olfato noticioso, ha hecho historia inmortalizando el apretón de manos entre Felipe González y José María Aznar, ambos ex presidentes del Gobierno del Reino de España.

El inesperado encuentro tuvo lugar durante el funeral de Estado por el también antiguo jefe de Gobierno, Leopodo Calvo-Sotelo, recientemente fallecido. En las exequias del prohombre, curiosamente sobrino del Protomártir, se saludaron los dos próceres, enemigos irreconciliables durante siglos.

Este mínimo acercamiento no significa que Felipe y Aznar sean amigos ahora. Su relación personal ha sido nefasta desde que el joven Aznar sucedió a Manuel Fraga como líder del PP, en 1989, cuando Felipe González llevaba 7 años ejerciendo la presidencia. Han pasado dos décadas y los dos continúan siendo protagonistas del teatrillo político español.

Felipe González Márquez (Sevilla, 1942), saltó espectacularmente a la fama en el Congreso socialista de 1974, celebrado en la ciudad francesa de Suresnes. Apenas faltaba un año para la muerte del general Franco y la cercanía del hecho biológico inevitable* se palpaba en el ambiente. De manera sorprendente, el clan de los sevillanos se apoderó sin problemas del aparato del PSOE, arrinconando a los históricos del exilio. Así se cumplía uno de los puntos clave del intrincado guión escrito para la España posfranquista por los poderes fácticos internacionales.

Carismático, campechano, populachero, Felipe conectó con gran parte del proletariado celtibérico. El PSOE representaba la juventud frente a un PCE dirigido por ancianos, protagonistas directos de la guerra civil. La dialéctica incendiaria de Felipe sobrepasó por la izquierda el mensaje moderado de Carrillo. La Transición iba alcanzando sus propósitos finales, el PSOE se convertía en el gran granero electoral de la izquierda y el PCE se conformaba con las migajas del pastel.

Tocado y hundido Adolfo Suárez, el breve paréntesis de Calvo-Sotelo sirvió de rampa de lanzamiento del felipismo. El último Ejecutivo ucedista introdujo a España en la Alianza Atlántica y rectificó el desorden autonómico, dos aspectos fundamentales para que el Régimen juancarlista obtuviera el definitivo beneplácito del Mercado. El 28 de octubre de 1982, el PSOE ganó de calle las elecciones generales, con casi el 50% de los votos emitidos, logrando una holgada mayoría absoluta.

Muchos trabajadores ilusos creyeron que con este triunfo, la izquierda se resarcía de la derrota militar del 39, abriéndose la vereda para la transformación socialista de la piel de toro. Aquellos sueños quedaron hechos añicos, con el correr de los meses.

El felipismo traicionó la confianza del pueblo español, demostrado quiénes eran sus verdaderos amos. La socialdemocracia liberal apuntaló los privilegios de las misma fuerzas telúricas que habían sostenido el franquismo.

La Ley Orgánica 8/1985, de 3 de julio, Reguladora del Derecho a la Educación, estableció el sistema de conciertos con la enseñanza privada, a través del cual, se financia con dinero público la educación religiosa católica. El PSOE contentó así a la Iglesia Católica, la misma institución medieval que había paseado bajo palio al Caudillo.

El referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, de fecha 12 de marzo de 1986, selló el compromiso histórico del PSOE con el imperialismo norteamericano. El viraje pesoísta desde el antiotanismo hasta llegar a falsificar el resultado de la consulta para que ganara el Sí (como ha denunciado hace poco Antonio Romero), reactivó a la izquierda anticapitalista, que se agrupó en Izquierda Unida, ejerciendo de alternativa al pragmatismo felipista. Nos quedamos en la OTAN, renunciando a la no alineación, fórmula que incluso intentó Suárez, lo que le acabó costando la presidencia.

La guerra sucia contra ETA, promovida desde la cúpula del Ministerio del Interior, se saldó con 27 asesinatos y muchos daños colaterales de por medio. Las acciones terroristas de los GAL facilitaron la corrupción dentro del entramado de Interior y encumbraron a joyitas de la talla de Pedro J. Ramírez, adalid del periodismo de información, vetusto liberal de influencias insospechadas. El PSOE se agarró a la razón de Estado para justificar la violación de los derechos humanos en Euskadi, siguiendo la gloriosa tradición de la dictadura fascista.

Bajo el influjo de la revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el Gobierno pesoísta introdujo el neoliberalismo en nuestra maltrecha economía, reconversión industrial mediante. Desempleo, contratos basura, flexibilización laboral, precarización, mastodónticos beneficios empresariales, conceptos que aprendimos a digerir, telediario a telediario. La contundente política antiobrera de Felipe llevó a la insubordinación a la UGT (sindicato hermano del PSOE), que se sumó a la convocatoria de huelga general del 14 de diciembre de 1988.

Al año siguiente, el felipismo revalidaba la mayoría absoluta, aunque con menor margen de maniobra. El candidato perdedor se llamaba José María Aznar. A primera vista, un hombre opaco, falto de carisma, sin ninguna pizca de sentido del humor, escondido detrás de un bigote. De profesión inspector de Hacienda, presidente de la Comunidad Autónoma de Castilla y León (1987-1989), de familia franquista y opusdeísta (por parte de su esposa, Ana Botella), nunca se imaginó Manuel Fraga que semejante charlotín iba a conseguir sin ni siquiera despeinarse lo que él tanto había añorado y ni había podido rozar: la jefatura del Gobierno.

José María Alfredo Aznar López (Madrid, 1953), alegre falangista independiente en sus años mozos, hijo y nieto de lacayos del tirano, pasó desapercibido en la Transición, cuando Felipe ya era un mito. Diputado en 1982 por Alianza Popular (germen del posterior PP), en los comicios en los que el PSOE arrasó, tuvo que esperar hasta el final de la década para enfrentarse directamente al de Sevilla. Fraga se especializó en criar delfines, posibles sucesores, a los que fue descartando conforme su propia estrella política declinaba. Jorge Verstrynge, Antonio Hernández Mancha, Isabel Tocino, Alberto Ruiz-Gallardón, todos y cada uno de ellos pudieron ser lo que Aznar alcanzó en 1989.

Sucesivamente, la prensa fue destapando un rosario interminable de escándalos y casos de corrupción, que afectaban a miembros de las más altas instituciones del Estado. El PP explotó a tope el filón de la corrupción, con la eficiente colaboración de diversos medios de comunicación. Aún retuvo fuerzas Felipe González para derrotar una vez más a Aznar en 1993, en plena crisis económica, estando muy presente el fantasma del paro entre los curritos españoles.

A lo largo de su etapa presidencial, Felipe favoreció los intereses empresariales del grupo Prisa, a la cabeza del cual estaba Jesús de Polanco, otro falangista reconvertido a la causa demócrata. Prisa agradeció los servicios prestados, defendiendo a capa y espada al Gobierno y agrediendo con todos los recursos a su disposición, al principal adversario izquierdista de González, Julio Anguita, coordinador general de la coalición Izquierda Unida.

A la tercera, Aznar ganó. El PP conseguía desbancar al PSOE el 3 de marzo de 1996. La victoria aznarista fue pírrica, superando por muy poco a Felipe. Las malas lenguas no se cansan de repetir que el atentado etarra del que Aznar salió ileso en 1995 favoreció sus aspiraciones electorales. Se ha hablado mucho de aquella acción terrorista...

El primer mandato de Aznar comenzó dulcemente, pactando con los nacionalistas periféricos (vascos y catalanes), a los que antes había denigrado sin piedad. También logró la paz social con los sindicatos, que tantos quebraderos de cabeza habían dado a González. Se dedicó a construir un imperio mediático que favoreciera al PP, para competir con Prisa. Al principio, nombraba a Manuel Azaña (uno de los iconos del republicanismo patrio) en sus discursos.

La estela de privatizaciones de la era Aznar, continuista con respecto a la era Felipe, formó un bloque de empresas dirigidas por amigos personales del presidente, algunos de los cuales se volvieron demasiado díscolos. El patrimonio de todos los ciudadanos españoles se vendía al mejor postor, sin que el manso pueblo soberano dijera esta boca es mía.

Negociando con ETA, hablando catalán en la intimidad, tapando los pelotazos que afectaban a la Corona, atacando a la clase trabajadora, exigiendo reformas capitalistas a Fidel Castro, José María Aznar gobernó este país hasta el 2000.

Tras obtener mayoría absoluta, pudo prescindir de los buenos modales y se quitó el disfraz de centrista. El aznarismo desatado empezó a perseguir al nacionalismo vasco, con toda la potencia de la que era capaz. El líder socialista José Luis Rodríguez Zapatero colaboró con empeño en la sucia telaraña que Aznar y los de su ralea extendieron sobre el País Vasco.

A nivel internacional, Aznar se alineó incondicionalmente con el presidente usaco George Walker Bush, heredero intelectual de Reagan, y retoño legítimo de George Herbert Bush. El antaño joseantoniano se implicaba personalmente en golpes de estado en Venezuela o en Guinea Ecuatorial, contribuyendo a la invasión de Irak con impecable acento texano y maneras de portero de discoteca. La imagen de sumisión al yanquismo que dió Aznar en 2002-2003 permanece grabada en la retina de la gente decente como ejemplo de lo que no debe de hacer ningún mandatario.

