miércoles, julio 29, 2009

La Flor de Juncaril


El toreo es un doble ejercicio físico metafísico de integración espiritual en el que se valora el significado de lo humano heroicamente o puramente: en cuerpo y alma, aparentemente inmortal.

(José Bergamín)

El Seat Toledo, cosecha de 1993, repintado en rojo granate, acabado en una baca deshilachada, aparcó justo debajo del luminoso del local. El letrero, un panel de bombillas estridentes, coloreaba la cortante noche granadina, despertando la libido atrasada de conductores aburridos, puteros vocacionales o turistas sin esperanzas de encontrar calor gratuito.

José León Villalta, apagó el motor, bajó el volumen de la radio hasta atravesar la barrera del silencio, abrió la guantera, rebuscó entre los papeles del vehículo, las pólizas del seguro, los cassettes descascarillados de Rafael Farina o Emilio el Moro, la caja de condones caducados. Una vez tuvo el frasco de colonia en su poder, procedió a aromatizarse el pecho, los sobacos y la barbilla. Tras ejecutar tal minuciosa operación de acicalamiento, ya podía echar la llave al Toledo y entrar en "La Flor de Cuba".

Cuando traspasó el umbral del negocio, se sintió herido en su dignidad humana por el apabullante reguetón, que se le hincaba en los oídos cómo una pesadilla, melodía bastarda para niñatos calentorros. El puticlub estaba prácticamente vacío, a excepción de un cateto cuarentón, moreno destripaterrones, que sopesaba las nalgas de Laly, riendo como un condenado. Villalta se acodó en el mostrador, encendió un cigarrillo y esperó a que Katiuska apareciera.

Katiuska Pérez Roldán odiaba a la Revolución Cubana porque ésta se había interpuesto en su acceso a la sociedad de consumo. Quería ver colgado de un poste a Fidel Castro porque focalizaba en él todas sus frustraciones de capitalista infradesarrollada. Despreciaba a los barbudos, porque sin su concurso, Cuba sería ahora una isla casino, un prostíbulo internacional, bendecido por el dólar, protegido por los marines. La Revolución la había expulsado de Matanzas, la había obligado a lanzarse al Caribe en balsa, a cruzar los cayos de la Florida, soportando rayos y truenos, a recalar en Miami, a engrosar el censo de gusanos anticastristas.

-Marchando un Jack Daniel's doble.

Katiuska, 39 años, mulatona de anchas caderas y tetas siliconadas, enfundada en un minishort vaquero y un top negro, se deslizaba por sus dominios de la barra como una gata despierta, encandilando a Villalta, que seguía sus andares de pantera. La visión de su tanga de hilo dental, asomando por encima del pantaloncito, continuaba poniéndole nervioso, a pesar de la costumbre.

Katiuska era un toro, un morlaco babeante, parado en mitad del albero, inquieta la plaza, meditabundo Antoñete, chulesco El Cordobés. José León Villata, el Rayo del Realejo, el hijo de Pancracio León, el diamante en bruto del toreo de los setenta, el matador callado, alérgico a las multitudes, corneado en el muslo derecho, levantado en el aire, arrastrado por la arena, vomitando espumarajos bermellones, llevado a hombros hasta la enfermería de La Monumental de México. La promesa, estrangulada cual paloma mensajera, desplumada, trozeada, tarifada, vendida.

El maestro Villalta, bebía el whisky sin convicción, observando a través del cristal el hielo picado al estilo americano, más propio de mojitos o de daiquiris. Katiuska, plantada delante de él, ofreciéndole la mercancía de su escote, regalándole miradas envenenadas, miradas traicioneras, miradas que pretendían ser de vicio, que no lograban ocultar el cariño que le profesaba.

-Pepe, cariño, llevabas ya tres semanas sin aparecer. Ya me estaba preocupando. Estuve a un tris de llamarte al móvil, chico, ¿Donde coño te habías metido?

-Donde a ti no te importa, negra. He estado resolviendo unos asuntos particulares, cerrando unos tratos, además el grande de mi Manolín estuvo encamao en el Clínico, por lo del ápendice.

-¿Te crees que soy boba, Pepito? ¿Acaso yo te miento, te he mentido alguna vez, comemierda? Lo del niño no lo niego, porque no tengo ni puta idea, pero lo otro es una milonga, pasada de moda, mil veces repetida, la mismica cantinela que sueltas cada dos por tres pa cerrarme la boca.

-Cree lo que te interese, negra, me importa una polla, francamente. Yo he venido esta noche a tu club pa tomarme una copa en paz, y santas pascuas.

Villlata reconoció los dedos callosos de Resina, palméandole la espalda. El Pescaero estaba hecho unos zorros: ojeroso, sin afeitar, con el pelo caracoleado, y un lamparón de grasa en la camisa mal planchada.

-Maestro, cuanto tiempo sin disfrutar de tu presencia en esta casa. Ya te echábamos de menos, sobre todo una que yo me sé, la leona salvaje de detrás del mostrador, esa que ahora te come a voces, porque se muere de ganas de comerte a besos.

-No exageres Pescaero-intervino Katiuska- que una servidora, sin este señoritingo, sabe donde buscarse las habichuelas.