La segunda y última legislatura del aznarato reintrodujo la crispación a gran escala en el debate político nacional. El líder supremo no aceptaba las críticas, y acababa descalificando a sus oponentes de manera grosera cada vez que comparecía antes los medios. El decretazo rompió el idilio aznarista con los sindicatos, la catástrofe del Prestige afectó de lleno al PP en su feudo gallego, el accidente del Yakovlev 42 enfrió las relaciones del Gobierno con sectores del Ejército. Si Felipe tuvo su Filesa, Aznar tuvo su Gescartera.

Muchos adquirimos conciencia ideológica frente al aznarismo. El felipismo nos pilló demasiado niños, y fue contra Aznar, contra el que ensayamos nuestra rebeldía. Para la mayoría, sólo fue un paréntesis, ya que ZP los ha domesticado con ese coñazo del talante.

El aznarismo acabó como el rosario de la Aurora, el 13 de marzo de 2004. Dos días después de la masacre de Atocha, un puñado de valientes desafió al Gobierno en las calles, derrotando al Fuhrercito y al sucesor, Mariano Rajoy. El PSOE aprovechó el caudal de votos antipeperos para recuperar el poder. El zapaterismo, un felipismo light, es ya otro capítulo de la historia, que aqui les seguiremos contando.

Aznar y Felipe, Felipe y Aznar, dos fichas intercambiables del Monopoly capitalista, dos enemigos del pueblo, aunque el pueblo esté tan ciego que todavía no lo sepa. El hecho de que permanezcan en libertad y no estén bajo llave y entre rejas, es la prueba más fehaciente de que esto no es una democracia.

La pantomima de Estado de Derecho que sufrimos, queda al descubierto con una simple fotografía. Este breve encuentro desmonta el cuento de hadas que nos repiten cada día desde hace más de 30 años. La Disneylandia borbónica esconde un oscuro patio trasero, adonde desembocan los detritus de la libertad. Allí, el gran titiritero guarda a sus muñecos cuando no los necesita. De vez en cuando, los saca de paseo. Los felipes y los aznares seguirán poblando nuestras pesadillas hasta que no logremos arrancarnos las cadenas que nos separan del futuro.

¡Lo que puede dar de sí una fotografía, si se la estira como a un chicle!

*Se dice que fue el granadino Manuel Jiménez de Parga, posterior ministro de la UCD y presidente del Tribunal Constitucional con Aznar, el que utilizó esta afortunada expresión para referirse sutilmente al fallecimiento de Francisco Franco, años antes de que sucediera tal cosa.

miércoles, mayo 14, 2008

Garras de astracán


La escuché una vez en público, hace ya algún tiempo, y no me agradó nada de lo que soltó por esa boquita de piñón. Compartía mesa redonda con el eurodiputado popular Jaime Mayor Oreja, ministro del Interior del primer gobierno aznarista. Ella era entonces también eurodiputada, pero del Partido Socialista Obrero Español. Creánme si les digo, que a su lado Mayor Oreja parecía un niño de pecho.

La conferencia, a la que acudí alentado por determinado profesor, pues debíamos hacer presencia para poder aprobar la asignatura, trataba sobre la política antiterrorista y de seguridad en el marco de la Unión Europea. Rosa Díez, peliteñida como acostumbra, superó con creces el extremismo derechista de Mayor, recibiendo encendidos aplausos de los estudiantes presentes en el recinto, la mayoría de ellos, jóvenes cachorros del Partido Popular. No tengo ni que decirles que yo no aplaudí. Mi camarada Antonio, al que no le gusta demasiado que le mencione en este blog, tampoco.

Doña Rosita la demócrata, frustradas sus aspiraciones de ocupar la secretaría general del PSOE, relegada al segundo plano de Estrasburgo, acusadora implacable del presidente ZP, entendió que si quería seguir figurando en los papeles, debía abandonar la nave pesoísta, emprendiendo un nuevo rumbo con destino incierto. Lo mismo se podía meter una hostia tremenda, electoralmente hablando, que regresar a la política nacional con un acta de diputada bajo el brazo.

No se integró en Ciutadans por considerarlos demasiado de izquierdas (cosas veredes, Mío Cid), así que se empeñó en fundar un partido novísimo, partiendo de la asociación ¡Basta Ya!. Rodeada de ilustres figuras de la cultura españolista, tales como su pareja sentimental Fernando Savater, Albert Boabdella y Mario Vargas Llosa, promocionada a bombo y platillo por El Mundo, la Cope o Libertad Digital, haciendo del acoso y derribo del Gobierno su razón de ser, Rosa Díez ponía en marcha Unión, Progreso y Democracia (UPyD).

No se recuerda en la historia reciente de España semejante campaña publicitaria a favor de una opción política minoritaria. En sentido contrario, me viene a la cabeza el arsenal de mentiras e improperios que lanzó el grupo Prisa contra Julio Anguita a mediados de los 90, con el fin de destrozar la línea ideológica de Izquierda Unida, objetivo que parecen haber conseguido en estos últimos meses.

El partido bisagra de Rosa y los intelectuales no nacionalistas (entiéndase, rabiosos nacionalistas españoles), incorporó de cara a las elecciones del 9 de marzo a dos referentes del constitucionalismo: Álvaro Pombo y Álvaro de Marichalar. Vaya par de ... tocayos. El primero es un escritor homosexual, que nadó a contracorriente hasta que la familia Lara se topó con él y le galardonó con el Planeta. El otro Alvaro posee el incalificable mérito de ser hermano menor de Jaime de Marichalar, ex yerno del Rey de España. Es un habitual de la prensa rosa y creo que se dedica profesionalmente a recorrer los mares y océanos, montado en una moto acuática. Quijote Marichalar y Sancho Pombo. El hidalgo de ultramar y el escudero gay.

UPyD cumplió su cometido: Rosa Díez salió elegida diputada por Madrid. "La alegre chica de COU", llamada así por su correligionario Tino Barriuso, concursante de Saber y Ganar y bloguero de 20 Minutos, consiguió el añorado escaño , lo que le asegura a ella y a su partidito, generosas subvenciones públicas y titulares a tutiplén durante toda la legislatura. A vivir de los españoles cuatro añitos más. Esta mujer es un lince.

Enseñando las garras de astracán, la bien pagá, reclinada en la barra de Chicote, derretía con su escote, a la crema de la intelectualidad. O por lo menos, así lo escribió y lo cantó Agustín Lara (escuchen la original versión de Enrique Heredia Negri, merece la pena). Haciendo un símil, Rosa Díez, recostada en el escaño del Congreso, derretirá con su verbo florido a la bancada pepera, provocará el orgasmo de pedrojotas y losantos, y nos aburrirá a tantos, hartos de profetas del Apocalipsis.

Esta legislatura va a ser excesivamente curiosa. Un antiguo competidor de Rosa, José Bono, del ala más dura del PSOE, personaje esperpéntico y carpetovetónico donde los haya, presidirá los debates. La voz de Izquierda Unida en el Parlamento será la del diputado unigénito Gaspar Llamazares, fracasado coordinador general y gran responsable de la debacle actual de la coalición. El PP ha iniciado un camino de perdición de dudosos resultados, lo que no hará sino reforzar el neoliberalismo latente del Gobierno.

En medio de este desierto poselectoral, puede que un día sintamos en nuestros cogotes el zarpazo democrático de sus garras de astracán. Entonces, todavía, la libertad será una quimera.

Posdata urgente: ETA, extraño grupo terrorista al servicio de intereses inconfesables, ha vuelto a asesinar. Reaparece así en el panorama político, engordando el ego de los que han hecho del discurso españolista una rentable forma de vida. El Estado monárquico intenta aplastar a la izquierda abertzale con sucios métodos, los gudaris de pacotilla inutilizan el sacrificio independentista matando por enésima vez.

domingo, mayo 04, 2008

Luis Alberto Lavandeyra recuerda a Ernesto Che Guevara

Tuve la suerte de conocer a Luis Alberto Lavandeyra y a su esposa Ana Cauwel, en el mes de mayo de 2004, hace casi cuatro años. Participábamos en el II Encuentro Estatal de Solidaridad con la Revolución Bolivariana, celebrado en el antiguo edificio de los Sindicatos, en el salón de actos de CCOO, en la granadina Avenida de la Constitución. Aquel anciano larguirucho, de acento exótico y porte de caballero, había sido compañero de lucha del Che Guevara, en la Sierra Maestra, revolucionario también en Guatemala y en El Salvador.

Hicimos buenas migas los cuatro (mi señor padre, Luis, Ana y el menda lerenda), en aquel fin de semana de tan grato recuerdo. Intercambiamos números de teléfono y correos electrónicos, quedamos en vernos pronto, ya que la pareja residía entonces en Sevilla. No hemos vuelto a coincidir, ya que ellos se trasladaron poco después a Venezuela, al "corazón de la Patria Grande", cómo acertadamente la llama el querido Luis. Seguimos en contacto cibernético, esperando reencontrarnos algún día.

Navegando la otra noche por Internet, descubrí una entrevista al amigo Lavandeyra, realizada por una joven periodista de Radio Nacional de Venezuela, cuyo nombre desconozco. Con el audio de dicha entrevista y unas cuantas imágenes del Che, he finiquitado este vídeo, que espero les guste.

Un abrazo enorme, capaz de cruzar océanos y fronteras, para Ana y para Luis.

miércoles, abril 30, 2008

Baraka

"La demostración de que Franco fue superior a Napoleón, César, Alejandro, Carlomagno y Flash Gordon está al alcance de un niño".

(Jesús Flores Thies, coronel retirado, primo lejano del emperador Ming)

"Es el hijo del Padre todopoderoso. La estilográfica más poderosa de España. Es su falo incomparable".

(Ernesto Giménez Caballero, ideólogo fascista y medidor de falos)

"En Marruecos, don divino atribuido a los jerifes o morabitos." Así define la vigésima segunda edición del diccionario de la Real Academia Española la palabra baraka, en su primera acepción. "Fortuna (suerte favorable)", determina la segunda acepción.

La baraka acompañó a Francisco Franco Bahamonde (1892-1975) durante toda su vida. Desde la infancia gris en El Ferrol, marcada por un padre juerguista y mujeriego, y una madre sufrida y beata, hasta la lenta agonía del dictador en el Hospital de La Paz, rodeado de la camarilla de El Pardo, que incluso obtuvo provecho económico fotografiando su cuerpo casi inerte, y vendiendo la exclusiva a las revistas del corazón.

Muchos historiadores se han preguntado cómo pudo ese hombre, de apariencia frágil e insegura, mantener en un puño a la sociedad española durante cuatro largas décadas. No entienden el porqué de la supervivencia del Régimen tras la derrota nazifascista en la Segunda Guerra Mundial, ni el hecho de que Franco falleciera en la cama, sin excesiva oposición.

No saben mirar más allá de sus propias narices, no quieren comprender que Francisco Franco fue la cara visible de una superestructura criminal, que media España fue cómplice de las fechorías del general, que EEUU le consideraba un firme bastión anticomunista (no en vano, se autodenominaba "el primer vencedor del bolchevismo en el campo de batalla").

Sin embargo, debemos reconocer el papel de la baraka franquista en la gran tragedia española del siglo XX. En junio de 1916, Franco, a la sazón capitán de las fuerzas regulares indígenas en la guerra del Rif (1909-1927), recibió una gravísima herida en el abdomen, sobreviviendo milagrosamente, ganándose la admiración de los rifeños que servían en el Ejército colonial español, que unieron para siempre la magia de la baraka al currículum del gallego.

Franco fue un tipo con suerte, africanista curtido en el frente marroquí, cofundador de la Legión Española junto a José Millán Astray, primer director de la Academia Militar de Zaragoza, monárquico tibio y reaccionario declarado. La progresía comete a menudo un error fatal, cuando tacha de inculto, de iletrado e incluso de imbécil al extinto Caudillo. Nada más lejos de la realidad. Franco era un ser extremadamente inteligente, astuto, despiadado, armado del arsenal teórico que ha alimentado a las derechas españolas desde los Reyes Católicos: Centralismo territorial, autoritarismo, catolicismo fanático, veleidades imperialistas...

Franco, al igual que hizo Augusto Pinochet en otras latitudes años después, no se unió a la conjura antirrepublicana hasta el último momento, asumiendo pocos riesgos y exigiendo el mando supremo de la Junta golpista. La baraka volvió a favorecer las ansias de grandeza de Franquito. De sucesivas tacadas, y en menos de doce meses, morían cuatro de las figuras que podían hacerle sombra, dentro del bando fascista.

El primero en caer fue el diputado ultra José Calvo-Sotelo, asesinado por guardias civiles de izquierda, en respuesta al atentado derechista que segó la vida al teniente Castillo. Era el 12 de julio de 1936. La muerte violenta de Calvo-Sotelo aceleró los preparativos golpistas, que culminarían sólo cinco días más tarde, con el levantamiento del Ejército de África.

El 20 de julio la avioneta que se disponía a trasladar al general José Sanjurjo a Burgos, donde iba a asumir la Jefatura de los sublevados, se estrelló nada más despegar en Estoril (Portugal), falleciendo el general en el acto, resultando ileso el piloto, Juan Antonio Ansaldo, conocido aviador de tendencia monárquica.

José Antonio Primo de Rivera, brillante abogado, primogénito del dictador militar Miguel Primo de Rivera, jefe indiscutible de Falange Española, fue fusilado en Alicante, el 20 de noviembre de aquel 1936, sin que Franco moviera un dedo por salvarle. El Gobierno legal contribuyó así, sin comerlo ni beberlo, al apuntalamiento del poder omnímodo del ferrolano.

Otro sospechoso accidente de aviación quitaba de en medio al general Emilio Mola, gran organizador del alzamiento, el 3 de junio de 1937.

Sin rivales de empaque, Franco era proclamado Generalísimo de los Tres Ejércitos y Jefe de Estado de la España fascista, el primero de octubre de 1936. Los generales eligieron a Franco como líder, sin imaginarse que nadie iba a poder arrebatarle aquel cargo nunca. Franco era un mal menor, ya que los otros candidatos tenían un historial marcado por cierto republicanismo.

Gonzalo Queipo de Llano, alcohólico contumaz, fanfarrón y pendenciero, se había levantado contra Alfonso XIII en diciembre de 1930, con escaso éxito. Le secundaron en aquella intentona Ignacio Hidalgo de Cisneros y Ramón Franco Bahamonde, hermano menor este último de nuestro protagonista.

Miguel Cabanellas, anciano general de luengas barbas blancas, reconocido masón, fugaz diputado del Partido Radical (derecha moderada), responsable de la vil ejecución del general republicano Miguel Nuñez de Prado, no era el candidato ideal, ni a ojos de la Iglesia Católica ni a ojos del propio Ejército.

Emilio Mola, todavía vivo en aquellos momentos, aceptó resignado el nombramiento de Franco, supongo que guardándose un as en la manga. No estaba Mola dispuesto a ser un subordinado de Franquito, ni mucho menos. Su oscuro fallecimiento cimentó el triunfo absoluto del Caudillo.

¿Fueron estas cuatro muertes providenciales fruto de la baraka, o hubo una mano negra? No quiero jugar a la política ficción, sólo lanzo hipótesis al viento, en espera de que alguien se digne a investigar, y aporte algo de luz a este misterioso asunto. El tiempo dirá.

Tras la aniquilación de la Segunda República, Franco inició su dictadura personal, fusilando a mansalva, encarcelando a cientos de miles de luchadores, reprimiendo cualquier atisbo de libertad y de crítica. Despuntaba así la época más amarga de nuestra historia, cuyas consecuencias aún sufrimos. Los facinerosos dictaban la ley de la selva y la hacían cumplir, con escrupuloso celo. La noche oscura del alma española desterraba a las tinieblas exteriores a los mejores de entre sus hijos.

Francisco Franco supo adaptarse a la Guerra Fría. Tuvo la cintura necesaria para evitar el aciago destino de sus aliados Hitler y Mussolini, resguardándose bajo la sombra benefactora del Imperio yanqui. Los hombres y las mujeres que se atrevieron a plantarle cara constituyeron una minoría en un país de franquistas por conveniencia.

Cuando la Muerte vino a por él (20/11/75), era un anciano consumido y enfermizo, dominado por sus familiares, el mismo asesino de siempre, el jodido Generalísimo que jodió el pasado, el presente y el futuro de este rincón alejado de la mano de Dios llamado España.

viernes, abril 18, 2008

Richard Widmark, que estás en los cielos


Rubio, malencarado, siempre cerca de un arma de fuego, su rostro encarnó los sueños y las pesadillas de varias generaciones de espectadores, a lo largo del siglo XX. Murió el 24 de marzo de 2008, a la edad de 93 años. Se llamaba Richard Widmark.

Puede que Richard Widmark, el actor, haya pasado a mejor vida, pero sin duda Tommy Udo, el personaje, seguirá aterrorizando a tirios y a troyanos por los siglos de los siglos, blandiendo la sonrisa maléfica que le hizo inolvidable. Con este papel, de psicótico matón, debutó Widmark en la gran pantalla. Corría el año 1947.

La estrella de El Beso de la Muerte (Henry Hathaway, 1947) era Victor Mature, un soseras de cuerpo atlético y mirada lánguida, el bueno de la película. Pero, de pronto apareció Tommy Udo/Richard Widmark , y ya nada fue igual en Hollywood.

Empezaba así una gran carrera cinematográfica, a la sombra de las grandes estrellas. Widmark nunca llegó a las cotas de popularidad de un Humphrey Bogart o de un Clark Gable. No le mimaron los críticos como a Kirk Douglas o a Marlon Brando. Ni siquiera disfrutó de la estela de malditismo que arrastró consigo Robert Mitchum.

Secundario de lujo y protagonista ocasional, detective y gángster, pistolero despiadado y honrado sheriff, Widmark tocó todos los palos, probó todos los géneros, legándonos interpretaciones vibrantes. Recuerdo ahora el mano a mano con Sidney Poitier en Un Rayo de Luz (Joseph L. Mankiewicz,1950) o el duelo con ese otro monstruo, Jack Palance, en Pánico en las Calles (Elia Kazan,1951). Tampoco olvido su participación en el filme coral Vencedores o Vencidos (Stanley Kramer, 1961), al lado de Spencer Tracy o Marlene Dietrich. En Brigada Homicida (Don Siegel, 1968), se metió en la piel del madero Daniel Madigan, a las órdenes del comisionado, el magistral Henry Fonda.

Coinciden la crítica y la afición en señalar Noche en la Ciudad (Jules Dassin, 1950), como el mejor trabajo de Richard Widmark. Esta película es uno de los títulos imprescindibles del cine negro, un relato seco y desalmado de la perdición de un hombre sin escrúpulos, habitante de un mundo incluso peor. Noche en la Ciudad supuso, entre otras muchas cosas, el encuentro entre Jules Dassin y Richard Widmark, el realizador comunista represaliado y el eterno aspirante a primera figura del cinematógrafo. Casualmente, Jules Dassin, sólo sobrevivió una semana a su mejor actor, falleciendo en Atenas el 31 de marzo, tras 96 años de existencia física.