-Eso seguro, negrita, no lo dudo, sigues estando igual de tremenda que cuando pise este antro por primera vez, hace ya tanto. Por cierto, ¿Cuando lo abriste?-inquirió el torero.

-Va ya para seis años. El 12 de marzo, hace exactamente seis años. Tenía yo entonces la edad de Cristo.

-Diga 33, doctorcito, jajajaja-canturréo Vicente Resina.

Cuando el campesino hubo descargado, Laly se unió a la tertulia del trío, rodeando al Pescaero con sus brazos de metacrilato, probando una suerte desconocida de abrazo del oso. Resina no pudo reprimir la carcajada, y una vez libre de las garras de la puta, recorrió su voluminosa anatomía, como si estuviera acariciando un pescado, presto a ser consumido, en el sagrario marmóreo de su pescadería.

Laly, Eulalia Muñoz Alaminos, dominicana, peluquera graduada, conversa al puterío por razones económicas, y de amistad. Laly tenía una peluquería a medias con su prima María Virgen en la Chana, de la que Katiuska era clienta asidua. Poco a poco se había convertido en un lugar de reunión óptimo para las latinas del barrio, un oasis caribeño donde conversar, planear juergas, recordar la tierra de origen, criticar el racismo español. Katiuska pronto se convirtió en el centro de atención, por su verbo desmedido, su audacia sin límites, su lucha sin cuartel por un cachito de espacio propio en el Mercado.

De aquella peluquería latina surgió "La Flor de Cuba", club de divertimento sexual, doscientos metros cuadrados para retozar a gusto, coger una pea, o cerrar la jornada laboral con restregones y conversaciones insulsas. Siete chicas, aparte de las dos socias copropietarias, Katiuska y Laly, el agua y el aceite, la sal y la pimienta, el follar destemplado, el querer pausado.

Cada orgasmo se asemejaba a una estocada, los roles se invertían, ahora era él el toro, la negra la torera. El Rayo del Realejo, el chavea buscarruinas de la calle Molinos, el monaguillo de Santo Domingo, el costalero descarnado del Rosario, la espada con más futuro de España, exhausto ante la hembra de piel de ébano, ante la mujer que le inflamaba, a la par, la bragueta y el corazón. El tabaco cauterizando los pulmones, el teléfono móvil sonando sin parar, el sudor frío resbalándole por el cogote.

Tintineaba Rocío Dúrcal, "La Gata bajo la Lluvia", lo que significaba que estaba llamando su mujer. Su nieto Pablo se lo había grabado en las Navidades pasadas.

-¡Joder, la parienta! Esta no me telefonea a estas horas sino es por algo grave...

Cuando iba a coger el móvil para atender a su señora, la sintonía cesó. Tuvo que marcarle Katiuska, ya que se había dejado las gafas para la vista cansada en el coche.

-¿Qué pasa, Luisa? ¿Pa que me llamas tan tarde?

-Soy yo, papá, la Jessica. Mamá no se puede poner. Han ingresao al Pablito. Por lo visto, está en la UCI, muy mal. Se le ha complicao lo del apéndice...-Su hija rompió a llorar.

El Seat Toledo remontó la circunvalación, desde el Polígono Juncaril, pulverizando las velocidades permitidas. El matador entró a degüello en el Materno-Infantil, cogiendo en volandas a médicos y enfermeras, pateando el ascensor averiado.

El chaval estaba muerto, en la mesa de operaciones, ni nueve añitos tenía. La familia estaba hundida, descabezada, desolada. Luisa permanecía serena, sentenciándole con sus ojos de color avellana. El matador matado, el torero toreado, el alborotador de los ruedos acusado, culpable de adulterio, de despreocupación, de trasnocheo inmisericorde.

Cuando arrancó el automóvil, había terminado ya la cajetilla de cigarrillos. El mono le sacudía, no tenía cojones de volver arriba, a pedirle a su hijo un puto cigarro en estas circunstancias. Estaría agobiado con el papeleo, preparando el funeral imprevisto de una criatura adorable. Para colmo el móvil parpadeaba, cuatro llamadas perdidas de la negra.

Necesitaba fumar. Su gaznate seco le pedía una copa a gritos. Quería huir de su esposa, de su Manolín, de su Jessy, de su Jorge, quería escapar del cadáver insepulto de su nieto mayor, el que más se parecía al abuelo, el heredero castrado de una casta torera. Quería marcar distancias con la puta enamorada, la cubana que cambió la Revolución socialista por la Monarquía cuché.

La noche es joven, se dijo. Aceleró el Toledo, saliendo por la Ronda Sur, en dirección a la autovía de Sierra Nevada. Cuando ya vislumbraba los túneles del Serrallo, le apeteció escuchar a Roberto Carlos, el rey de la canción melódica brasileña, el preferido de Luisa, al que llegaron a conocer en Quito, en 1977. Rozaba la cinta, en la marabunta de la guantera, alargaba la mano para cogerla, cuando el frenazo súbito del coche de delante, provocó el choque.

El Rayo del Realejo, José Léon Villalta, agonizaba en el interior del vehículo. Roberto Carlos entonaba ya "Cama y Mesa".

1 comentario:

Anónimo dijo...

Esa negra cachetona me trae recuerdos de aquella noche con mi ecuatoguineana. Salud y República!