A partir de la década de los 70, Widmark comenzó a desperdiciar su talento en producciones de tercera regional. Justo cuando Robert Mitchum resucitaba a Philip Marlowe en Adiós Muñeca(Dick Richards, 1975), renaciendo de sus cenizas por enésima y última vez, Widmark chapoteaba en la serie B, como tantos otros intérpretes maduros.

Abandonó el cine de manera discreta, por la puerta de atrás, a principio de los años 90. El Color de la Ambición (Herbert Ross,1991) ponía punto final a la dilatada trayectoria profesional de este genio de la actuación. En esta ocasión, Widmark adornaba el filme con un papel de reparto, en una película protagonizada por dos de los actores punteros de aquel momento: James Spader y John Cusack.

Estoy convencido de que, cuando los medios difundieron la noticia de su muerte, muchos se sorprendieron de que todavía siguiera vivo. Es más, todo un señor periodista de alto copete, Ignacio Camacho, director durante algún tiempo del diario ABC (emblema de la derecha monárquica española), dio por muerto a Widmark con ocasión de la defunción de Glenn Ford, en septiembre de 2006*. Así es la prensa borbónica, experta en contrastar datos y en ofrecer veracidad e imparcialidad, incuso en asuntos aparentemente nimios como el que cito. El prestigioso Camacho, prototipo del señorito sevillano al igual que sus colegas Antonio Burgos y Carlos Herrera, sólo tenía que haber tecleado el nombre de Richard Widmark en cualquier buscador de Internet, para comprobar que el astro usamericano continuaba vivito y coleando. Que país...

Richard Widmark se muda al otro barrio, sin hacer demasiado ruido. Tommy Udo continúa entre nosotros, dispuesto a cruzarse contigo (y conmigo) en cualquier esquina.

miércoles, marzo 19, 2008

Qué tristeza la de aquel lunes

Para Antonio Moreno Vázquez, uno de los imprescindibles.

El lunes de la semana pasada fue un día triste. Granada despertó nublada y gris, con la resaca habitual, tras la jornada electoral del domingo 9 de marzo. Mientras el autobús urbano surcaba las principales arterias del centro de mi ciudad, reflexionaba yo sobre el bipartidismo rampante, lamentaba el ocaso de Izquierda Unida, observaba al resto de los pasajeros, a los que consideraba culpables de la pena que me embargaba.

Voté a Izquierda Unida, escogí el mal menor. Estuve tentado a abstenerme, sobre todo tras las conjuras y tejemanejes que llevaron a la designación de Gaspar Llamazares como candidato a la presidencia del gobierno. Finalmente, decidí votar a la coalición, desganado y desilusionado de la politiquería, por Sánchez Gordillo, por José Luis Pitarch, por Julio Anguita...

No soy militante de IU, ni de ningún otro partido. Cuando consiga un trabajo decente, probablemente me afilie al Partido Comunista, ahora que parece que hay que relanzarlo de una maldita vez. No creo en la democracia representativa, es algo demasiado evidente para quién conozca lo que pienso. Aún así, he ejercido mi derecho al sufragio en todas las ocasiones en las que he podido, no queriendo desperdiciar uno de los pocos derechos que el pueblo pudo arrebatarle al poder, aunque después lo hayan usado para legitimar el statu quo.

El sistema electoral español, diseñado por Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, tuvo desde el principio un único objetivo: evitar a toda costa que el PCE dispusiera de una representación parlamentaria acorde a su presencia real en la sociedad. El propio Herrero de Miñón lo reconoció en la tertulia radiofónica en la que participa, hace escasos meses.

Los partidos mayoritarios de ámbito estatal y las formaciones nacionalistas periféricas son los grandes beneficiarios del sistema d'Hondt, a costa de IU*. En definitiva, la Ley Electoral es otro de los muchos trágalas de la Transición, un plazo más de la hipoteca que supuso este Estado de Derecho tan peculiar.

Descargar nuestra ira contra la mencionada Ley, y olvidar los errores y fracasos de la misma Izquierda Unida, sería un flaco favor a la causa. D'Hondt es parte del problema, por supuesto que debemos exigir la reforma de la Ley, pero con eso no basta.

Desde que Julio Anguita abandonó la coordinación general en 2000, IU ha girado de manera progresiva hacia la derecha, bajo la batuta de Gaspar Llamazares. Hoy en día, sólo representa una sombra ajada de lo que fue en los años 90. La izquierda alternativa al felipismo ha acabado de mamporrera del PSOE de ZP. La izquierda que denunciaba vigorosamente el Terrorismo de Estado, aplaude el aniquilamiento político y judicial de la izquierda abertzale. La izquierda que enarbolaba la bandera tricolor, felicita ahora al Borbón mayor por su setenta aniversario.

Llamazares es culpable, Frutos es culpable, Felipe Alcaraz y Rosa Aguilar también lo son. Adoran las poltronas, los carguitos, las prebendas institucionales, olvidaron ya la vida real, tendrían que patearse las calles, olfatear a su alrededor y entender los porqués de este país vencido. Han convertido IU en un corral de gallinas, donde unos patalean y otros les cierran el pico a hostias.

Izquierda Unida ha muerto, ya no es útil, no sirve para lo que fue creada, entiendo que debe desaparecer pronto para que la izquierda anticapitalista no desaparezca con ella, al cabo del tiempo. No pretendo confundirles, tampoco soy un ultraizquierdista divino de la muerte, un mesías de la ortodoxia, de esos que inundan las webs rojillas con su verbo panfletario. Si IU está muerta, es porque llegó a nacer. Ellos ni siquiera han tenido ese privilegio. Sólo son polvo, polvo del camino de la revolución.

No se me caen los anillos por reconocer que no estoy de acuerdo con la represión antiabertzale, he escrito contra ella, he peleado con amigos, defendiendo el derecho del independentismo vasco, a defender su legítima ideología. Pero no me pidan que permanezca ciego ante el crimen, que me quede callado cuando asesinan a un hombre indefenso, cuando los que se autodenominan gudaris ejercen de dioses, arrebatándole a una persona la libertad de seguir viviendo. El asesinato de Isaías Carrasco no es una hazaña revolucionaria, es un crimen político, de baja estofa.

ETA mata la ilusión de la paz, el Gobierno juguetea con ella, el PP la usa para acorralar al Ejecutivo ¿Qué hace IU mientras tanto? ¿Donde está la izquierda en esta hora decisiva? Confraternizando con el abertzalismo, chalaneando con el españolismo, aplaudiendo a las estrellas mediáticas de la Audiencia Nacional, saludando la próxima venida del socialismo en Euskal Herria. Damos pena, señores, mucha pena.

Si algún día hacemos la revolución, la haremos contra España, pero también contra Euskal Herria. O por lo menos, contra los patriotas de cartón piedra que las monopolizan. Abusando del manido lema antiglo, "otras patrias son posibles, y necesarias".

Comprenderá el amable lector, porqué aquel lunes fue tan amargo. Si al atentado mortal de ETA le sumamos el resultado de las elecciones, resulta una ecuación desagradable para las gentes como yo. Me siento un extraño, un cuerdo en medio de millones de locos, un anticuado comunista, reacio a cambiarse de chaqueta y a abrazar el milagro progresista. Ni comulgo con Zapatero ni me entusiasmo con Rajoy, detesto el liberalismo, abomino de la socialdemocracia. Sufro la soledad del corredor de fondo, el aislamiento inevitable del que sabe que su reino no es de este mundo. Claro que sé que existen compañeros por ahí, camaradas oscuros que se resisten a la conversión, herejes que no aceptan el bautismo progre.

El comunismo se extingue en la Vieja Europa, el fuego de los soviets se apaga en silencio. Miro a Sudamérica y respiro tranquilo.

La sombra de Fidel es alargada, gracias a Dios.

*No quiero aburrirles con cifras, los números no son lo mío, quién quiera datos que investigue, dejaré algunos enlaces a continuación, con información sobre este espinoso asunto:


lunes, marzo 03, 2008

El infierno del senador John McCain (*)


En las profundidades del averno, en lo más recóndito del infierno, un anciano judío de luengas barbas y aspecto desaliñado, descansa sentado en un banco, oteando entre las brumas la inmensa laguna Estigia. Parece que espera a algo o a alguien, ya que mira distraído un reloj de bolsillo que cuelga entre los pliegues de su chaleco. De repente, un leve chapoteo perturba el silencio sepulcral de aquellas tinieblas. Caronte se aproxima a la orilla, remando cadenciosamente, con la tranquilidad del que sabe que tiene toda la eternidad por delante para cumplir su cometido.

Cuando la barca toca tierra, el hombre del reloj se levanta y alarga su mano al desconocido viajero que acaba de arribar. Éste, salta del bote con inusitada agilidad, plantando sus enormes zapatillas deportivas en la arena mojada, estirando alegremente los músculos, entumecidos tras horas y horas de travesía. No duda ni un instante en corresponder al gesto del otro, que sonríe con timidez. Tras el apretón, mientras el barquero reanuda perezoso su quehacer y se aleja de ellos, comienzan las presentaciones:

-Me llamo Fidel Castro Ruz, para servirle a la revolución y a usted-anuncia el recién llegado, un abuelo octogenario, que viste chándal de Adidas, el oficial de la selección cubana de béisbol.

-Encantado de conocerle, camarada Fidel. Sus amigos aquí presentes me han hablado mucho de usted- responde el anfitrión, de riguroso traje negro, decimonónicamente anticuado.

-Perdone compañero, ¿es usted Karl Marx?- pregunta Fidel, visiblemente emocionado-Sólo conozco su rostro de viejos retratos.

-Así me llamaron mis señores padres, ha acertado comandante- suelta Marx, milésimas antes de reír escandalosamente.

Los dos viejitos se abrazan en la oscuridad, intercambiando carcajadas, retumbando con su alegría la quietud siniestra de las aguas. Hasta Caronte los mira desde el centro del lago, corroído por la envidia, deseando la risa y el llanto, la vida y la muerte, celoso de la humanidad de ambos.

Fidel Castro y Karl Marx caminan al unísono, apoyados en sendos bastones, conversando amigablemente, recordando hazañas pretéritas, batallas perdidas, luchas ganadas, ...

El ambiente es caluroso, angustioso a ratos, funcionan a tope las calderas de Pedro Botero. El sendero que recorren atraviesa un páramo, inabarcable para la vista, sin comienzo ni fin, yermo de vegetación. Resuenan unas voces en la llanura, indescifrables al principio, entendidas y conocidas al cabo de los minutos. Los ojos del cubano se encharcan, el vello se le eriza.

Las palabras se agolpan en la puerta de su garganta, incapaces de escapar hacia el cielo de la boca. Lagrimea Fidel, llora el gigante, Karl se enternece a su lado. "Fidel, Fidel" dicen los todavía invisibles.

Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara, uniformes de combate, fusil al hombro, aparecen detrás de unas rocas, fumando y gritando, emocionados también. Jóvenes y brillantes, contrastan con los ancianos. El abrazo es interminable, son muchas décadas sin verse.

-Estás hecho una pena, jodido Fidel. Pero, afortunadamente, sigues siendo el mismo de siempre, tienes aún la mirada que tenías en México, cuando nos conocimos en 1955- proclama socarrón el argentino.

-Que gusto en verte, hermano. Ya creíamos que eras inmortal- balbucea Camilo, bajo el característico sombrero de ala ancha.

-No puedo describir lo que siento, chicos. No me esperaba este recibimiento del carajo. Están espléndidos.

Transcurre una media hora, si medimos el tiempo con fórmulas humanas. El cuarteto revolucionario, acomodado al paso de los más mayores, sigue transitando por el camino. Che bromea con Fidel, prestándole la boina famosa, comentando lo exquisito que es el mate infernal.

En lo más alto de un monte, situado en otras latitudes, el Diablo observa a los cuatro hombres, a través del catalejo marca Acme que le regaló algún huésped cuyo nombre ha olvidado. La nitidez de la imagen es magnífica, incluso le permite leer los labios de los susodichos. "Estos rojazos me van a alborotar el gallinero, cago en la mar salada" murmura Lucifer, hechuras de metrosexual, tostado a la parrilla, cornamenta de Miura, rabo afilado como pez espada.

La pradera a la que acaban de llegar Fidel y los demás es un oasis, en medio de tanta desolación. 7 u 8 tiendas de campaña, a la vera del merendero Aurora, un par de desvencijados bungalows, hasta una piscina cubierta de hojarasca. Josif Stalin y León Trostky están en pleno pulso gitano, a la sombra de lo que aparenta ser un sauce llorón. La Pasionaria y Rosa Luxemburgo cocinan una tortilla de patatas en la vitrocerámica de uno de los bungalows, Vladimir Lenin se recorta la perilla, embadurnándose la cara con espuma de afeitar rojiza.

Fidel se sienta en la cocina, charlando con las mujeres, embriagado por el aroma a cebolla de la tortilla. Marx juega al ajedrez, retomando la partida que había suspendido para ir a recoger al nuevo. Su contrincante es Friedrich Engels, entrañable amigo, compañero redactor del Manifiesto Comunista. Guevara y Camilo hacen el tonto con los palos de golf, improvisando hoyos en el mullido césped de las instalaciones.

Tras el almuerzo, Fidel exige que le dejen lavar los platos, obteniendo la negativa por respuesta. Camilo Cienfuegos se coloca el delantal y los guantes de plástico, tarareando a Bola de Nieve, limpiando con eficacia la vajilla de las fechas señaladas. Rosa y Che conducen al obstinado Castro hasta una hamaca descolorida, arrumbada al pie de la piscina. Sólo el mate consigue calmar al viejo, que se queda dormido en menos de lo que canta un gallo. José Carlos Mariátegui retira las hojas del agua con la precisión minuciosa del experto en la materia.

Pronto, Mao Zedong y el tío Ho Chi Minh chapotean en la pileta, organizando competiciones de largos. Cuando Ho se para exhausto, Mao hace el signo de la victoria con los dedos, atusándose el cabello. La paz se ve interrumpida por el estruendo de un amerizaje. Después del breve buceo de rigor, la oronda figura de Pablo Neruda, emerge del fondo de la piscina.

Cuando agoniza la tarde, Víctor Jara empuña el micrófono y se marca una canción al alimón con el enfermizo Miguel Hernández.

-Unicornio Azul, del repertorio de Silvio ¿Te la sabes, Miguelito?- La pregunta de Jara inaugura el concierto.

Dolores Ibárruri, la más longeva del grupo, cose un jersey, arrimada a una mesa camilla, calientes los pies en el brasero.

-Comandante Fidel, ¿sabe usted si le queda mucho a Santiago (*1)? Tengo ganas de darle un rapapolvo, esa mamarrachada del eurocomunismo hundió nuestra decencia y nuestra dignidad- El tono de la vieja es jocoso.

-Creo que bastante, doña Dolores. Bicho malo nunca muere- contesta Fidel Castro, todavía tumbado en la hamaca.

La ducha caliente rejuvenece a Mao, aunque sea por momentos. El Amauta quiere cenar temprano, porque por el satélite dan una peli de John Wayne. Ya está harto de defenderse de las acusaciones de revisionismo que le lanza Stalin, cada vez que se repantinga en el sofá, dispuesto a perderse al oeste del río Pecos.

La sombra de Satán interrumpe a estos pacíficos residentes del infierno. Belcebú desciende de las alturas con majestuosa elegancia, posando sus garras de astracán sobre el tejado del Aurora.Transcurren siglos antes de que pronuncie una palabra.

-Veo, para mi infinita desgracia, que tenéis un nuevo amiguito. Otro inquilino más, joder como anda el patio por allá arriba. Espero, y lo digo con la sinceridad y el aplomo que me caracterizan, que no dé usted mucha guerra, Fidel Alejandro Castro Ruz.

-Depende de lo que entienda usted por guerra, camarada Demonio- Che Guevara mira a Fidel, convencido de encontrarse ante otro "La Historia me absolverá", otro momentazo histórico sin igual-Estoy convencido de que usted sabrá distinguir entre la guerra imperialista y la que hacen los pueblos para lograr su liberación nacional...

Y Fidel comenzó a hablar.

En un predio cercano, en la terraza del motel Libertadores, José de San Martín, Toussaint-Louverture y Simón Bolívar toman un Havana-Cola y juegan a las cartas. Tras escuchar el runrún fidelista, y reconocer la entonación de la voz, Bolívar se levanta y se acoda en el mirador.

-Que se prepare ese escuálido luciferino, porque dentro de unos cuantos lustros, llegará Hugo Rafael. Y al bravo Chávez no le calla ni Dios.

(*) Este relato es una respuesta satírica y cariñosa a la imbécil alocución del senador McCain, tras darse a conocer la renuncia de Fidel Castro. Este oligarca pendenciero declaró que esperaba que Fidel se reuniera pronto con Karl Marx, aludiendo a la muerte del Comandante, tan deseada por el Imperio. Sepa usted, estúpido títere del complejo industrial-militar, empleado de las corporaciones yanquis, que no le llega a Fidel ni a la altura de la zapatilla. Váyase a tomar por saco, John McCain, ojalá que Barack Obama se la meta doblada.

(*1) El Santiago al que se refiere Pasionaria es, evidentemente, Santiago Carrillo Solares (1915-...), ex secretario general del PCE (1962-1982), teórico del eurocomunismo, principal responsable de la debacle comunista en España, actualmente compañero de viaje del presidente Zapatero.

miércoles, febrero 20, 2008

La importancia de llamarse Fidel


Dirán exactamente de Fidel
gran conductor el que incendió la historia etcétera
pero el pueblo lo llama el Caballo y es cierto
Fidel montó sobre Fidel un día
se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte
pero más todavía contra el polvo del alma.


(Juan Gelman)

Ayer eras el centro de la atención mediática internacional. Amigos y enemigos no paraban de hablar de tu última decisión. Los informativos y las ediciones digitales de los diarios repasaban tu vida, como si hubieras muerto. Por mucho que les pese, sigues vivo.

Cuba, tu Cuba, nuestra Cuba, les duele. Todavía no han olvidado la derrota en Playa Girón/Bahía de los Cochinos. No logran entender el porqué de la supervivencia de la Revolución tras la implosión soviética. Llevan cinco décadas intentando matarte, están desesperados porque saben que tu obra, la obra de todo el pueblo cubano, te sobrevivirá.

El imperialismo está al acecho, preparándolo todo para desembarcar en el Malecón tras tu partida. ¡Que se atrevan!, se encontraran con la resistencia feroz de millones de personas, cada uno su propio Comandante en Jefe, como señalaste en aquella ocasión. Si esa hecatombe ocurriera ten por seguro que el mundo no se quedará quieto, recibiréis la misma solidaridad que tanto prodigáis.

Eres un hombre, compañero Fidel, un simple y mortal ser humano. Lleno de contradicciones, imperfecto, propenso a cometer errores, tan frágil y tan fuerte como cualquiera de nosotros. Nunca pretendiste ser un Dios, siempre has combatido el culto a la personalidad, manzana podrida que infectó el cesto del socialismo real. Pero, entiéndeme, he crecido con tu ejemplo, eres un arquetipo para mí y para varias generaciones de comunistas, querido Fidel.

Adelante, cubanos. Revolución en la Revolución. Parece que ha llegado el momento de corregir y de enderezar vuestro modelo, desoyendo los cantos de sirena del neoliberalismo, inspirados en el marxismo-martiano, piedra angular del socialismo isleño. Casi finiquitado el período especial, están las venas abiertas de América Latina supurando alternativas a la barbarie existente, fijas las miradas en la mayor de las Antillas.

Libre ya del cargo presidencial, guardado el uniforme verde olivo, testigo de excepción del demacrado Siglo XX, tus reflexiones nos ayudan a comprender un poquito mejor este puñetero circo global. Caballo, viejo y cansado, Caballo nuestro, hasta la victoria siempre Comandante de la esperanza y de los amplios horizontes.

lunes, febrero 18, 2008

Realidad pulp


Algunos de ustedes habrán visto Ed Wood (Tim Burton, 1994), el logrado biopic del peor director de la historia del cine. Supongo que no habrán olvidado la convincente interpretación de Martin Landau, su maravillosa encarnación del inquietante actor húngaro Bela Lugosi. Pues bien, en una escena de dicho filme, Lugosi-Landau contempla entusiasmado el televisor, observando los deliciosos encantos de Vampira-Lisa Marie. "Vaya par de melones" exclama gozoso el príncipe de las tinieblas. Y no le faltaba razón al amigo.

Hace pocas semanas, la mencionada Vampira falleció en Los Ángeles. Ya no era aquella chica sueca de generosos pechos y cinturita de avispa, sino una anciana de 86 años, un objeto de culto para mitómanos y frikis, entre los que me pueden contar a mí. Conocí la noticia por el diario de César Martín en la web del Popu, lugar que frecuento de vez en cuando, envidioso de sus encuentros con las glorias del cine de serie B.

César publicó también hace no mucho una fotografía de la starlette Mamie Van Doren, posando desnuda en una cama deshecha mientras ve la tele. Lo que más llama la atención no es la fotografía en sí, sino el hecho de que esta mujer nació el 6 de febrero de 1931. Los cálculos no fallan y establecen la edad de Mamie en 77 primaveras. Miren las imágenes que aparecen en la página personal de la diva y pásmense: la señora aparece en pelotilla picada en mil y una instantáneas, luciendo un tipazo, sonriendo forzadamente, como si tuviera 50 años menos.

El bisturí y el botox la han momificado, su rostro está irreconocible, si comparamos a la Mamie del 2008 con la de los 60. Si hacemos honor a la verdad, debemos rendir honores a este sex symbol, porque es una superviviente nata. Mamie fue una de las muchas imitadoras de Marilyn Monroe, una rubia potente más del catálogo de bellezas surgidas al calor del éxito de Norma Jean Baker. Junto con Jayne Mansfield y Diana Dors, constituyó un trío de ases, las tres mejores copias del desdichado original.

El trágico final de la Monroes es de sobra conocido por todos. A Jayne Mansfield el destino le reservó un macabro pasaporte al otro barrio: perdió la vida en un accidente de tráfico en el verano de 1967, decapitada según la leyenda. Diana Dors superó la cincuentena por muy poco, siendo enterrada en 1984 tras un cáncer. Sólo queda Mamie, libre de maldiciones bíblicas, visitante asidua de la mansión Playboy, coetánea del tito Hugh Hefner.

Menudo personaje ese Hefner. Quién no ha soñado alguna vez con vestir su perenne batín, quién no ha fantaseado con tomarse un cubata con tal o cual playmate. Navegar por mares de silicona, atracar en algún puerto canallesco, deslizarse por las curvas de una semidiosa de almanaque. Cuentan ahora que el imperio Playboy está en quiebra, acogotado por el terremoto pornográfico de Internet. Levanten la copa de champán por Hugh, capaz de sacar a la luz las investigaciones del fiscal Jim Garrison sobre el asesinato de JFK, valiente editor de una revista donde escribían Arthur Miller, John Updike, Alberto Moravia, George Simenon, Truman Capote, Henry Miller, Ernest Hemingway, Arthur C. Clarke o Allen Ginsberg, entre otros.

No sólo de tetas vive el hombre, también se deben de alimentar el alma y el espíritu. Hablando de tetas, me viene a la cabeza el reportaje de Mamie Van Doren y Pamela Anderson para Vanity Fair, en el número de marzo de 2006. Pam Anderson también comenzó su carrera (si es posible llamar carrera al compendio de actuaciones estelares de la canadiense, dentro y fuera de la pantalla) como un cromo de Marilyn, deslizándose después por otros terrenos más movedizos, vídeos erótico-festivos incluidos. Más afortunada que Anna-Nicole Smith (otra del club de las Monroes), adorna el ramillete de foros calientes de la red, con sus descuidos y su récord de portadas del Playboy.

Vampira desaparece, Mamie permanece, y yo me voy desparramando por el blog, intercalando datos y pensamientos impuros, buscando la salida al embrollo en el que me meto cada vez que empiezo a teclear. Volvamos al principio de los tiempos. Les hablé de Lugosi, ¿no? Resulta que este buen hombre era de la mismica Transilvania, paisano de su querido conde Drácula. El teatro fue su pasión, la ideología izquierdista de la que siempre hizo gala le obligó a exiliarse de Hungría, recalando en Hollywood tras darse un garbeo por Alemania. Siempre será Drácula para los aficionados al cine, compartiendo trono vampírico con el inglés Christopher Lee.

Vampiros rojos, neumáticas rubias de pasado esplendoroso y presente recauchutado, millonarios cachondos y un pelín liberales, cultura popular de los EEUU al alcance de internautas pirados, ... El submundo underground usamericano es anterior a Quentin Tarantino y a los hermanos Coen. Busquen por ahí, y sacien su curiosidad. Ancha es Castilla, ancha es Yanquilandia.

En próximos episodios de este Llanto de la Acequia, retornaré al terruño, aterrizaré en la puta y vieja España, para seguir lanzando mis dardos envenenados contra la fea burguesía que nos controla.

miércoles, enero 30, 2008

Tragicomedia de las barras y las estrellas

La sociedad es creada por nuestras necesidades y el gobierno por nuestra maldad, el primero promueve nuestra felicidad positivamente al unir nuestros afectos, el segundo negativamente al restringir nuestras libertades.

(Thomas Paine, filósofo inglés y patriota usamericano)

Es público y notorio para todos que el actor australiano Heath Ledger fue encontrado muerto en su apartamento neoyorquino el pasado 22 de enero. Los medios nos han bombardeado desde entonces, aportando múltiples teorías y versiones de lo ocurrido entre aquellas cuatro paredes. Los mercaderes de las vísceras comercian con dimes y diretes, sirviéndose de la rumorología y de la infamia para hacer caja.

Mi intención no es, ni mucho menos, comentar los pormenores del suceso, sino resaltar la reacción de la Iglesia Baptista de Westboro ante el fallecimiento del intérprete. Refiere el diario mexicano El Universal que en la web de la citada congregación apareció un comunicado, estando todavía caliente el cadáver de Ledger. Entresaca El Universal las siguientes perlas cultivadas: "Heath Ledger pensó que era divertido desafiar a Dios Todopoderoso y sus planes para este mundo; Dios odia a los maricas; Dios odia a la cinta vomitiva de nombre Brokeback Mountain y odia a las personas que tengan algo que ver con ello"; "Heath ahora está en el infierno y ha comenzado a servir su eterna condena".

No tenía el disgusto de haber oído hablar de estos tipejos hasta ahora, no puedo más que calificarlos de traficantes del odio y de la sinrazón. De todas formas, no me extraña el veneno, conociendo a la serpiente que lo produce. Estados Unidos de Norteamérica es una nación enferma, delirante y peligrosa, el mayor imperio que conocieron los siglos, la superpotencia más destructiva de la Historia, enemiga de la libertad y de la justicia.

El águila usamericana gobierna el planeta, controla la economía, se impone militarmente a los denominado Estados Canallas, destruye el ecosistema global, exporta agresivamente el american way of live. Atacando nuestros idiomas maternos, persiguiendo culturas discordantes, gobernando nuestros cerebros y nuestros estómagos. El imperialismo está acabando con el hombre, pasito a pasito, suavemente a ratos, fieramente en otros.

Pero, no se equivoquen, no soy antiamericano. Primero, porque ese adjetivo, propio de apologistas de la violencia imperial, es reduccionista y absurdo, ya que olvida al resto de países que componen el continente americano. Segundo, porque nunca podría estar en contra de 300 millones de personas, cada una con sus virtudes y defectos, la mayoría de ellas, víctimas también del capitalismo. No quiero el fin de USA, no deseo la aniquilación de ese grandioso lugar. Simplemente, soy antiiimperialista, y por ello, enfrento al Imperio, con las humildes fuerzas de las que dispongo.

El fanatismo religioso impregna cada poro de la piel de los Estados Unidos. Los telepredicadores, usando el nombre de Dios en vano, lanzan su verborrea incontenible contra gays, liberales y mujeres, e incluso rezan por el asesinato de Hugo Chávez, como hizo el reverendo evangélico Pat Robertson en agosto de 2005. El fundamentalismo cristiano inventa brujas, con las que poder ejercitar la puntería en la cacería infernal, que socava los derechos y libertades civiles, consagrados en la Constitución de 1776.

La colonización cultural yanqui es un hecho demostrado. Conozco mejor las calles de Nueva York que las de Toledo (el de aquí, no el de Ohio), podría recitar de carrerilla ciudades californianas, con muchísima más fluidez que si me solicitaran los afluentes del Guadiana. Las carteleras de los cines están plagadas de americanadas, ciertamente la industria del entretenimiento usaca es capaz de lo mejor y de lo peor. Lo mismo te quedas anonadado con un Robert Mitchum cualquiera, o te mueres de vergüenza ajena, esquivando la patada voladora de Chuck Norris.

Amo el cine clásico usamericano, degusto cotidianamente el buen hacer de John Huston, la pericia de John Ford, la rudeza sanguinolenta de Sam Peckinpah. Nunca conseguirán los George Bush de turno que pueda olvidarme de Brando, que deje de pensar en el cuerpo de Jane Russell, que no sonría con Jack Lemmon. La mascarada imperial no me impide idolatrar la bonhomía de Ernest Borgnine, ni disfrutar cuando Lee Marvin se hace el duro.

La violencia industrializada constituye el pecado original yanqui, son una sociedad hiperviolenta, los índices delictivos lo demuestran. Dentro del Occidente capitalista, no hay parangón entre la criminalidad usaca y la de sus aliados. Yanquilandia no tiene ni siquiera Estado del Bienestar, el moderado keynesianismo no se practica desde las presidencias de Franklin D. Roosevelt (1933-45).

EEUU
-USA es tan contradictorio como yo, repleto de contrastes, basculante entre John Reed y J. Edgar Hoover, opresor de pueblos y cuna de libertadores. Larga vida a los Estados Unidos, descanse en paz el imperialismo. He dicho.

lunes, enero 21, 2008

Inquebrantable aliento de nosotros

Marcelino Camacho, la ética de la resistencia.


Asistiremos a la autoconstrucción de un dirigente obrero, que luchó como peón de la Historia en la Guerra Civil, y que, a partir de la derrota personal y de clase, se movió como un héroe griego positivo, en la lucha contra el destino programado por los vencedores, personal y coralmente.... Toda su vida será un trabajador que considera que el mundo no está bien hecho. Es decir, que no está hecho a la medida de los débiles.

(Manuel Vázquez Montalbán. Prólogo de las memorias de Marcelino Camacho)

Marcelino Camacho, vanguardia obrera y militante comunista, manos de hierro como suaves tenazas que atrapan el tiempo histórico y lo agitan hasta romperlo, palabras impulsoras de la aceleración del combate, qué potente resuena tu nombre por las calles y las fábricas, qué determinación, 1001, 1002, 1003, en la tribuna y en las negociaciones, qué manera de intuir la política, aprovechar las repetidas estancias en la cárcel y concebir las transformaciones sociales -la revolución científico-técnica, decías-; qué convicción, valentía y honestidad de hombre de izquierdas, de sindicalista.

(María Toledano)

Hubo un tiempo en el que lo imposible fue posible, en el que el socialismo estuvo más cerca que nunca. Corría el mes de Octubre del año 1917 de la era cristiana. Los soviets de obreros, campesinos y soldados, armados de ideas y de sueños, tomaban el poder por asalto. Materializando la teoría leninista, sacudiendo el polvo de las estanterías del marxismo, el proletariado ruso patentaba la primera revolución socialista triunfante.

Los oprimidos aceleraban la historia, destruyendo el feudalismo ancestral, sentando las bases de un nuevo horizonte. Todas las Rusias estallaban en un vendaval de abrazos, una marea de puños cerrados, clamando contra el cielo a abatir.

Los aires de Octubre soplaron fuerte, extendiendo su mágica influencia por el orbe. Una de aquellas brisas vino a topar, en la inmensa estepa castellana, con un lugar perdido de Soria. El niño Marcelino estaba por nacer, en un humilde hogar de ferroviarios, junto a las vías del tren. Los hados se conjuraron con la naturaleza, la locomotora del futuro paró un instante para que se apeara el pasajero del porvenir.

Revolucionario de estirpe, Eulogio Marcelino Camacho Abad nació en Osma-La Rasa el 21 de enero de 1918, hace hoy noventa esplendorosos años. Entre el llanto desconsolado del bebé que abandona el vientre materno y el aniversario del anciano luchador, cabe una vida plena, la biografía de un hombre del pueblo.

La resistencia encuentra su referente ético imprescindible en Marcelino Camacho. Radical desde la cuna, cargado de Razón, fuerte y valiente, porque siempre supo que él sólo era uno más, parte indivisible de la clase trabajadora. Comprometido con los suyos, cuando decidió echarse a los hombros el peso de la libertad, era sólo un chavea, un mozo de apenas 17 años.

1934-1935. La República embarrancaba, dominada por las derechas. Asturias se sublevaba, alegre y sucia, lanzando el carbón de sus minas sobre el terno impecable de la burguesía. El gobierno respondió con fiereza, trasladando por primera vez tropas coloniales a territorio peninsular. El terror legionario anticipó la tragedia de la guerra civil. Los novios de la muerte sentenciaron con vileza el dilema eterno de la revolución española.

El pueblo español debía liberarse de sus cadenas, lo que le iba a costar carísimo. La reacción iba a ser implacable. Es entonces cuando Marcelino decide convertirse en militante del PCE y afiliarse a la UGT (probablemente porque antes se lo impedían por motivos de edad). En esos momentos, algunos de sus coetáneos, como Santiago Carrillo o Fernando Claudín, ya ocupaban puestos directivos en las Juventudes Socialistas.

La lucha de clases desembocó en guerra civil en el verano del 36. Tras descarrilar un tren y refugiarse en Madrid, Marcelino ingresa en lo que luego fue el Ejército Popular de la República (EPR). Camacho no ejerció cargo alguno durante la contienda, a diferencia de otros no tuvo mando en plaza en el período 1936-1939. Peleó como soldado raso en la 29º división del EPR, al mando del teniente coronel David Alfaro Siqueiros, el gran muralista mexicano que atentó en una ocasión contra León Trotsky.

En las postrimerías del conflicto, fue hecho preso por los casadistas, que llenaron los penales de comunistas, para tener rehenes que ofrecer al Caudillo. Huido de la cárcel, cazado esta vez por los nacionales, inició la andadura interminable por presidios y por campos de concentración.

Condenado a trabajos forzados, enviado al Marruecos español, eslabón de la cuerda de presos que construía el ferrocarril Tánger-Fez. Precisamente, la vía del tren, la misma que escuchó atentamente su primer despertar. El destino se cruzaba con Marcelino, que saltaba al interior de un vagón con rumbo desconocido. La locomotora galopaba rabiosa, Marcelino escapaba de los carceleros, cruzando el desierto hasta Argelia.

En Orán le esperaba Josefina. Mujer excepcional, camarada sencilla, nacida de las entrañas de la prodigiosa Alpujarra de Almería (1927). Hija de minero, emigrante africana, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas ya en 1941. Josefina conquistó a Marcelino, al compañero de partido, casi sin darse cuenta, con el trajín del combate por una España libre, irrumpió el amor.

Lejos ya de los raíles, Marcelino se hizo tornero-fresador. Paradigma del obrero autodidacta, del trabajador que aprovecha los ratos libres para estudiar y perfeccionar su oficio, incansable catedrático de los motores.

Josefina Samper y Marcelino Camacho se casaron en 1948. Los hijos no tardaron en llegar: la primogénita Yenia y el benjamín Marcel. Despuntaba 1957 cuando las condiciones objetivas les impulsaron a regresar a la patria: Franco había otorgado un indulto parcial en el que quedaba incluido Marcelino, y la empresa Perkins Ibérica necesitaba un jefe de talleres, un puesto idóneo para el perfil profesional de Camacho. Además, el PCE le encargaba una tarea fundamental: reactivar el sindicalismo de clase en un país aggiornado por el verticalismo.

Hechas las maletas, se cerraba la etapa argelina, ahora tocaba volver a pisar el viejo suelo, recorrer las alamedas de un país hundido en la monotonía cruel del fascismo. Marcelino y Josefina desembarcaron en Madrid, y adquirieron una vivienda barata en el barrio de Carabanchel, techo que todavía les cobija. La España de 1957 no era la de 1939. El rigor militar de la posguerra había aniquilado la vanguardia de la clase obrera. Los cuadros dirigentes de las organizaciones proletarias descansaban en lo hondo de las fosas comunes, rumiaban el trago amargo del exilio, o paseaban su derrota por los patios de las cárceles.

Marcelino tenía que plantar las simientes del sindicalismo posfranquista, intentando recuperar las raíces del movimiento obrero de la República. El convoy aminoró su marcha, y Marcelino saltó a las calles de Madrid, dispuesto a conquistar a los sindicalistas del mañana. Codeándose con tradicionalistas y con hedillistas, usando los locales de los Círculos José Antonio, colaborando con el cristianismo de base, unificando la oposición gremial al régimen.

Aprovechando las grietas del sistema, pactando con fuerzas en principio antitéticas, marxista sin manuales ni academias, heterodoxo y puro a la vez, supo organizar el embrión de Comisiones Obreras, antes de que los grises le capturasen.

Alternando la celda con la fábrica, practicando el entrismo en el Sindicato Vertical, desafiando a las fuerzas represoras, supo Camacho cumplir con su cometido. A Comisiones la destetaron entre Marcelino, su entonces fiel Julián Ariza, Nicolás Sartorius, el cura Paco, y otros muchos currantes anónimos. Marcelino siempre concibió Comisiones Obreras (CCOO) como un sindicato asambleario, como una unión de sindicatos, con funcionamiento y planteamientos democráticos. El pluralismo dentro de la necesaria unidad de acción, como pilar fundamental del sindicato clasista.

La década de los 60 fue fructífera para Marcelino. Y también dura, muy dura. La prisión le apartó físicamente de la familia, que no dejó de apoyarle ni un segundo. Las visitas de Josefina se sucedían, mientras los hijos se iniciaban en el activismo antifranquista. Josefina formó parte del frente de las mujeres de los presos políticos, atosigando a los prebostes de la dictadura con visitas inoportunas y peticiones de clemencia y de justicia.

La dirección del PCE, radicada en Moscú, se fijó pronto en aquel soriano intrépido, que parecía estar hecho de acero. Elegido miembro del Comité Central en 1965, viajó a París, donde conoció a Dolores Ibárruri Pasionaria, y al novísimo secretario general, Santiago Carrillo. Éste último, tres años mayor que Marcelino, era el amo del aparato del Partido desde el suicidio de José Díaz (1942). Santiago casi no pisó el frente y vivió la guerra en una cómoda butaca mientras la leal militancia naufragaba en el campo de batalla. Seguro que Carrillo catalogó a Camacho como un enemigo a batir, un obstáculo en su inevitable carrera hacia el éxito.

Josefina tuvo que acostumbrarse a la presencia diaria de un coche camuflado de la policía frente al portal de su casa. Tuvo que lidiar con ciertas llamadas anónimas que perturbaban la tranquilidad del domicilio, a altas horas de la madrugada. Tuvo que soportar la chulería de los polis fascistas, el descaro de los jueces injustos, la insolencia de las autoridades del jodido régimen. Y resistió.

Las huelgas de hambre iniciadas por Marcelino y sus compañeros como método de protesta contra el aislamiento carcelario, pusieron en permanente tensión a los directores de los penales, que no cesaban de trasladarlos de uno a otro presidio. Las perolas de comida, cocinadas por Josefina alimentaron a más de una generación de presos políticos, separados de parientes y amigos, tristes pero esperanzados.

El 20 de diciembre de 1973, la ETA asesinó al presidente del gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco, brazo derecho del Generalísimo. En esa jornada Marcelino era juzgado junto a Sartorius, Saborido o Acosta por el Proceso 1001. La noticia del atentado irrumpió en el juicio tal si fuera un reguero de pólvora, calentando los ánimos de los ultras presentes en la sala, que llegaron incluso a enseñar las pistolas, aterrorizando a los familiares de los sindicalistas. La calma chicha impidió que ocurriera cualquier desgracia, para la infinita suerte de los militantes de CCOO. La curiosa coincidencia entre la fecha del magnicidio y el día de la vista, no hace sino remover las sospechas que pesan sobre aquella acción armada, que privó al dictador de su principal delfín, no sin poner en peligro las vidas de los del 1001.

Menos de dos años después, el 20 de noviembre de 1975, Franco dejó este mundo. Marcelino Camacho permanecía preso en aquellos momentos, en la cárcel de Carabanchel, a tiro de piedra del piso en el que vivían Josefina y Marcel, ya que Yenia se había casado y residía con su pareja en un inmueble cercano. Juan Carlos de Borbón subía al trono, amnistiando a varios miles de presos antifascistas. En el lote iban incluidos Marcelino Camacho, Simón Sánchez Montero y Luis Lucio Lobato, los tres principales dirigentes comunistas del interior.

El monarca mantenía al presidente Carlos Arias Navarro al frente del gobierno. Este siniestro personaje, apodado Carnicerito de Málaga, por su trágica actuación como fiscal militar en la capital mediterránea nada más comenzada la tiranía, obedecía las órdenes del clan Franco. Todavía pasaría Camacho una temporada más en Carabanchel, tras detenerle la policía en mayo de 1976, cuando se encontraba en plena reunión de Coordinación Democrática, la gran plataforma que agrupaba a la oposición.

En julio de aquel 1976, el rey colocó en la jefatura de gobierno al joven falangista Adolfo Suárez, ex ministro secretario general del Movimiento (partido único del franquismo). La operación de reforma pactada del régimen necesitaba un piloto más acorde con las circunstancias. Las altas instancias internacionales que patrocinaban el proceso así lo exigían. De esta magistral tacada, la oligarquía aseguraba su inmenso patrimonio, obtenido a costa de la sangre, el sudor y las lágrimas de los trabajadores españoles.

Los dos partidos mayoritarios de la izquierda (PSOE y PCE) se avinieron a consensuar el nuevo estado de las cosas con las fuerzas reformistas del franquismo. Por mucho que las bases murieran en las manifestaciones, asesinados por los grises o por los incontrolados de la ultraderecha, por mucho que se proclamara la ruptura a voz en grito, la reforma fue ganando adeptos, allanando el camino del juancarlismo.

Tres décadas más tarde, es fácil juzgar a los protagonistas de aquellas horas. Es sencillo caer en el extremismo, en la autocomplacencia, lo difícil es resituarse en esos tiempos inciertos, con un Ejército fascista al acecho, con una URSS que no quería el socialismo para España, con un pueblo sumiso y aleccionado por los propagandistas del dictador. Los líderes que preconizaban la ruptura, cómo el notario Antonio García-Trevijano, fueron rápidamente desplazados de la primera línea política. Marcelino tragó, tragó mucho, sujeto a la férrea disciplina de partido, confuso a veces, sabedor de que el proletariado español se contentaba con un buen maquillaje, un remozado de la fachada estatal.

Elegido diputado en las primeras elecciones legislativas tras 40 años (15 de junio de 1977), reelegido en el 79, mantuvo el escaño hasta enero de 1981, cuando decidió abandonar la política parlamentaria y centrarse en la dirección de CCOO. Secretario general de la Confederación Sindical de Comisiones Obreras desde 1976 hasta 1987, firmante de los controvertidos Pactos de La Moncloa, duro adversario de los gobiernos socialistas de Felipe González, relaciones siempre ambiguas con la UGT, ...

En 1987, el sindicato había logrado convertirse en la fuerza hegemónica del mundo laboral de nuestro país, tras superar escisiones izquierdistas y bandear las bravuconadas carrillistas, con mano izquierda y sentido de la unidad. Marcelino, que tenía ya 69 años, sintió que había llegado la ocasión de pasar el testigo a cuadros más jóvenes y mejor preparados. Su candidato para sucederle era Agustín Moreno, un profesor de instituto treintañero, militante además del PCE. Moreno declinó el ofrecimiento de Camacho, y la secretaría general recayó en Antonio Gutiérrez, entonces también comunista, hoy diputado del PSOE.

La nueva ejecutiva de Comisiones acabó marginando a Marcelino, expulsándolo incluso de la presidencia honorífica del sindicato en 1995. La deriva neoliberal de CCOO es hoy mucho más acusada, siendo su actual secretario general, el médico José María Fidalgo, amigo personal del ex presidente Aznar.

Marcelino es hoy un obrero jubilado, un habitante más del populoso Carabanchel Bajo, un abuelo comunista que saborea cada mañana el café y las magdalenas que le prepara Josefina. Su antiguo camarada, Santiago Carrillo, es una estrella mediática, el apóstol de la Santa Transición, que conoce al dedillo platós televisivos y estudios radiofónicos. Para la izquierda zapaterista Don Santiago es una autoridad en cualquier materia, y Marcelino sólo una anécdota.

90 eneros cumples hoy, compañero. 90, se dice pronto. Eres uno de mis referentes, el referente de miles de comunistas, la viva estampa de la honradez obrera. Sin tu ejemplo, la honestidad y la dignidad no significarían lo que significan. Sin tu largo recorrido por el siglo XX, estaríamos más huérfanos.

Te rindieron un homenaje algo desangelado, a la medida del sindicalismo de servicios que ahora padecemos. Te merecías muchísimo más, querido Marcelino. 14 años de cárceles y campos de concentración, más de 15 de exilio, de emigración como tú la llamas. Multitud de premios y condecoraciones, sobre todo el de la Coherencia, que te otorgaron los mineros palentinos de Guardo, que lo tienes en tu casa como oro en paño.

Josefina sigue ahí, octogenaria y cariñosa, atenta a su Marcelino, corajuda y fantástica mujer obrera. Yenia y Marcel os han dado muchos nietos, herederos de vuestra tradición guerrera. Creo que Yenia sigue de jefa de Medio Ambiente en el Ayuntamiento de Coslada y Marcel de asesor del Consejero de CCOO en RTVE.

Recuerdo con exactitud las fechas de mis tres visitas a vuestro domicilio: 25 de febrero de 2006, 10 de agosto de 2006 y 1 de enero de 2007. Manías con el calendario que tiene uno. Os agradezco desde esta tribuna digital vuestra hospitalidad, la dulce manera en que habéis aguantado mis preguntas, impertinentes quizás, deseosas de conoceros mejor seguro. Un abrazo camaradas.

El tren acelera su marcha, sigue atravesando las llanuras de esta España aburguesada, sigue tronando por mares y océanos, levanta el vuelo hacia la Luna, el maquinista va saludando al buenazo de Marcelino, que descansa un rato, para luego echar a andar, cogido del brazo de Josefina. A la vera de la revolución, en la vereda de las estrellas, brilla Octubre. En un segundo, un minuto, un siglo, estaremos en el Palacio de Invierno.